El paralítico de Cafarnaúm

La pequeña ciudad reposaba sobre el lado septentrional del lago de Genesaret. En sus alrededores, los cerros se extendían exuberantes de verdosos olivares y viñedos recostados sobre las tierras altas y los peñascos desnudos, con rocas sobresalientes. Los valles eran frescos, cruzados por arroyos de aguas cantarinas y cascadas blanquecinas. (*)

Sus playas y sus aguas, ricas en fauna marina, eran disputadas por los pescadores; las redes permanecían largas horas abiertas al sol y en las orillas de la playa, viejas higueras y palmeras de dátiles abrían sus brazos y abanicos balanceantes.

Cafarnaúm era un poema de ternura con su caserío bajo, diseminado entre árboles frondosos, decorado con plantas trepadoras de menudas flores coloridas. Él amaba aquella ciudad y la había elegido para iniciar su ministerio de amor.

Mayo liberaba los rayos ardientes del sol y la arboleda parecía petrificada, sin el balanceo ondulante que le imponen los vientos.

Desde la víspera, la noticia corrió de boca en boca, atrayendo curiosos y sufrientes de las cercanías.

A pesar de haber solicitado silencio al leproso que curara y rogado a la suegra de Simón no decir nada de lo que le había sucedido, el mutismo era casi imposible.

Los ojos de la necesidad y del sufrimiento espían en la penumbra los más débiles rayos de esperanza y en su dirección marchan los afligidos.

Entregaba su amor a aquellos poblados ribereños, con total devoción, puesto que allí también, reencontraba el amor en los corazones simples e ingenuos de la gente.

Había llegado el momento en que el Pastor debía levantarse para conducir el inmenso rebaño, venciendo los rudos tormentos que da la tierra, los ásperos caminos, trasponiendo abismos.

Era el preludio del Mensaje y la iniciación de Sus dolores…

* * *

Las actividades fueron febriles y variadas.

Las quejas y dolores de la multitud llenaron el aire de miasmas aflictivos. A pesar del número de los curados, éstos anunciaban con alegría, la salud recuperada y nuevos grupos llegaban, mostrando las miserias en las cuales se refugiaban.

El rostro del Rabí, sereno, estaba surcado por la transpiración y el aire pesado en el cuarto sin ventilación era agobiante. El tumulto no cesaba, y los pedidos y súplicas se redoblaban en todas las bocas…

De pie, junto a la puerta, Simón se dejaba arrastrar por una inexplicable felicidad. Detrás de la huerta de su casa, que se extendía hasta la playa, estaba el mar, que él tanto amaba. Al frente, en medio de la multitud, Él estaba curando y consolando las aflicciones de la tierra, como Embajador de los Cielos. E íntimamente agradecía a Dios que hubiese sido escogida su casa y de haber sido llamado a Su rebaño. Las horas corrían sin que de ello se apercibiese; las emociones eran tantas y de tan difícil explicación, que se dejaba llevar dócilmente entre las contraposiciones del dolor y la alegría que presenciaba: muecas transformadas en sonrisas, lágrimas en cánticos, heridas purulentas en tejidos renovados… ante la imposición de Sus manos o la vibración de Su voz, o a la luz de Sus ojos… Jamás en Israel se había presenciado un acontecimiento semejante. Los espíritus inmundos huían y el dolor perdía su poder ante Su orden…

Los ojos de Simón, brillantes, se encontraron con los de Jesús. Tuvo la impresión, por un momento, de que Él le pedía auxilio. Su faz parecía transparente y tenía el cansancio estampado en Su rostro sudoroso y sufrido…

El rudo pescador comprendió: la multitud era insaciable, el dolor no tenía límites; era menester ayudarlo, retirarlo de allí.

Separando la masa humana gritó:

— ¡El Maestro está fatigado!

Lo tomó por el brazo cariñosamente y lo condujo con ternura a la playa.

Las estrellas comenzaban a brillar en el firmamento vencido por el crepúsculo, que dejaba más allá de las montañas, del otro lado del lago, una estela de oro rojizo.

Ráfagas de viento tibio llegaban encrespando las olas del mar y el blanco encaje de la espuma se deshacía en las playas sedientas del beso de las aguas.

El Rabí se sentó sobre las raíces altas de un viejo árbol que abría sus brazos en dirección al lago, y en silencio, se perdió en meditaciones profundas.

Simón, como un amigo fiel, se sentó a Su lado y se puso a contemplar Su rostro pálido, exhausto.

Los cabellos ambarinos, ligeramente ondulados, se agitaban en desorden, al vaivén del viento y Sus ojos parecían profundos y misteriosos, como el seno de las aguas las que se habituara desde muy joven.

