La mujer de Samaria

Samaria ya no disfrutaba de las glorias que poseyera anteriormente, durante la época de esplendor y de crueldad de Acab y Jezabel. Destruida en el año 722 (A.C.) por Sargón II, hermano y sucesor de Salmanasar V, se habían instalado allí los asirios, pueblos exiliados de todas partes del Imperio, que se establecieron en una amalgama de razas y creencias generalizadas. (*)

Como la profunda separación que se había llevado a cabo en el año 925 (A.C.) perduraba en la época de Esdras, después de la muerte de Salomón, un sacerdote de Sión, desligado del Templo, irguió sobre el monte Garizín un fastuoso santuario, para rivalizar con el de Jerusalén.

Arrasada por los macabeos, dirigidos por Juan Hircano, en el transcurso del año 128 (A.C.) fue, sin embargo. reedificada por Heredes, que la denominó Sebaste o Augusta. En un desfiladero de casi seiscientos metros de altura ubicado entre Hebal y Garizín, había una vieja aldea denominada Siquem (1), que era más conocida por Sicar.

La histórica ciudadela conoció a Patriarcas y Jueces y vio a Josué reunir al «pueblo elegido», para jurar allí la fidelidad a la Alianza…

* * *

Habiendo salido de Jerusalén el día anterior, rumbo a la Galilea, Jesús abandonó el camino real que llevaba de Jericó a Betania, y siguió el tranquilo curso del suave Jordán, para escalar las montañas de Efraím, y penetrar en los límites de Samaria, que eran evitados por los nativos de Judea.

El sendero áspero y pedregoso se coloreaba de pronto con los laureles florecidos y ondulantes que se alternaban con les sicómoros de gajos poco frondosos, a través de los cuales, al atardecer, los vientos alisios filtran sus ráfagas que refrescan al propio Yahweh en su jardín tal como nos lo señala el lenguaje bíblico.

Las espigas doradas se balanceaban con el viento tibio de la hora sexta (2), en el inmenso trigal esparcido por el valle de Macneh.

El polvo acumulado como una suave alfombra a lo largo del serpenteante sendero recortado abruptamente en medio de la montaña, se levantaba formando nubes al soplo del aire que descendía de lo alto de las cumbres. En aquella hora, era posible ver el mar desde la cima de los montes, por entre las colinas que había por doquier.

El suelo sinuoso serpea entre las montañas hasta confundirse con el valle verdoso y lozano. Blancas y rasgadas nubes se deslizaban por la inmensidad del cielo azul.

La jornada del Maestro y sus discípulos había sido larga: cerca de cincuenta kilómetros de marcha. La garganta reseca y el cuerpo cansado y cubierto de polvo reclamaban agua cristalina y refrescante.

Al llegar a las cercanías de la ciudad, el Rabí se sentó junto al tradicional «pozo de Jacob», en las tierras que habían pertenecido a ese venerable anciano y en las que fuera sepultado, y que luego fueron legadas a su hijo José. Los discípulos continuaron la marcha hacia la ciudad para adquirir alimentos y frutas, mientras Jesús se entregaba en profunda meditación, absorto en la contemplación del paisaje colorido.

* * *

Con un cántaro al hombro, ensimismada en íntimas inquietudes, una mujer descendió al pozo, bajo el sol calcinante. Le sorprendió la extraña mirada que le dirigía el forastero judío, que allí parecía aguardarla. A pesar de ello, arrojó la vasija al agua y derramó el precioso líquido en el cántaro que había colocado con anterioridad al borde del pozo.
Se siente intranquila, como si algo hubiera de sucederle.

Un tumulto de emociones desconocidas se acumula en su espíritu. Cuando se dispone a tomar el recipiente y retornar al hogar, oye decir:

—»¡Dame de beber!»

Sorprendida, se vuelve, dominada por extraños y profundos resentimientos.

¿Cómo osa aquel extranjero, dirigirle la palabra, contraviniendo las costumbres vigentes? — se interroga mentalmente. ¿Quién es este hombre que se atreve a hablarle a una mujer, sabiendo que nadie intentaría hacerlo en la calle, aunque fuera su esposa, hija o hermana?

¿Ignorará él esa regla que es parte integrante de los deberes sociales? Y sagazmente responde, con un dejo de ironía en la voz, que trasluce su propia amargura:

—»¿Cómo siendo tú judío, pides de beber a una mujer samaritana?»

