El Tabor y la planicie

Por la fuerza de su realidad podría ser considerado un díptico: las bendiciones de Dios en el monte y los conflictos del hombre en toda la pujanza de su gama, en la planicie (*).

Jesús, Pedro, Tiago y Juan descendían de lo alto del Tabor, donde habían comulgado con las excelsitudes de Dios, para ir al encuentro de la inferioridad espiritual de la criatura humana.

Poco antes, el Maestro. resplandeciente, había estado envuelto en una esfera de poderosa luz y dialogó con los venerables antepasados del pueblo: Moisés y Elías. Las emociones aún no se habían aquietado en el plano de lo habitual y la curva descendiente de los dolores chocaba contra lo prosaico de las contingencias humanas.

En lo alto estaba la visión de la vida verdadera; al ras de la tierra, las angustias, junto a los sufrimientos.

* * *

— «Espíritu sordo y mudo, yo te ordeno: sal de él y no vuelvas a entrar en él» — exhortó Jesús con firmeza en la voz, en la que la piedad se confundía con la energía.

No hubo debate alguno. Todo fue muy simple. La escena breve, culmino en el desmayo del joven que había quedado como muerto, desfigurado y bañado por un sudor muy frío. El Maestro, conmovido, se inclinó, tocó la frente del ex-obsesado y lo levantó atrayéndolo hacia sí.

Era casi un niño…

Sufría desde la más tierna edad bajo el yugo violento del despiadado verdugo desencarnado. Las raíces del odio se perdían en las sombras del pasado, cuando ambos fueron comensales en la mesa abundante de la locura y se confundieron en una odiosa escena de sangre… Ahora, la ley soberana, se manifestaba altiva, uniendo al criminal no castigado a la justicia desacatada.

El «parásito espiritual» se había imantado al sufriente, y reproducía en él los gestos epilépticos en que se consumía, víctima de sí mismo, esclavo del odio. En la voluptuosidad de la venganza, lo arrojaba contra el suelo, incendiaba sus vestimentas, lo subyugaba.

Las esperanzas de la familia se extinguían en la lámpara sin fe de las tentativas de cura, infructuosas hasta aquel momento. Su padre había oído hablar del Rabí y lo llevó con la expectativa dudosa de ver al hijo recuperado, perdido como se encontraba, en el camino del aniquilamiento inexorable.

* * *

Habían transcurrido ocho días (1) después de la «confesión de Pedro». El Maestro llamó «consigo a Pedro, Tiago y Juan y los llevó hacia lo alto de un monte.»

Agosto, en su plenitud, derramaba su caudal de luz y calor sobre la tierra. Las amapolas y las margaritas pendían de sus largos tallos, vencidas por la canícula. El cielo muy azul y transparente, ofrecía una visión infinita hacia todas las direcciones.

A medida que el Tabor (2) iba siendo escalado, los panoramas que el paisaje ofrecía, eran maravillosos: los campos de trigo segado, la cinta pardo-plateada del Jordán, asemejándose a un inmenso laúd cercado de vegetación; hacia el lado oriental, se yerguen altivos los montes Galaad, y al poniente, las aguas del Mediterráneo brillando como un enorme espejo, que se refleja a través de la garganta natural formada entre el Monte Carmelo y las empinadas laderas del Líbano; al norte, el Genesaret salpicado de velas coloridas y adornado por Tiberíades, Magdala, Cafarnaúm, Betsaida, ciudades encantadoramente esparcidas por los pequeños cerros, que dan la impresión de marchar en dirección a las playas, vestidas de palmeras exuberantes de verdor…

En lo alto, la visión no se detiene. De forma redondeada, la plataforma golpeada por los vientos y a veces coronada por las heladas, es la culminación de los 562 metros de conformación rocosa, sin vegetación, que se destaca en la inmensa y hermosa Galilea.

La noche demoró aún algunas horas en extender, su inmenso manto sobre el cielo. Los meses de agosto, siempre se caracterizaron por sus días largos. El calor asfixiaba y quemaba la rala vegetación.

Para conquistar el monte, la jornada se tornó larga: más de cuatro horas de marcha lenta y cansadora, a pesar de la belleza deslumbradora del paisaje circundante.

Una vez alcanzada la cumbre, el Maestro se puso en oración. Los discípulos, sudorosos y cansados, se adormecieron a la sombra de los escasos arbustos. Un gran silencio cubre a todos y a todo. El calor sofocante casi asfixia…

La noche vence a la naturaleza, y el Maestro ora.

