La suplicante cananea

Quien atravesara la frontera de Fenicia, en dirección de Tiro y Sidón, se encontraba en las antiguas tierras de los cananeos. (*)

En aquel territorio residían los descendientes cananitas, llamados también sirio-fenicios, para diferenciarlos de los fenicios de Tibia, ya que desde les días de Pompeyo, el triunfador, Fenicia había sido incorporada a Siria.

Con las constantes inmigraciones promovidas por los conquistadores desde los tiempos de los Macedonios, de los Ptolomeos y de los Lagides, los pueblos cananeos se mezclaron con los invasores, proliferando el culto a las diversas deidades que se agregaron a Moloc, Baal, Tanit… y los dioses del Egipto y de la Hélade.

Mientras que en la Judea los propósitos de helenización experimentaban la más rigurosa reacción, preservándose el país cual oasis de vida con el culto al «Dios Único», en Fenicia como en Siria, la asimilación de las razas se había extendido al igual que la religión, ofreciendo al paganismo orgiástico, un curso desenfrenado.

En la época de la universalización de los cultos, decretada por el Imperio Romano, entre los cananeos ya existía una perfecta absorción de las ideas diseminadas por las creencias y tabúes de los que deambularon por sus territorios.

Las ciudades de Tiro y Sidón, que Jesús y los Doce iban a conocer, eran famosas por la manufactura de artículos de lujo y conocidas por las leyendas que poblaban la mentalidad occidental con relación a Oriente.

Los templos paganos, entre bosques fragantes, eran allí esplendentes y majestuosos. Las construcciones de mármol labrado se levantaban hermosas, destacándose en el panorama matizado por la verdosa grama.

* * *

En aquellos días, los ánimos estaban exaltados.

La clara verdad que surgía de las palabras vigorosa del Rabí no permitía equívocos. Sus enseñanzas eran simientes de la Verdad.

Cuando era interrogado, respondía con lúcida seguridad. Sus conceptos no se adaptaban a las extrañas prácticas en boga, ni se subalternaban a las legislaciones corrientes.

Instituyendo un sentido de firme directriz a los que Lo seguían, sus comentarios establecían el paralelo inevitable entre el fariseísmo y la Buena Nueva. Su integridad, jamás le permitiría curvarse ante la adulación o el despotismo.

Habiendo enfrentado con estoicismo a los que vinieron de Jerusalén para indagarlo, resolvió marchar en pos de otros lugares. Llamó a los discípulos y se dirigió hacia el noroeste, siguiendo el curso del Jordán, como si fuese en busca de su nacimiento…

No era la primera vez que habría de encontrarse con los «gentiles»…

* * *

Su nombre ya había atravesado los límites estrechos de la Galilea y muchos fueron a oírlo, informados como estaban de su presencia, por viajeros y caravaneros que recorrían las distancias.

El mar, allí cerca, que próximo, reflejaba los encendidos cielos del atardecer, y la brisa, corría ligera cargada de aromas exóticos.

Los discípulos, a pesar de mantenerse silenciosos, indagaban mentalmente sobre los objetivos que los llevaban a esas ciudades paganas, gentiles e impenitentes.

Atrás, quedaban el Gran Hermón, las cordilleras, las tierras bienaventuradas…

Los cultos abominables de los paganos respiraban sordidez. ¿Qué irían a hacer allí?

Sabían que el judaísmo era la revelación y el Maestro representaba la respuesta de Dios a los aflictivos llamados de los hombres. ¿Sería justo mezclarse con los infortunados adoradores de ídolos?

Vencidas las distancias, caminando largas horas de noche, llegaron a Tiro. Atravesaron la ciudad sin el menor incidente y buscaron un lugar donde reposar. Al día siguiente, antes de llegar a un estadio que se encontraba más allá de las puertas de la ciudad, al dirigirse a Sidón, se escuchó una voz cargada de aflicción que, siguiéndolos de cerca, exclamaba:

—»Señor, Hijo de David, ten piedad de mí, pues mi hija está miserablemente poseída por un espíritu demoníaco».

Algunos de los compañeros se volvieron y contemplaron a la afligida mujer que rogaba socorro. Empero, era ama extranjera…

Aunque fuese descendiente de Israel, ya que ella Lo identificaba con los términos: «Hijo de David», profesaba una religión aborrecida, abyecta. No le dieron importancia.

