Ante el amigo sublime de la cruz

Hoy, Señor, me arrodillo ante la cruz donde expiraste entre ladrones…

Amigo Sublime, ¡dígnate a bendecir las cruces que merezco!… De ti anunció el profeta que te levantarías, junto al pueblo de Dios, como arbusto verde en suelo árido; que no permanecerías, entre nosotros, como los príncipes encastillados en la gloria humana, sino como hombre de dolor, probado en los trabajos y sufrimientos; que pasarías por la Tierra ocultando tu grandeza a nuestros ojos, como leproso humillado y despreciable, pero que, en tus llagas y siguiendo tus pasos, sanaríamos nuestras iniquidades, redimiendo nuestros crímenes; que podrías revelar al mundo la divinidad de tu ascendencia, demostrando tu infinito poder y que, sin embargo, preferirías la suprema renuncia, caminando como oveja silenciosa hacia el matadero; y que, aunque señalado como el Elegido Celeste, serías sepultado como ladrón común…

Añadió Isaías, no obstante, que después de tu postrer sacrificio, nuevas esperanzas florecerían en el plano oscuro de la Tierra, a través de aquellos que serían tus continuadores, ¡en la abnegación santificante!… Y tus lágrimas, Señor, rociaron el desierto de nuestros corazones y las benditas semillas de tus enseñanzas vivas germinaron en el suelo ingrato del mundo.

Más de diecinueve siglos han pasado y todavía me parece oír tu voz compasiva, suplicando perdón para los verdugos… ¡Ah, Jesús, compadécete de mis debilidades y ven, nuevamente, a bañar con tu bálsamo mi corazón herido y desalentado! ¡Enséñame a desnudarme de los últimos ropajes de la mundana esperanza, dame fuerzas para olvidar las últimas ilusiones! ¡Sin que lo merecieses, atravesaste el camino de dolor, soportando el madero de la ignominia! ¡Ayúdame, pues, a soportar el madero de lágrimas que merezco, en el rescate de mis inmensos débitos!

Amigo Sublime, que subiste el monte de la crucifixión, redimiendo el alma del mundo, enseñándonos desde la cima el camino hacia tu Reino, ayúdame a bajar al profundo valle del anonimato, a fin de que yo vea mis propias necesidades, en la soledad de los pensamientos humildes.

Maestro ¿qué representa mi dolor, ante el tuyo? ¿Quién soy yo, mísero pecador, y quién eres Tú, Mensajero de la Luz Eterna? ¿De cuántas llagas necesita mi frágil corazón para expurgar los abscesos seculares del egoísmo, y cuántos azotes necesitaré para exterminar el orgullo impenitente? ¡Ábreme la puerta de tus consuelos para que me renueve a la luz de tu bendición!

No te pido, Señor, como el rico de la parábola, permiso para volver al mundo a fin de anunciar, a aquellos que amo todavía, la grandeza de tu poder; en cambio, ruego tu auxilio para que no me falte visión en el camino redentor. No puedo precipitarme en el abismo que separa mi fragilidad de tu magnificencia; pese a ello, puedo atravesarlo, paso a paso, como peregrino de tu misericordia.

Con el corazón oprimido y cansado por las sombras de mi propia alma, ¡permite que me deshaga, sin que me cueste, de los postreros engaños, antes de seguir más firmemente a tu encuentro! Despojado de mis transitorios tesoros, manos limpias de las joyas que se me escaparon de los dedos trémulos, ¡concédeme el bordón de los peregrinos, aparentemente sin rumbo, porque su destino son los países ignorados del Cielo!

Me rindo ahora, sin condiciones, a tu amor infinito, te confío mis ansiedades supremas y mis sueños más tiernos de luchador, y ya que es necesario abandonar mi viejo cántaro de fantasías, ¡cámbiame la túnica de las últimas vanidades literarias por el hábito humilde del viajero, interesado en alcanzar la cuna distante, pese a los atajos difíciles y pedregosos! ¡Llena la soledad de mi espíritu con tu luz, como has llenado de perdón, un día, la noche de nuestra ignorancia! ¡Desvéndame tu voluntad soberana, para que yo me retire, sin esfuerzo, de las rejas infelices del capricho terrestre! Aunque yo no pueda divisar todos los recodos de la nueva senda, dame tu claridad misericordiosa, para que mis ojos imperfectos no anden apagados.

¡Maestro, atiende al peregrino solitario que te habla, al pie de la cruz, con dolor sin rebelión y con amargura sin desesperación! Amigo sublime, Tú que has preferido el madero del sacrificio, entre el mundo que te repelía y el Cielo que te reclamaba, por amor a los hombres y por obediencia al Padre, ¡oriéntame en la jornada nueva! Si es posible, desprende de la cruz tu diestra generosa, que hemos clavado en el leño duro de la ingratitud con nuestras maldades milenarias, ¡y dame tu bendición para el largo itinerario que he de recorrer! ¡Tengo el alma sombría y aterido el corazón!

Y mientras pasan, inquietas, las multitudes ociosas del mundo en un torbellino de polvo, dime, Señor, como decías a los paralíticos y ciegos de tu camino:

-¡Levántate y vete en paz! ¡Tu fe te ha salvado!.

Por el espíritu Hermano x
Médium Francisco Cândido Xavier

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