¡Qué hermoso era el Rabí! — pensaba Simón — poseía una belleza como sus ojos no habían visto jamás. Había en Él algo que lo tornaba diferente de todos los hombres. Delgado y bien constituido, no llegaba a ser un atleta, pero tampoco era frágil ni pusilánime. Era dueño de una fuerza grandiosa y de una majestad fuera de lo común. Siendo simple y bueno, era sabio y humilde. Profundo conocedor de las miserias humanas buscaba a los oprimidos y sufrientes para aliviarlos. Hablaba poco y decía mucho, en palabras que todos pronunciaban, pero que nadie como Él lo hacía. Sin embargo, ¡había en aquel Hombre simple y puro, portador de singular belleza material y espiritual, tonos de profunda melancolía…!

Simón, también se sumió en meditaciones.

Solamente la noche hablaba, acompañando las voces de la Naturaleza. Inesperadamente, como si retornase de un lugar lejano, Simón volvió a mirarlo y sólo entonces lo percibió. Los ojos claros y grandes del Rabí estaban cubiertos de lágrimas.

Con el corazón angustiado y sintiéndose dominado por un íntimo desasosiego, preguntó ansioso:

—¿Rabí, estás llorando…?

— ….

—… ¿de felicidad, supongo, considerando los acontecimientos felices del día de hoy, no es verdad?

El interrogante permaneció en el aire, en medio de la noche susurrante.

El viejo árbol sacudía sus ramas y la voz del lago producía una cantilena especial, al bordear las playas inmensas.

— ¡Lloro, Simón! – respondió pausadamente –. Lloro, sí, de tristeza, compadecido.

— Pero, Maestro, no comprendo. ¿Hoy Te expusiste a los fariseos astutos y sagaces, a los escribas ambiciosos y falsos que vinieron a unirse a los grupos de traidores y ante la vista de todos, perdonaste pecados y curaste, silenciándolos con sabiduría y elevación… y lloras?

— Sí, puesto que no me comprendisteis, tú y ellos. Es verdad que no espero ser entendido. Mientras tanto, tengo piedad de ellos, de los irresponsables y lo lamento.

* * *

Natanael Ben Elías, en una posada de la ciudad, se regocijaba entre cántaros de vino embriagador y amigos truculentos.

— En medio de mi desdicha me sucedió un prodigio — comentaba con alegría.

— ¡Habla, cuéntanos lo que sucedió, puesto que dudamos de lo que nos narraron! — exclamaron diversos compañeros al mismo tiempo.

— Sucedió tan repentinamente — prosiguió – que aún me encuentro atontado.

Como todos saben — manifestó al tiempo que secaba su rostro alterado por la emoción —, desde hace mucho la parálisis y las fiebres rondaban mi cuerpo, terminando por aprisionarme en la inmovilidad total, en un lecho infecto y detestable, impidiéndome el más mínimo movimiento. Me había transformado en un réprobo repulsivo. Olvidado por todos en mi estera, hasta hace poco, era víctima de extrema miseria física y moral. Aguardaba a la muerte, que tardaba, como una liberación. Oí hablar de Él y lloraba por conocerlo. Una íntima intuición me decía que Él podría curarme…

Hoy, al saber que estaba aquí, en Cafarnaúm, pedí a algunos amigos que me condujesen a Su presencia y estos, cargando el camastro donde purgaba mis amargas penas, me llevaron a la casa donde Él se encontraba la multitud era tan compacta que no pudieron entrarme por la puerta. En torno mío, la impaciencia, los gritos y las alteraciones de la gente, componían escenas lamentables y dolorosas.

Ante la aflicción que se dibujaba en mi rostro descarnado y la desesperación que me dominó, uno de los amigos decidió introducirme por la terraza y descenderme por el techo de la sala donde Él estaba. Y así lo hicieron. Subieron la escalera lateral de la casa de Simón, el pescador, y rompieron el adobe, rasgando nerviosamente las esteras y ramas de palmera colocadas entre una y otra viga de seguridad, hasta conseguir una abertura suficiente como para poder pasar mi camastro, descendiéndome, atado por cuerdas, hasta Él.

En la sala atestada se despejó un espacio pequeño y como si Él me esperase, me miró detenidamente, en silencio, examinando mi ruina orgánica. Abriendo los labios, dijo:

— ¿Natanael Ben Elías, crees que yo te puedo curar?

La voz era aterciopelada y fuerte; dulce y, sin embargo, firme.

—Sí, — respondí — ¡lo creo!

Un estremecimiento me sacudió. Hubo un gran silencio y hasta el calor pareció disminuir.

— ¡Señor! — exclamé– ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Me conoces?

— Sí, te conozco, Natanael, desde antes. Soy el Buen Pastor y debido a ello, conozco nominalmente todas las ovejas que el Padre me confió.

