El suicida de la Samaritana

El 7 de abril de 1858, alrededor de las siete de la noche, un hombre de unos cincuenta años, vestido decentemente, se presentó en el establecimiento de la Samaritana, en París, y se hizo pre parar un baño. Sorprendiéndose el mozo de servicio de que, después de un intervalo de dos horas, dicho individuo no llamase, se decidió a entrar en su gabinete para ver si estaba indispuesto. Entonces fue testigo de un horrible espectáculo: aquel desgraciado se había cortado la garganta con una navaja de. afeitar, y toda su sangre se había mezclado con el agua del baño. No habiéndose podido justificar la identidad, fue conducido el cadáver a la Morgue. El espíritu de este hombre, evocado en la sociedad de París seis días después de su muerte, dio las respuestas siguientes:

1. Evocación.

Respuesta del guía del médium:

R. Espera… está ahí.

2. ¿Dónde estáis ahora?

R. No lo sé…. Decidme dónde estoy.

3. Estáis en una reunión de personas que se ocupan de estudios espiritistas, y que os son benévolas.

R. Decidme si vivo… Me ahogo en el ataúd.

Su alma, aunque separada del cuerpo, se encuentra todavía sumergida completamente en esto que podría llamarse el torbellino de la materia corporal Existen aún en él ideas terrestres ., no se cree muerto.

4. ¿Quién os ha incitado a venir a nosotros?

R. Me he sentido aliviado.

5. ¿Qué motivo os ha conducido a suicidaros?

R. ¿Estoy muerto?… No…, habito mi cuerpo… ¡No sabéis cuánto sufro!… Me ahogo… ¡Haced que una mano compasiva ponga término a mi existencia!

6. ¿Porqué no habéis dejado ninguna señal que pudiese haceros reconocer?

R. Estoy abandonado, he huido del sufrimiento para encontrar el tormento.

7. ¿Tenéis ahora los mismos motivos para permanecer desconocido?

R. Sí, no pongáis un hierro sangre.

8. ¿Querríais decirnos vuestro nombre, vuestra edad, vuestra profesión, vuestro domicilio?

R. No… de ninguna manera.

9. ¿Tenéis familia, mujer, hijos?

R. Estaba abandonado, ningún ser me amaba.

10. ¿Qué habéis hecho para no ser amado de nadie?

R. ¡Cuántos lo son como yo!… Un hombre puede estar abandonado en medio de su familia cuando ningún corazón le ama.

11. En el momento de ejecutar vuestro suicidio, ¿no habéis vacilado?

R. Tenía sed de la muerte… Esperaba el descanso.

12. ¿Cómo es que el pensamiento del porvenir no os ha hecho renunciar a vuestro proyecto?

R. No creía en él, estaba sin esperanza. El porvenir es la esperanza.

13. ¿Qué reflexiones habéis hecho en el momento en que habéis sentido que la vida se os extinguía?

R. No he reflexionado, he sentido…, pero mi vida no se ha extinguido…, mi alma está ligada a mi cuerpo… Siento los gusanos que me roen.

14. ¿Qué sensación habéis tenido en el momento en que la muerte se ha consumado?

R. ¿Se ha consumado efectivamente?

15. El momento en que la vida se os extinguía, ¿ha sido doloroso?

R. Menos doloroso que después. Sólo el cuerpo ha sufrido. Al espíritu de san Luis:

16. ¿Qué entiende el espíritu, diciendo que el momento de la muerte ha sido menos doloroso que después?

R. El espíritu se descargaba de un peso que le abrumaba, sentía la voluptuosidad del dolor.

17. ¿Este estado es siempre la consecuencia del suicidio?

R. Sí, el espíritu del suicida está ligado a su cuerpo hasta el término de su vida. La muerte natural es la emancipación de la vida, en tanto que el suicida la rompe por completo.

18. ¿Este estado es el mismo en cualquier muerte accidental independiente de la voluntad, y que abrevia la duración natural de la vida?

R. No… ¿Qué entendéis por suicidio? El espíritu no es culpable  sino de sus obras. Esta duda de la muerte es muy común en las personas fallecidas de poco tiempo, y sobre todo en aquellos que durante su vida no han elevado su alma sobre la materia. Es un fenómeno raro, desde luego, pero que se explica muy naturalmente.

Si a un individuo puesto en sonambulismo por vez primera se le pregunta si duerme, responde casi siempre no, y su respuesta es lógica. El interrogador es el que hace mal la pregunta, sirviéndose de un término impropio. La idea del sueño, en nuestro lenguaje usual, está ligada a la suspensión de todas nuestras facultades sensitivas, pero el sonámbulo que piensa, que ve, que siente, y que tiene conciencia de su libertad moral, no cree dormir, y, en efecto, no duerme en la acepción vulgar de la palabra. Por esto responde no, hasta que esté familiarizado con esta nueva manera de entender el hecho. Lo mismo sucede en el hombre que acaba de morir. Para él la muerte es el aniquilamiento del ser, pero, como el sonámbulo, ve, siente, habla. Luego para él no está muerto, y lo afirma hasta que haya adquirido la intuición de su nuevo estado.

Esta ilusión es siempre más o menos penosa, porque nunca es completa y deja al espíritu cierta ansiedad. En el expresado ejemplo, es un verdaderos, suplicio por la sensación de los gusanos que roen el cuerpo, y por su duración, que debe ser la que habría tenido la vida de este hombre si no la hubiera abreviado.

Este estado es frecuente en los suicidas, pero no se presenta siempre en condiciones idénticas. Varía, sobre todo en duración, en intensidad, según las circunstancias agravantes o atenuantes de la falta. La sensación de los gusanos y de la descomposición del cuerpo no es tampoco especial de los suicidas. Es frecuente en aquellos que han vivido más de la vida material que de la vida espiritual. En principio no hay falta inmune, pero no hay regla uniforme y absoluta en el modo y forma del castigo.

Extraído del libro “El Cielo y el Infierno”
Por Allan Kardec

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