El espíritu de la concepción

¡Pobre Ser! Cuán penosa fue tu peregrinación en la tierra, y con cuánta resignación sufriste la terrible prueba que tu pedirías en la erraticidad. Tú eras joven y simpática, tu voz de ruiseñor y tu gracia andaluza, eran el encanto de todos los que te trataban. Adorada de tu esposo y querida de tus hijos, cruzabas por una senda de flores que para ti brotaron en el erial de la vida.

¡Eras feliz!, las mujeres te envidiaban, los hombres te bendecían: la buena sociedad te recibía en sus salones y los pobres rogaban por ti. ¿Qué más podías desear? Pero esto era demasiada felicidad para la tierra; tu esposo para asegurarte un porvenir, cruzó los mares hasta llegar a las playas de Filipinas. Tu hija Lucia, aquella blanca rosa de los Alpes, aquella humilde violeta de los prados, dejó este planeta por otro mundo mejor, y los dos hijos que te quedaban se fueron a besar la tierra bendita que descubrió Colón y te quedaste sola, con tus recuerdos y tu esperanza en Dios. Eras buena cristiana, pero tu Dios era el de la ley mosaica, terrible y sombrío, iracundo y vengativo: y. tus noches fueron. tristes y desconsoladoras.

Tus labios repetían cien y cien veces las monótonas oraciones dictadas por la rutina, inspiradas por la costumbre. Todo tu afán era rogar por la salvación de Lucía y llorar amargamente por su pérdida. Las lágrimas del dolor empañaron el cristal de tus ojos, y quemaron tus brillantes pupilas. Una mañana cuando el sol se levantó de su lecho de púrpura, cuando las flores abrieron sus corolas y las aves entonaron su hosanna y aleluya matinal, tus labios permanecieron mudos, tus ojos vidriosos: se habían petrificado.

Pasaron algunas horas y murmuraste con débil acento: ¡Qué noche tan larga Dios mío! Pero tu imaginación calenturienta y ardiente, comprendió que algo extraordinario se verificaba en tu organismo y preguntaste a Dios, con esa entonación inimitable, con ese gemido desgarrador que recoge sus modulaciones en el arpa de la agonía:

-¿Estaré ciega, Dios mío? Nadie te contestó, sólo escuchaste los comprimidos sollozos de tus servidores y no volviste a ver la luz del día.

II

Quince años has vivida así: ¿vivir? he dicho mal, has estado muriendo lentamente. ¡Pobre Concepción!… parece que te escucho hablándome de tu marido, al que amaste tanto, tanto, que le ocultaste tu desgracia por evitarle un nuevo sufrimiento; y cuando le faltaban pocos días para verte, murió bendiciéndote y escribiéndote una carta para que en ella fijaras (según él) tus hermosos ojos. ¡Papel bendito!, que tú estrechabas Y que me, hacías leer frecuentemente Tu imaginación meridional de prodigiosa inventiva, y. tu delicada percepción, te hicieron menos desgraciada el, tristísimo catado. Con una doble vista singular, cuando llegaba hasta ti ser amigo, antes da hablarte, antes que el eco de cuyo, hubiera vibrado en tus oídos, en su paso tardo o ligero, conocías el enfado de su alma y adivinabas, sin equivocarte, si aquél ser sufría o gozaba.

¡Cuántas veces llegué a tu lado débil y triste, y al, dejar un beso en tu frente me contabas mi propia historia!, fenómeno que entonces no me explicaba, y si bien nunca ha creído en los milagros, ni los hechos sobrenaturales los he aceptado jamás, sin embarga, yo te contemplaba y decía con admiración: Esta mujer no es como las demás. Ahora me lo explico perfectamente, por la fuerza fluídica.

