Embajadores de la esperanza

Betabara o «Casa de Pasaje» se encontraba en un paraje del río Jordán, donde las caravanas se detenían para pernoctar, después de atravesar el río, antes de proseguir hacia las ciudades distantes. (*)

Las noticias que llegaban hasta aquella aldea crecían y alcanzaban sitios lejanos, conducidas por los viajeros presurosos que por allí pasaban. Allí había estado predicando Juan, exhortando a la penitencia, lavando simbólicamente los pecados y «abriendo los caminos para el Señor».

En el aire festivo que, invariablemente caracterizaba los encuentros, primaba la trágica noticia de la decapitación del «Bautista», en Maqueronte, ubicada en la región yerma de la Perea. Una tristeza profunda, llena de amargura y resentimiento, se reflejaba en los que allí reposaban, recordando, tal vez, los beneficios que habían recibido del Apóstol Precursor…

Al terminar las Fiestas de las Tiendas, los grupos retornaban, deteniéndose en las ciudades del trayecto para visitar parientes, comentar y recordar…

Aquel mes de Tishri (1) había sido excitante. En Jerusalén, durante las fiestas, el odio judío se había agudizado y se ceñía el cerco en torno a la figura del Mesías. A pesar de los días y las noches frías, los grupos que se encontraban en Betabara, se reunían como solían hacerlo, anteriormente, para oír las prédicas de Juan.

Hacía dos años que el Rabí había pasado por aquellos lugares y su alma continuaba impregnada por las emociones sublimes vividas entonces, cuando acercándose a las aguas frescas, se dejó bautizar, «para que se cumpliese lo que estaba escrito.»

Ahora, su permanencia sería más larga. Esa región necesitaba de Su ayuda. Pasaba los días escuchando a los sufrientes, atendiendo a los enfermos, ofreciendo las directrices del Reino.

En aquella época del año, las lluvias caían fuertes, impulsadas por poderosas ráfagas de viento.

* * *

Los viajeros llegaban en grupos, provenientes de distintos lugares. Durante todo el día habían llegado, siguiendo el cauce del río, en dirección a Betabara. Llevaban grabadas en el semblante las alegrías indecibles de la tarea cumplida y del deber concluido.

Los corazones cantaban salmos, aguardando ansiosos, el momento de narrar todos los acontecimientos felices de la jornada realizada. Aquellos hombres no habían visitado tan sólo las ciudades populosas o los caminos principales.

Estuvieron en las aldeas y transpusieron los senderos de las montañas, abiertos por las cabras. Se habían entregado a su afán apostólico, abriendo surcos y preparando la siembra.  Reunieron grupos al borde del lago, en las plazas de los mercados, junto a las tiendas…

Ahora, deseaban relatar todo lo acontecido.

La mañana brumosa, ocultaba el sol comúnmente cáustico en aquella región. Los árboles casi no se divisaban, ocultados por la densa bruma. Las lluvias cesaron, y la tierra húmeda parecía disfrutar de una desconocida esperanza, como si aguardase la siembra feliz.

Esperaban ansiosos la presencia del Rabí, que había salido a atender a los necesitados de las cercanías. Y mientras esperaban, recordaban …

El Maestro había hecho muchos amigos, entre los que lo escuchaban. Todos se habían beneficiado con su amor, y harían lo imposible por testimoniarle su gratitud. Vibraban de júbilo, cuando lo oían predicar.

Él había escogido de entre los que en la multitud lo oían y amaban, a los Doce que se encargarían de esparcir la Promesa del Reino próximo, y, después de haberlos llamado, les había dicho:
«El campo es grande, pero los obreros son pocos; rogad al Señor que envíe obreros para la labranza.»

«Id: yo os mando como corderos ¡en medio de los lobos!»

«No llevéis dinero, ni provisiones, ni calzado.»

«En cualquier casa donde entréis, decid primero: La Paz sea en esta casa. Si hubiera allí algún hijo de la paz, reposará sobre ella vuestra paz; y si no, volverá a vosotros.

Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tuvieran, pues el obrero es digno de su salario.»

«No andéis de casa en casa.»

«En cualquier ciudad que entréis y os reciban, comed de lo que os pongan delante».

Guardó silencio unos instantes, como si consultase al Padre, en tanto que recorría a los amigos con la mirada. Luego de una breve pausa, prosiguió:

«Curad a los enfermos que en ella hubiera y decidlas: Ha llegado a vosotros el Reino de Dios.

«Pero en cualquier ciudad que entréis y no os reciban, saliendo por sus calles, decid: hasta el polvo que de vuestra ciudad se nos pegó, lo sacudimos sobre vosotros. Con todo, sabed que el Reino de Dios, ha llegado a vosotros…»

En cuanto su boca enunciaba las sublimes recomendaciones, fulguraban los rayos dorados del sol, en el cielo claro.

Las tierras áridas de Judea contrastaban con los verdes campos de la Galilea y las ricas zonas ribereñas del lago. Partieron con el espíritu conmovido por emociones inexplicables. Y volvían felices…

* * *

Felipe, que había sido llamado para esparcir las semillas de luz, solicitó, primero «enterrar al padre»; y allí estaba ahora, con los oídos atentos, conmovido hasta las lágrimas, escuchando la narración elocuente de los trabajadores dichosos.