La madrugada llega y el Rabí aún se encuentra en oración. Los compañeros duermen. En la monotonía se oyen voces. Los discípulos despiertan asustados y quedan subyugados ante la visión sublime de la transfiguración del Maestro, con su vestimenta brillante, dialogando con Moisés y Elías. Las palabras vibran en el aire, pero no son como las palabras que se escuchan comúnmente…

Luego, diluida ya la visión, Simón se acercó al Rabí y le dijo:

-«Maestro, sería hermoso permanecer aquí y construir tres cabañas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

El Maestro lo miró compadecido. Una nube surgió misteriosamente y una voz, entonces, exclamó: «Este es mi hijo amado: ¡Oídlo!»

Los discípulos, consternados aún, sienten un inmenso pavor. La grandiosa revelación había sido hecha. Jesús se mostró en toda su gloria, y ellos fueron testigos silenciosos y emocionados del acontecimiento incomparable.

Los Cielos se abrieron y los discípulos tuvieron el «conocimiento de lo Divino».

Pedro se referirá más tarde a esa metamorfosis del Maestro, testimonio incuestionable sobre el que fundamentará su fe. Mientras tanto el Rabí, le exige silencio.

La verdad tiene que ser dosificada para ser asimilada por el entendimiento de la arcilla humana. Posteriormente, al escribir Juan los «dichos del Señor», inició su narración evocando aquella escena inolvidable: «En Él estaba la vida y la vida, era la luz de los hombres; la luz resplandeció en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron.»

* * *

—»¡Descendamos! —propuso el Maestro.

—¿No podríamos permanecer aquí? —indagó Simón.

— Es necesario descender — respondió Jesús. Busquemos a los que no disponen de las fuerzas necesarias para subir. Los hombres necesitan de nosotros. Nuestra gloria es la de ellos. Que sean para ellos nuestras alegrías y para nosotros sus dolores. Después de la comunión con los Cielos, la convivencia debe ser con los que se encuentran en la Tierra. El paraíso sería para nosotros un extraño presidio sin aquellos que, en el antro de las aflicciones, suspiran por el país de la libertad. ¡Descendamos! Los hombres, para los que he venido, nos esperan.

Durante el descenso del monte, mantenían animada conversación.

—»Rabí — indagan, recelosos — dicen los escribas que es menester que primero venga Elías…».

—»Elías ya vino y no lo reconocieron y le hicieron cuanto han querido. Así también harán padecer al Hijo del Hombre…».

«Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan el Bautista.»

La nueva revelación de que Elías era Juan Bautista renacido sorprendió a los compañeros que comenzaron a comprender los designios insondables del Padre. Sus espíritus vibraban de felicidad. Había fiesta en sus corazones.

* * *

Jesús y los discípulos continuaron descendiendo. Era un día espléndido. Los acontecimientos ocurridos, son soles que iluminan sus almas. La plataforma del Tabor fue quedando atrás.

Frente a ellos, se extiende la inmensa planicie. Allá están aguardando las criaturas sufrientes y ansiosas, y los compañeros.

Atemorizados, los discípulos se van turnando en la tarea.

— ¡Apártate, Satanás! — exclama Judas, presa de la ira, mientras el obsesado, clama en grandes alaridos.

—Hijo de las tinieblas, simiente de Belcebú — grita Tadeo con voz ronca y los ojos chispeantes— ¡por quién eres, abandona a tu víctima!

—Infeliz, inmundo —vocifera, pálido y sudoroso, Natanael—, ¡yo te exhorto a que retornes al infierno…!

Los curiosos rodeaban a los hombres que gritan de esa manera mientras que el endemoniado, como si multiplicase las fuerzas que el vampirismo espiritual le consume, se debate con más violencia en el suelo, y se contorsiona, exasperado, amenazando la integridad del débil cuerpo convulsionado, que ya está en el límite de sus energías.

—Es el propio Dibbuk — solloza desanimado, Filipo.

— ¡No conseguiremos liada! — agrega el hijo de Cleofás.

—¿Dónde estará el Maestro? — indaga, perturbado, Simón, — ¿que no viene a socorrernos? ¿Ignorara nuestra aflicción…?

Intercambiaron miradas, estremecidos, mientras el obsesado se debatía entre la baba espumosa que arrojaba. Hablan todos a la vez. Gritan inútilmente.

Viendo al Maestro y a los compañeros que llegan al erial de las miserias humanas, corren, afligidos, y lo saludan.

—¿Qué es lo que discutes con ellos? — interroga, sereno, el Señor.