En la prolongada noche de tu vida y en tus horas de soledad, tu fanatismo religioso tomó gigantescas proporciones, y aunque la prensa periodística llevaba hasta ti la noticia da maravillosos inventos, la creación de nuevas sociedades que hacían germinar ideas desconocidas, si estas no reconocían la infalibilidad da Papa, el cielo con sus improductivos ángeles y el purgatorio, (primera estación en el ferrocarril da la eternidad), si no se acataban, repito, estos absurdos, así fueran los propagadores de la nueva doctrina los hombres más científicos y los varones más justos, tú negabas en absoluto su ciencia y su virtud, y si alguna vez tu clara imaginación te hacia reconocer el adelanto actual, exclamabas con verdadero frenesí:

-Yo he vivido bien con mis creencias y no necesito saber más. Cuando Galileo descubrió las manchas en el Sol, invitó a sus impugnadores a que miraran por el telescopio; éstos miraron, y al verlas, dijeron que los cristales eran los que estaban manchados.

Galileo desarmó el anteojo, limpió los cristales del lente y les dijo:

-Mirad ahora, pero entonces los sabios murmuraron:

-«No queremos mirar».

Tú, pobre amiga mía, descendías en línea recta de aquellos riegos obstinados, así es que, cuando yo siguiendo el empuje de la época, entré en la nueva senda de la investigación racional, cuando busqué en el análisis la incógnita de la verdad religiosa, entonces tú que siempre me habías distinguido con un verdadero afecto, que me habías consolado en mis muchas aflicciones y había encontrado en ti, sino una identificación de mi alma, al menos un ser simpático y compasivo, todo tu cariño se trocó en aversión y me decías con el acento de la más insultante lástima:

-¡Era lo único que le faltaba a usted, volverse loca!.

Traté da convencerte, pero qué convencimiento cabe en la persona que dice:

-No quiero oír, no quiero ver sino quiere tocar; respeté tu doble infortunio y me alejé da ti, porque sabía que mi acento te hacia daño, pero me alejé con profunda tristeza porque tú eras buena, muy buena, y sólo tu exaltado fanatismo te hacía ser intolerante.

Tú eras de los que dicen, «cree o muere», y cuando tus hijos, siguiendo el progreso actual creyeron únicamente en la razón, tú que tanto los habías querido, lanzaste sobre ellos tu indignada y terrible maldición.

III

La ciencia de Guttemberg, presentó ante mis ojos el anuncio de tu muerte y lágrimas de ternura cayeron sobre tu nombre. ¡Debilidad y flaqueza puramente material! Siempre lloramos cuando desaparece da la tierra un ser querido. La humanidad es aún demasiado egoísta, ¡qué importa que nos deje si su destierro acaba!. ¡Pobre amiga mía! Lloré por ti, pero al recordar los 19 años que has sufrido, de tormentos, no puedo manos que bendecir tu muerte.

IV

Hoy que te habrás convencido de lo erróneas y lo absurdas que eran tus creencias, y que no contemplarás actualmente ninguno de los tres lugares que forjó la iglesia romana; hoy que sola con tu memoria leerás página por página, la historia de tu vida terrestre; hoy que verás con pena la ingratitud de unos, el olvido de otros, y la indiferencia en general, hoy la mujer que tú llamaste hereje y loca, negándole hasta el sentido común, esa mujer comete la locura de acordarse de los muchos beneficios que recibió de ti y de las melancólicas horas que pasó a tu lado.

Hoy, sin miedo a tus reproches ni a tu desvío, porque ya felizmente comprenderás la verdad de cuanto yo te decía, llego hasta ti y te digo: Que siempre te he guardada un recuerda de ternura y te pido que si puedes, te comuniques conmigo y que me digas si yo puedo hacer en la tierra algo por ti; y ya que tu aberración me apartó de tu lado en este mundo, y la muerte ha derribado la muralla de tus fanáticas preocupaciones, te puedo decir libremente sin temor alguno.

Ves como el Espiritismo es la cadena magnética, es el lazo fluídico que une todas las existencias. ¡Bendice conmigo, pobre espíritu errante, al nuevo consolador! ¡Bendice al Espiritismo! ¡Unamos nuestras plegarias, para que su eco resuene de mundo en mundo, y llegue hasta Dios!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Ramos de violeta”

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