Profundamente emocionado por el relato, marchó después a Samaria y a Sarón, como diácono, acompañado por sus cuatro hijas, todas médiums-proféticas de la Iglesia Primitiva.

Matías, que sustituyó a Judas después de la tragedia de la Cruz, al ver llegar al Maestro, se acercó a los demás y dijo, jubiloso:

— Maestro, traemos el corazón rico en alegrías, como la támara madura cuando está cubierta de miel.

— ¡Felices de vosotros, que pudisteis preparar el terreno de los espíritus!

— Cuantos nos oían, parecían que era a Ti a quien escuchaban, y la palabra en nuestra boca, se enriquecía de elocuencia y melodía, vibrando en musical sabiduría que perturbaba a los más sagaces y astutos. ¡Era como si estuviésemos envueltos por el Espíritu Santo!

— Dichosos, sois vosotros, por tener condiciones para la Verdad…

Y recordando, con voz pausada y plena de emociones superiores, continuaba extasiado, el discípulo:

– Nadie nos rechazó en ningún lugar. Los demonios se sometían dócilmente y muchos de los ex-posesos, se arrodillaron a nuestros pies, adorándonos, como hacen los paganos delante de sus ídolos. ¡Atemorizados, los esclarecimos de inmediato de nuestra condición!

— Sed vigilantes y tened cautela. El mal es contagioso y la presunción envenena el espíritu. «Bien sé lo que hicisteis. Yo vi caer al Espíritu Inmundo, atraído hacia los abismos», pero esto no es bastante…

—No experimentamos sed, ni hambre ni dolor alguno. Erguimos paralíticos en Tu Nombre e iluminamos ojos cerrados a la luz, colocando nuestras manos sobre ellos, invocándote.

—Yo os acreciento la fuerza al resistir al mal, al enemigo de la verdad, «sometiendo serpientes y escorpiones a vuestros pies», pero aún no es suficiente…

—Muchos fueron los que se levantaron para cantar hosannas después que les explicamos los días en que vivimos, lo que oímos de Ti, lo que hemos visto…

Y después de una pausa:

—… ¡Nuestra alma canta de alegría y el corazón no puede contener ya tanto júbilo!

Recorriendo con la mirada aquel grupo de hombres allí reunidos emocionados, y deseando mantener dignas y firmes las directrices del Evangelio naciente, el Maestro contempló a los discípulos victoriosos y agregó:

—»No os alegréis porque los espíritus se sometieron a vuestros mandatos; es mejor que os alegréis por estar escritos en el cielo vuestros nombres.»

Y como todos se aproximaron para escucharlo, el Rabí, sereno, suplicó:

«Gracias Te doy, ¡oh! Padre, Señor del cielo y de la Tierra, que escondiste estas cosas a los sabios e inteligentes, y las revelaste a las criaturas sencillas; ¡así es, oh! Padre, porque así Lo quieres.»

Los ojos Le brillaban como madrugada celeste, y el viento frío Le agitaba los cabellos en desorden. El rostro delgado adquirió transparencia y se mostraba diáfano, como si una luz ignorada lo bañase interiormente, trasluciendo una radiante claridad.

Vigoroso, prosiguió con voz cristalina y fuerte:

—»Todo me fue entregado por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiere revelar.»

El viento frío cantaba melodías desconocidas.

Bajando la voz hasta adquirir la musicalidad de la ternura, habló especialmente a los Doce y a los Setenta discípulos-, convocados para la diseminación de las Buenas Nuevas:

«Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis, Profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; oír lo que oís, y no lo oyeron.»

De inmediato, un pesado silencio cayó sobre todos. Los árboles se balanceaban levemente.

El canto del Jordán en el valle, aumentado por la creciente, invadía las cercanías.

El Maestro se retiró. Los Setenta y los Doce se marcharon en busca de las tiendas.

Los oyentes se dispersaron.

* * *

Entre los Setenta llamados para expandir la Palabra de la Vida, se contaba Bernabé, que colaboró, más tarde, eficientemente con el Apóstol Pablo; Sóstenes, que también cooperó en los escritos a los Corintios; Cleofás, uno de los visitados en el camino de Emaús…

Tener «los nombres escritos en los cielos» para servir incesantemente a la Causa de la Verdad, encaminados periódicamente a la Tierra. Mil veces fueron convocados a la actitud pasiva de ovejas entre los lobos del camino evolutivo.

Renacieron en la indumentaria carnal, a través de los siglos, recordando las enseñanzas del Rabí, investidos de los recursos de someter a los Espíritus de las Tinieblas, portadores del Verbo Encendido, de la pluma rutilante, preparando los días del Consolador, en las lejanías del futuro. Mas, volvieron, principalmente, para vivir el Evangelio, entibiándolo en el correr de los tiempos con el fin de mantenerlo vivo y ardiente, hasta el momento de la reconstrucción del Mundo, en el instante de la sinfonía imponente entonada per las voces del Cielo…

(*) Lucas, 10: 1 al 24.
(1) octubre. Notas de la Autora Espiritual).

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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