Como continuara su pedido lastimero, algunos se acercaron a Él, sugiriéndole en desenfrenada algarabía:

– “Despídela, ya que viene gritando detrás nuestro”

Apresurando el paso, Jesús le respondió compasivo a la mujer:

– “Yo no fui enviada sino para las ovejas perdidas de la casa de Israel”.

Aunque la voz era enérgica, denotaba dulzura en el timbre y piedad en la expresión.

La mujer retrocedió mentalmente y recapituló su vida en un instante. La hija era su fortuna, tesoro por el que luchaba para preservar. A través de los años, la desventura todo le había llevado: felicidad, esposo, amigos. Luchaba sin temores por un futuro mejor, y en él, su hija ocupaba el centro. No recordaba haber cometido ninguna falta contra los cielos.

Retornó a su humilde condición y considerando las circunstancias, suplicó:

—»¡Señor, socórreme…!»

El dolor y a la vez una confianza total, eran patéticos en su rostro.

Jesús la miró detenidamente, como si meditara en lo que iba a decir. Sabía del elevado quilate de fe que vitalizaba aquel corazón; sin embargo, conocía el orgullo israelita y el desprecio que les inspiraba todo extranjero.

En otras oportunidades, había sido mirado con desconfianza y desagrado por estar acompañado o socorriendo a los que eran menospreciados y que no pertenecían a los protegidos de Israel. A pesar de ello, ahora estaba delante de alguien que portaba amor y fe en lo íntimo, como gemas de luz.

Deseando aplicar un correctivo a aquellos que lo seguían de cerca, exclamó con ironía:

—»No está bien tomar el pan que pertenece a los hijos y arrojarlos a los perritos.»

Perros, así eran llamados aquellos que no participaban de la preferencia israelí. La expresión «perritos» sonaba como una suave amonestación. La fuerte imagen, hablaba por sí misma.

La mujer entendió que su condición no le permitiría aspirar a otra oportunidad. Sufría y se resignaba. Sobreponiéndose a sí misma, dada la lucha entablada en su interior, y dominando su amor maternal, respondió confiada:

— «Es verdad, Señor, pero también es cierto que los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores.»

Sin duda, el mensaje de Él estaba dirigido a Israel, donde la dureza de la Ley y el orgullo preponderaban; pero, su Reino abarcaría toda la Tierra…

Deseaba, por medio de aquel diálogo, demostrar el poder de la humildad, como una enseñanza que quedase grabada en el espíritu de los discípulos. Regocijado ante la firme confianza de la mujer cananea y su elevada simplicidad, el Maestro no le preguntó por sus creencias, ni por la raza a que pertenecía; no le reprobó su vida, ni le censuró el pedido, diciéndole solamente, y con mucho amor:

— «¡Oh, mujer! Grande es tu fe. Sea hecho, entonces, conforme a tu deseo.»

* * *

Era de extrañar la actitud del Justo, aparentando ignorar la aflicción de quien le rogaba socorro. En aquel gesto de simulada indiferencia, Él anheló tocar el corazón de los amigos que no habían interferido en favor de la sufriente, hábito lamentable que, además, parecían cultivar. Sin embargo, la dulzura, la debilidad y el desamparo de aquella madre, sensibilizaron al Señor.

Emitiendo misericordia, a la distancia, el Rabí expulsó al espíritu obsesor de la joven mediumnizada en ya prolongado proceso y prosiguió su marcha, sereno.

* * *

El ejemplo, que también se encuentra en la cura a distancia del hijo del centurión, seria sustento para todos los pueblos, para todos los hombres del futuro.

La palabra firme y la existencia austera de Jesús penetraron en las multitudes de todas las épocas que no tuvieron, como Israel, la felicidad de su presencia. Mientras tanto, los judíos que no lo aceptaron, experimentaron a su vez, largas etapas de probación, como resultado de su propia insania, látigo de fuego en la consciencia, que habría de liberarlos de su error.

* * *

Al llegar a su casa, la feliz mujer, encontró a su hija amada en pleno goce de salud.

La semilla de la esperanza que el Rabí había depositado en su corazón se transformó en lámpara radiante que iluminó íntimamente su vida entera.

(*) Mateo, 15: 21 al 28
Marcos, 7: 24 al 30
(Nota de la Autora Espiritual)

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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