En el valle, mayo cantaba a través de mil cigarras escondidas en el trigal; el camino desierto y silencioso, se pierde por entre la montaña. Jesús conoce las disensiones que separan a los dos pueblos: judíos y samaritanos. No sería esta la única vez que Él provocaría el escándalo, enfrentando costumbres odiosas y convencionales.

Tiene un mensaje para dar —mensaje de conciliación y consuelo. Por eso había dejado el camino del Jordán y había subido a las sierras. Tenía programado ese encuentro, con anterioridad…
Él había escogido a aquella mujer, para que fuera la intermediaria de su aviso a Siquem. Le respondió entonces sin aspereza, quizá, porque la conocía íntimamente.

Su voz era melodiosa y llena de compasión:

—»Si tú conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: dame de beber, tú le pedirías y él te daría el agua viva.»

Incomparables vibraciones resuenan en el corazón de la mujer. Guardaba dentro de sí ansias de paz, y no sabía cómo o dónde encontrarla. Sin embargo, una duda la inquieta. El asombro da a su voz una inflexión de respeto.

—»Señor, tú no tienes con qué extraerla y el pozo es profundo; ¿dónde tienes, pues, el agua viva? ¿Acaso, eres tú más poderoso de lo que fue nuestro padre Jacob que nos dio el pozo del cual bebió, lo mismo que sus hijos y su ganado?»

Los ojos del extraño fulguraban y estaban poseídos de una fascinación desconocida. La revelación no se demora; el mensaje se dilatará por el aire, arrullando al mundo. cuando Él lo pronuncie.

– “Cualquiera que beba de esta agua, volverá a tener sed – fue explícito- pero aquel que beba del agua que yo le dé nunca más tendrá sed, porque el agua que yo le ofrezco se tornará en él en un puente de agua que lo llevará hacia la vida eterna.»

—»Dame de esa agua — dijo presurosa —, para que no tenga más sed y no sea necesario volver a buscarla aquí.»

¿Había comprendido la mujer, el sentido de las palabras del Rabí? ¿Deseaba liberarse de la agobiadora tarea o buscaba más claridad en la enseñanza? Sus ojos dulces, radiantes, se fijaron en los de ella, como si penetrasen en lo recóndito de su espíritu.

—»Ve a llamar a tu marido y vuelve» — le dijo con dulzura y firmeza.

Ella se perturbó. Era una pecadora y Él lo sabía, — conjetura… Ese era su tormento íntimo. ¡Qué herida y humillada en su amor se sentía…! Las lágrimas afluyeron y cayeron abundantes; la palabra perdió vigor en sus labios, y casi sin aliento dijo:

—»No tengo marido…»

La vergüenza estampa en su rostro moreno, el propio dolor.

— «Dijiste bien: «no tengo marido» — confirmó Jesús —; puesto que cinco maridos tuviste y el que ahora tienes no es tu marido; has dicho la verdad.»

Sorprendida, la samaritana, no pudo ocultar más su alegría, su felicidad.

Y casi gritando dijo:

-«¡Señor, veo que eres Profeta!»

Su mente se encuentra totalmente en confusión. ¡Cuántas dudas la atormentaron toda la vida…! Ahora estaba delante de un Profeta de Dios. Debía aprovechar cada instante, rehabilitarse, encontrar la paz, por fin. Conmovida, interroga dócilmente:

—»Nuestros padres adoraron en este monte y tú dices que es en Jerusalén donde debemos adorar.»

—»Mujer, créeme — elucida el Enviado Divino — se aproxima la hora en que ni en este lugar ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; en cambio nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora está próxima y ése será el momento en que los adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre busca a los que así lo adoren.»

La mujer, perpleja, se llena de ventura. Se consideraba tan indigna y, sin embargo, fue llamada a la Verdad, oyendo lo que ningún oído escuchara jamás con anterioridad.
En el valle, las espigas continuaban oscilando, y la arboleda cantaba al soplo del viento. El desconocido mira a su alrededor y continúa hablando, con armónica musicalidad en las palabras:

— «Dios es el Espíritu y lo que interesa es que los que lo adoran, lo hagan en espíritu y verdad.»

¿Habrá comprendido la humilde mujer, la grandeza universal de la enseñanza…?

