¿Dios hace milagros?

15. – En cuanto a los milagros propiamente dichos, como nada es imposible para Dios, sin duda puede hacerlos; pero, ¿los hace? En otros términos ¿deroga las leyes que estableció? No corresponde al hombre prejuzgar los actos de la Divinidad y subordinarlos a la debilidad de su entendimiento. Sin embargo, tenemos como criterio de nuestro juicio, con respecto a las cosas divinas, los atributos de Dios.

Al soberano poder u omnipotencia une la soberana sabiduría, de donde es preciso concluir que nada inútil hace. ¿Por qué, pues, haría milagros? Para dar una prueba de su poder, se dice, pero ¿el poder de Dios no se manifiesta, de manera mucho más impresionante, por el conjunto grandioso de las obras de la Creación, por la sabiduría previsora que preside a sus partes más ínfimas como las más grandes, y por la armonía de las leyes que rigen el Universo, que por algunas pequeñas y pueriles derogaciones que todos los prestidigitadores saben imitar? ¿Qué se diría de un sabio mecánico que, para probar su habilidad, descompusiera el reloj que hubiese construido, obra maestra de la ciencia, a fin de demostrar que sabe deshacer lo que ha hecho? Por el contrario ¿su saber no surge de la regularidad y precisión de los movimientos?

La cuestión de los milagros, propiamente dichos, no es, pues, de la competencia del Espiritismo; pero, apoyándose en el razonamiento: que Dios no hace nada inútil, emite esta opinión que: No siendo los milagros necesarios para la glorificación de Dios, nada, en el Universo, se desvía de las leyes generales.

Dios no hace milagros, porque siendo sus leyes perfectas, no tiene necesidad de derogarlas. Si hay hechos que no comprendemos, es porque nos faltan aún los conocimientos necesarios.

16. – Admitiendo que Dios haya podido, por razones que no podemos apreciar, derogar accidentalmente las leyes que él mismo estableció, estas leyes no serían ya inmutables; pero al menos es racional pensar que sólo Él tiene ese poder; no se podría admitir, sin negarle la omnipotencia, que sea dado al Espíritu del mal deshacer la obra de Dios, haciendo, por su parte, prodigios capaces de seducir a sus mismos escogidos, lo que implicaría la idea de un poder igual al suyo. Es, sin embargo, esto lo que se enseña. Si Satanás tiene el poder de interrumpir el curso de las leyes naturales, que son la obra divina, sin el permiso de Dios, será él más poderoso que Dios: entonces Dios no posee la omnipotencia; si Dios le delega ese poder, como se pretende, para inducir más fácilmente a los hombres al mal, Dios no es más la soberana bondad.

En ambos casos resulta la negación de uno de los atributos sin los cuales, Dios no sería Dios. La Iglesia también distingue los buenos milagros, que vienen de Dios, de los malos milagros que vienen de Satanás; pero, ¿cómo diferenciarlos? Que un milagro sea satánico o divino, eso no sería menos una derogación a las leyes que emanan sólo de Dios; si un individuo es curado por un supuesto milagro, sea hecho por Dios o por Satanás, con eso, no ha sido menos curado. Es necesario tener una idea muy pobre de la inteligencia humana para esperar que semejantes doctrinas puedan ser aceptadas en nuestros días.

Reconocida la posibilidad de ciertos hechos tenidos por milagrosos, es necesario concluir de esto que, cualquiera que sea la fuente que se les atribuya, son efectos naturales de los cuales Espíritus o encarnados pueden usar, como de todo, como de su propia inteligencia y de sus conocimientos científicos, para el bien o para el mal, según su bondad o su perversidad. Un ser perverso, aprovechando su saber, puede hacer cosas que pasen por prodigios a los ojos de los ignorantes; pero cuando esos efectos tienen por resultado, un bien cualquiera, sería ilógico atribuirles un origen diabólico.

17. – Mas se dice, la religión se apoya sobre hechos que no son ni explicados ni explicables. Inexplicados, tal vez; inexplicables, ya es otra cosa: ¿Se sabe algo sobre los descubrimientos y los conocimientos que nos reserva el futuro? Sin hablar del milagro de la Creación, que es sin duda alguna el mayor de todos, y que hoy entró en el dominio de la ley Universal, ¿acaso no se ven ya reproducirse bajo el imperio del magnetismo, del sonambulismo y del Espiritismo, los éxtasis, las visiones, las apariciones, la visión a distancia, las curaciones instantáneas, el arrobamiento, las comunicaciones orales y de otras con los seres del mundo invisible, fenómenos conocidos desde tiempos inmemoriales, considerados antaño como maravillosos, y que hoy se ha demostrado que pertenecen al orden de las cosas naturales, según la ley constitutiva de los seres?

Los libros sagrados están llenos de hechos de este género, calificados de sobrenaturales; pero, como se encuentran análogos y más maravillosos aún, en todas las religiones paganas de la antigüedad, si la verdad de una religión dependiese del número y de la naturaleza de estos hechos, no se sabe mucho la que debía prevalecer.

Allan Kardec
Extraído del libro «La Génesis»

 

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