Cristianismo e inmortalidad

“Pasado el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a embalsamarlo. El primer día de la semana, muy de madrugada, al salir el sol, fueron al sepulcro. Iban diciéndose: ¿Quién nos rodará la puerta del sepulcro? Levantaron los ojos, y vieron la losa había sido removida; era muy grande. Entraron en el sepulcro y, al ver a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, se asustaron. Pero él les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado. No está aquí. Ved el sitio donde lo pusieron. Id, decid a sus discípulos y a Pedro que él irá delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como él os dijo. Ellas salieron huyendo del sepulcro, porque se había apoderado de ellas el temor y el espanto, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo. Jesús resucitó al amanecer del primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había lanzado siete demonios. Ella fue a decírselo a los que habían andado con él, que estaban llenos de tristeza y llorando. Ellos, al oír que vivía y que ella lo había visto, no lo creyeron. ” (Marcos, XVI, 1-11).

“Pasado el sábado, al rayar el alba, el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. De pronto hubo un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, hizo rodar la losa del sepulcro y se sentó en ella. Su aspecto era como un rayo, y su vestido blanco como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y quedaron como muertos. Pero el ángel, dirigiéndose a las mujeres, les dijo: No temáis; sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como dijo. Venid, ved el sitio donde estaba. Id en seguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis. Ya os lo he dicho. Ellas se alejaron a toda prisa del sepulcro, y con miedo y gran alegría corrieron a llevar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús salió a su encuentro y les dijo: Dios os guarde. Ellas se acercaron, se agarraron a sus pies y lo adoraron. ” (Mateo, XXVIII, 1-9).

“El primer día de la semana, al rayar el alba, volvieron al sepulcro llevando los aromas preparados. Y se encontraron con que la puerta había sido rodada del sepulcro. Entraron y no encontraron el cuerpo de Jesús, el Señor. Mientras ellas estaban desconcertadas por esto, se presentaron dos varones con vestidos deslumbrantes. Ellas se asustaron y bajaron los ojos; ellos les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado. Recordad lo que os dijo estando aún en Galilea, que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y resucitar al tercer día. Ellas se acordaron de estas palabras. Regresaron del sepulcro y contaron todo a los once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas las que decían estas cosas a los apóstoles. Aquellas palabras les parecieron un delirio, y no las creían. Pero Pedro se levantó y se fue corriendo al sepulcro; se asomó, y sólo vio los lienzos; y regresó a casa maravillado de lo ocurrido. ” (Lucas, XXIV, 1-12).

“El primer día de la semana, al rayar el alba, antes de salir el sol, María Magdalena fue al sepulcro y vio la piedra quitada. Entonces fue corriendo a decírselo a Simón Pedro y al otro discípulo preferido de Jesús; les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Pedro y el otro discípulo salieron corriendo hacia el sepulcro los dos juntos. El otro discípulo corrió más que Pedro, y llegó antes al sepulcro; se asomó y vio los lienzos por el suelo, pero no entró. En seguida llegó Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos por el suelo; el sudario con que le habían envuelto la cabeza no estaba en el suelo con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte. Entonces entró el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó; pues no había entendido aún la Escritura según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos. Los discípulos se volvieron a su casa. María se quedó fuera, junto al sepulcro, llorando. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, sentados uno a la cabecera y el otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Contestó: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto. Al decir esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto, y yo iré a recogerlo. Jesús le dijo: ¡María! Ella se volvió y exclamó en hebreo: ¡Rabbuni! (es decir, Maestro). Jesús le dijo: Suéltame, que aún no he subido al Padre; anda y di a mis hermanos que me voy con mi Padre y vuestro Padre, con mi Dios y vuestro Dios. María Magdalena fue a decir a los discípulos que había visto al Señor y a anunciarles lo que él le había dicho. ” (Juan, XX, 1-18).

– El Cristianismo es la Religión de la Inmortalidad. Sin esta no se comprende la Misión de Jesús, no se puede absolutamente comprender su íntimo pensamiento. En Jesús no se ven sólo palabras, sino también los ejemplos, y hechos que basan su Doctrina. Estas partes de los Evangelios prueban exuberantemente nuestra afirmación. Ya preguntamos: ¿qué sería el Cristianismo sin las apariciones de Jesús? ¿Será posible que la incomparable Doctrina que Él fundó tuviese por conclusión la muerte? En este caso, tendrían razón aquellos que no creen en el más allá de la tumba. Pero, no es así; la Inmortalidad resplandece de su Palabra, que es luz para iluminarnos el porvenir. La pérdida irreparable del Maestro consternaba el corazón de sus discípulos, cuando las autoridades superiores rasgan el velo de la muerte y aparece la Magdalena y les revela los misterios de la Vida del Más Allá en su vigor.

Siguiendo esta aparición, se manifiesta también el recién muerto, que, demostrando así el proseguimiento de su existencia, recomienda, a su mediadora, dar la noticia a sus discípulos de aquella manifestación, para que también ellos así lo hiciesen, porque, como ya había dicho, “el discípulo debe ser como el Maestro”. La resurrección es la Vida, y la Vida se manifiesta en el hombre y al hombre. Jesús es la Vida porque se manifiesta vivo a los hombres, para que los hombres comprendan que la tumba no es el fin: Jesús es la resurrección. El Espíritu vive, insistamos, y la muerte no es más que una transformación para un estado mejor.

Cairbar Schutel
Extraído del libro “Parábolas y enseñanzas de Jesús”

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