Transfigurada por la revelación, desea informarse con mayor seguridad e indaga:

—»Yo sé que el Mesías (que se llama el Cristo) está próximo a llegar; y cuando él venga, nos anunciará todo…»

Una sinfonía imponente irrumpe en el corazón del Maestro, y ante la Naturaleza en silencio y expectante, Él concluye:

— «¡Soy yo, el que habla contigo!» Por eso digo que la salvación viene de los judíos.
El sudor corre por su rostro encendido y varonil. El secreto ya no existe. Se rasga el velo del misterio y la verdad esparce alegría y consuelo. Ya no es preciso más silencios. La mujer está conquistada.

El Reino amplía sus fronteras entre los «descarriados»…

* * *

Los discípulos retornan y «se maravillan de que estuviese hablando con una mujer», pero no dijeron nada. Tomando el cántaro, la mujer volvió a la ciudad, y proclamó a gritos:

—»Venid y ved a un hombre que me dijo todo cuanto he hecho; por ventura, ¿no es éste el Cristo?»

Las preguntas surgen espontáneas y todos quedan admirados ante la natural declaración de la informante. En grupos compactos, los habitantes de Sicar descienden a la fuente donde el Rabí se encuentra con los discípulos, quienes lo instan a que se alimente.

Sin perturbarse ante la multitud que lo mira aturdida, explica a los compañeros, tratando de hacerse oír por todos:

—“Tengo que comer una comida que vosotros no conocéis. Mi comida es hacer la voluntad de Aquél que me envió y realizar su obra…

«¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? Yo os digo: levantad los ojos y ved las tierras que ya están preparadas para la siega. El que siega recibe el galardón y cosecha frutos para la vida eterna, para que así, tanto el que siembra como el que siega, se regocijen.

«Porque en esto, el proverbio es verdadero: «que uno es el que siembre y otro el que coseche.»

«Yo os envié a segar, donde no trabajasteis; otros trabajaron y vosotros participasteis de su trabajo.»

La tierra se cubría de escarlata y las nubes se teñían, con el oro del atardecer ya cercano. El mensaje era un llamado para el despertar de los aprendices inseguros y displicentes.
Él siembra; el futuro cosechará.

Allí está la gleba humana formada por corazones dispuestos a la siembra de la Nueva Era. Era necesario extender a todos los preludios de la paz, en una visión anticipada de lo que era el Reino. Ellos eran pastores, agricultores, pescadores… Entendían el lenguaje, conocían la época y las circunstancias.

Las loas a Dios ya no se entonarán en éste o en aquel recinto. Erigiendo un altar en el corazón, el agricultor, Lo exalta en la campiña cultivada, el artista, en la obra pletórica de formas, los sabios, en las armonías de las estrellas, los hombres rudos, en el trato con los deberes humildísimos.

La luz viene de lo alto y se extiende por la planicie… Todos los odios desaparecen ante el Nuevo Mensaje. Se rompen las barreras, se salvan los abismos. Se quiebran los eslabones de la esclavitud, y la desidia no se acrecienta.

La paz invade los corazones.

Donde el hombre busca elevarse para la vida, el Padre es adorado. Dios ya no pertenece a un pueblo, a una casta. Es inmanente a todo y a todos y trascendente.

«Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.» (3)
No importa el presente de la vida, en lo que corresponde a disfrutar o gozar de la vida misma. La abominación al crimen, a la liviandad y a la insensatez que a todos incita amplia y fácilmente en titánica batalla por el equilibrio; la perseverancia, no midiendo esfuerzos en la preservación del bien; el renunciamiento al «yo» enfermizo y ambicioso, son las primicias de felicidad… para aquel que se entregue a la Causa.

El galardón, es la paz consigo mismo y la inefable ventura que sobreviene después de las sombras…

* * *

Durante dos días, Él permaneció en Samaria predicando, curando, brindando la certeza de Vida más allá de la vida.

Y todos decían a Fotina

—»Ya no es por lo que tú nos has dicho, que creemos; sino que por lo que nosotros mismos hemos oído, sabemos que éste es verdaderamente el Cristo, el Salvador del mundo.»

El cielo diáfano se diluía, salpicado por copos de nubes, cuando Él y los discípulos prosiguieron a Galilea.

* * *

Dado a la dedicación con que se ligó a Jesús, los primitivos cristianos que se alentaron con su coraje de denunciar el error denominaron a Samatina con el apodo de «La Iluminadora», nombre éste, que la tradición oral aceptó y conservó hasta nuestros días.

(*) Juan, 4: 1 al 42
(1) «Dorso»
(2) Mediodía
(3) Efesios, 4: 6
(Notas de la Autora Espiritual).

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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