—»¡Maestro, traje a mi hijo, que está preso de un espíritu mudo! Y éste, donde quiera que lo tome, lo despedaza y él arroja espuma y rechinan sus dientes y se va secando; ¡les pedí a tus discípulos que lo expulsasen y no pudieron!»

—»Si puedes — ruega el padre — ¡salva a mi hijo!».

—»Si tú puedes creer, todo es posible al que cree.»

—»¡Yo creo, Señor! ¡Ayúdame!»

El Rabí se conmueve. El semblante sereno expresa toda la angustia de su espíritu.

Sin la menor amargura mira a los compañeros amedrentados y los amonesta con vehemencia y compasión. Comprende las flaquezas de los convocados a esparcir la simiente de la Buena Nueva.

Como para justificarse a sí mismo y a los demás, Judas intenta esclarecer:

— Hicimos todo cuanto nos enseñaste y nada conseguimos…

– ¿»Hasta cuándo os soportaré y estaré con vosotros?»

La indagación permaneció en el aire, sin respuesta. La arrogancia de la flaqueza es más petulante que la vanidad de la fuerza. La marca del fracaso en el orgullo es como una llaga de fuego ardiendo constantemente.

—»Espíritu mudo y sordo…»

Pálido y débil, el joven sonrió. Había gratitud sin palabras en su expresión. Besó la mano del Rabí y, conducido por su padre, en éxtasis de alegría, marcharon rumbo al hogar.

* * *

Esa noche, cuando la cúpula celestial se vistió de estrellas brillantes, todavía bajo el impacto de las manifestaciones del maestro, en el Tabor y en la planicie, Simón, captando posiblemente la visible inquietud de los compañeros, se aproximó a Él, que estaba meditando e indagó, notoriamente emocionado:

—¿Por qué no pudieron ellos expulsar al espíritu inmundo?

—»Esa casta no puede salir con otra cosa, como no sea con oración y ayuno» —elucidó el Amigo.

Mientras tanto, deseando valerse de la oportunidad para mejor instruir a los compañeros desatentos y pretensiosos, el Señor esclareció:

– Antes que nada, es necesario comprender, que los espíritus inmundos vivieron antes, como hombres, y continúan siéndolo. Engañados, se dejaron conducir por los dictados del cuerpo y ahora, enloquecidos, prosiguen actuando igual fuera de él. La muerte no los transformó. Viajeros del tiempo son el producto de sus propias obras. Unidos mentalmente a los recuerdos de acciones anteriores, se demoran sufriendo sus afectos, imanados a los que amaron, o vinculados a aquellos que los hicieron sufrir…

Hizo una pausa espontanea. Y prosiguió:

– Por esa razón, la Buena Nueva es un himno de amor y perdón. Amor indistinto y perdón indiscriminados. Frente a ello, hermanos nuestros que yacen en sombra de la ignorancia, ninguna fuerza posee más potencia que la del amor. No se trata tan sólo de expulsarlos de aquel convivir a que se ligan parasitariamente, sino también de socorrerlos, envolviéndolos con amor…

Nuevamente calló, dirigiendo a los amigos una mirada de bondad, para luego continuar:

-Son nuestros hermanos de la retaguardia, perdidos en la ilusión de la carne a la que empecinadamente pretenden continuar ligados. No se prepararon para la verdad. Y es debido a ello, que el Mensaje de Vida no se reviste de las indumentarias fantasiosas, tan del agrado general. Es semilla de luz, para fecundar en el suelo del espíritu.

Delante, pues, de ellos – poseído y poseedor – sólo la oración del amor infatigable y el ayuno de las pasiones, consiguen mitigar la animadversión con que se devoran entre ellos, entregándolos a los trabajadores de la Obra de Nuestro Padre que, en todas partes, están cooperando con el Amor, incesantemente.

* * *

Si amáis en vez de detestar, si deseáis socorrer y no tan sólo expulsar, todo haréis, puesto que todo cuando yo hago podréis hacerlo y mucho más, si lo queréis…

En el aire leve de la noche, corrían suaves brisas esparciendo hacia el futuro la palabra del Rabí, como premonición gloriosa para los días venideros de la Humanidad,

(*) Mateo – 17.
Marcos – 9.
Lucas – 9.

(1) Los ocho días normales son tenidos como «seis días plenos, según los hábitos judaicos».
(2) Los historiadores y exégetas discuten en cuanto al lugar donde se produjo la transfiguración del Maestro, si fue en el Tabor o en el Hermón. «‘referimos valernos de la tradición, que la sitúa en el primer monte. (Notas de la Autora Espiritual).

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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