Confieso, no comprendí por qué Él me dijo desde antes. Nunca Lo había visto con anterioridad, ni jamás me visitara…

—”¡Tus pecados — exclamó — están perdonados!”

Hubo murmuraciones entre la concurrencia y un ambiente de odio reinó entre la asistencia. Yo mismo me perturbé. Cuántas veces pensé en seguir una vida limpia y decente si volvía a movilizarme, a accionar las piernas. Mientras tanto, en aquel momento, indagaba: ¿Él sería capaz de perdonar los pecados? ¿No estaría blasfemando? El sudor me corría abundantemente por el cuerpo sucio y macilento.

Como si Él oyese mis pensamientos más secretos, sin recelar, desafió:

– “¿Qué es más fácil decirle al paralítico, perdonados son tus pecados, o decir levántate y anda?”

Y volviéndose hacia mí, abrió los brazos: y extendiendo las manos, me dijo, imperativo:

– “Levántate: toma tu cama y vete a tu casa”.

Me estremecí como una caña al viento, intenté decir algo, pero no pude. Levanté mi camastro, lancé un grito de ventura, ¡Salve, Rabí! y volví dando hosannas, ante la admiración de cuantos me conocían. Sin embargo, no consigo comprender lo que me sucedió me parece un sueño del cual recelo despertar.

– Bebamos alegres – gritaron todos a su alrededor -, conmemorando tu retorno a la salud… y al placer. Exhibe tu cuerpo para que lo veamos sin mareas, sin heridas y podamos creer en lo que nos narraste…

Una música sensual, sollozando entre los dedos de mujeres infelices contratadas en Nubia y otras tierras para comercio carnal, que ejecutaban instrumentos de cuerdas y panderetas, llenaba la sala amplia, impregnada de aromas exóticos.

Fuera del local, la noche espiaba a la tierra, a través de la visión de las estrellas.

* * *

– ¿Por qué dices que no Te comprendemos, Rabí? ¡Nos sentimos todos tan felices!

– Simón, en este momento, mientras consideras el Reino de Dios por lo que viste, Natanael, con alegría infantil comenta el acontecimiento entre amigos embriagados y mujeres infelices… otros que recobraron las fuerzas o recuperaron la voz entre exclamación es de júbilo, se precipitan en los despeñaderos de la insensatez, cargando nuevos desequilibrios, que esta vez, no podrán ser modificados.

No creas que la Buena Nueva trae alegrías superficiales, de esas que el desencanto y el sufrimiento borran fácilmente. Por eso mismo, el Hijo del Hombre no es un remendón irresponsable, que sobre tejidos viejos y gastados aplica trozos nuevos, perjudicando más aún la parte rasgada con una dilaceración mayor. Sería un desastre depositar en vasijas inmundas y viejas el vino nuevo y espirituoso que fermentaría con precipitación.

El mensaje del Reino, más que una promesa para el futuro es una realidad para el presente. Penetra en lo íntimo y dignifica, mostrando los paneles de la vida en deslumbrantes colores. Sin embargo, yo sé que no puedes entenderme, ni tú ni ellos, por ahora. Y así será por algún tiempo. Más adelante, cuando el dolor produzca una madurez mayor en los espíritus, enviaré a alguien en mi nombre para dar prosecución al servicio de iluminación de conciencias. Las sepulturas romperán el silencio con que se rodean y Voces en todas partes, clamarán, brindando esperanzas bajo los auspicios de mil consuelos…

El Maestro guardó silencio por un momento.

Los ojos del viejo pescador brillaban, expresando las emociones que vibraban en lo íntimo de su ser. La brisa suave rozaba levemente las hojas de la arboleda, mientras la marea alta anunciaba una pausa en el ritmo de la Naturaleza.

– ¿Y cuando el Consolador llegue- interrogó el discípulo emocionado – los hombres lo recibirán comprensivamente?

— No al principio, Simón — respondió Jesús. Los métodos eficaces para curar y disciplinar son severos y por eso mismo, indeseados. Mientras tanto, ese Enviado permanecerá indefinidamente junto a la Humanidad, ayudando sin cansancio y elaborando lentamente la Era de la Paz y la Alegría inmaculada. Removerá viejos óbices, promoverá la reestructuración social en base al amor que, entonces, invadirá todos los ámbitos de la vida, inaugurando sentimientos de solidaridad en todos los corazones…

El rostro del Maestro se había transfigurado. Simón no pudo contener las lágrimas, que corrían espontáneas. Y los siglos corrieron ágiles también, a través del reloj de arena de los tiempos.

Mateo, 9: 1 al 8
Marcos, 2: 1 al 12
Lucas, 5: 17 al 26

Amelia Rodrigues
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Las primicias del Reino”

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