El clamor de las almas

En su primer día de clase, a comienzo del año lectivo, la profesora Teresa se paró ante los alumnos de quinto grado, del primer ciclo. Les dijo que los recibía con alegría y que todos le agradaban por igual, sin distinción. Simples palabras, principalmente por el hecho de que en la primera fila estaba sentado un muchacho mal encarado y serio. Enseguida observó que Ricardo no se llevaba bien con sus compañeros y que, casi siempre, sus ropas estaban sucias y olían mal. En ciertas ocasiones llegó a sentir placer en darle notas rojas al corregir sus pruebas y trabajos, con lo que pretendía castigar su desgano y afirmar su autoridad.

A los profesores se les aconsejaba leer la ficha escolar de los alumnos, para tener conocimiento de sus progresos y de su comportamiento en los años anteriores. Teresa dejó la de Ricardo en su escritorio. Pasaron varias semanas antes de que se dispusiese a apreciar las anotaciones de sus colegas. Y leyó:

Primer año: Ricardo es un niño brillante y simpático. Sus trabajos están en orden y son bien hechos. Tiene buenos modales. Es agradable estar cerca de él. Habla con cariño de su madre.

Segundo año: Ricardo es un excelente alumno, muy querido por sus compañeros, pero anda preocupado por su madre, gravemente enferma. La vida en su hogar debe estar complicada.

Tercer año: La muerte de su madre fue un duro golpe para Ricardo. Él trata de hacer lo mejor que puede, pero anda desorientado, sin apoyo del padre. Su vida se perjudicará si nadie toma medidas para ayudarlo.

Cuarto año: Ricardo anda distraído y no se empeña en los estudios. Tiene pocos amigos y, generalmente, se duerme en la sala de clases, revelando total desinterés.

Era notorio que el muchacho estaba cayendo en la adversidad, sin que nadie le extendiese una misericordiosa tabla de salvación.

Teresa se dio cuenta del problema. Quedó terriblemente avergonzada. Se sintió peor aún cuando recordó los regalos de Navidad que los alumnos le habían ofrecido, envueltos en papeles de brillantes colores. El de Ricardo, desentonaba, en rústica bolsa marrón de panadería. Lo había abierto sin entusiasmo, mientras los demás alumnos se reían al ver el contenido: una pulsera de bisutería, a la que le faltaban algunas piedras, y un frasco de perfume medio vacío. Para disimular la situación, le había dicho, sin convicción, que el regalo era maravilloso. Colocó el adorno en el brazo y un poco de la esencia perfumada en la mano. Aquel día Ricardo estuvo más atento e interesado que de costumbre. Se recordó que el niño, tímidamente, le había dicho que al usar aquel perfume se acordaba de su madre, que también lo había usado. Esos recuerdos vinieron muy fuertes a su mente, como reclamos de su conciencia, mientras leía la reveladora ficha escolar. A solas, en la sala de clases, lloró largamente, lágrimas silenciosas y doloridas.

Después de eso, Teresa decidió que cambiaría su manera de enseñar. Pasó a dar más atención a los alumnos, especialmente a Ricardo. Conversaba con él, le confiaba pequeñas tareas en la preparación de las clases, elogiaba sus aciertos, corregía, paciente, sus errores. Entonces, ocurrió algo sorprendente. ¡El niño comenzó a incentivarse mostrando su talento! ¡Mejoró en el comportamiento, en la concentración y en las notas…! En cuanto más atención y amistad le ofrecía, valorando sus conquistas, más se animaba el muchacho. ¡Al terminar el año escolar, Ricardo recibió el certificado como el mejor alumno de la clase!

Expresando su gratitud, escribió una carta diciendo que ella había sido la mejor profesora que había tenido en su vida. Las noticias llegaban siempre, resaltando sus progresos en los estudios. Años después, Ricardo informaba, en cariñosa misiva, que había concluido la secundaria. Había tenido excelentes profesores. Pero ella continuaba siendo la mejor, alguien que le recordaba los cuidados de su propia madre. Se sucedieron las cartas durante años, hasta que, cierto día, ella recibió invitación para un acto solemne en la Facultad de Medicina.

Venia firmado por el graduando Ricardo Stoddard. Sí, era su antiguo alumno que la invitaba para su graduación como médico. Teresa asistió, usando la pulsera y también el perfume que él le había regalado. Cuando se encontraron, él la abrazó con fuerza, emocionado.

-Usted continúa recordándome a mi mamá. Gracias por creer en mí, dándome confianza. Usted me hizo crecer. Hoy le debo todo lo que soy.

Pero, Teresa, con los ojos llorosos, respondió:

-Usted se equivoca Ricardo. Fue usted quien me enseñó que yo podía hacer la diferencia. Yo no sabía enseñar, hasta que lo conocí. ¡Usted me ayudó a comprender que más que enseñar a leer, escribir, explicar matemáticas y otras materias, es preciso oír el clamor de las almas!

Lo que la profesora Teresa aprendió no es novedad. Jesús, maestro por excelencia, así lo hizo desde su llegada al planeta. Pudiendo nacer rey todopoderoso, prefirió el anonimato, hijo de humildes galileos, en la más oscura provincia de Roma, demostrando que es en la convivencia con la multitud de afligidos y sufridores que nos capacitarnos a oír el clamor de las almas. Sus primeros contactos con los miembros del colegio apostólico demuestran que lo esperaban. A Simón Pedro y a su hermano Andrés, pescadores envueltos en el manejo de sus redes, bastó decirles (Mateo, 4:19):

-Vengan conmigo y yo los transformaré en pescadores de hombres.

A Mateo, cobrador de impuestos, apenas le dice (Mateo, 9:9):

-Sígueme.

Lo mismo ocurrió con los demás. No hubo dificultad en localizarlos, ni necesidad de muchas palabras. Jesús oía el clamor de aquellas almas que estaban en la Tierra para sagradas tareas, en la propagación de la Buena Nueva. Por eso, al primer llamado, enseguida se incorporaron.

A veces, el clamor de las almas comprometidas con el Evangelio se hacía sentir a partir del Dolor, el más antiguo y eficiente maestro del Mundo. Una mujer tenía insuperable hemorragia uterina, como si estuviese en permanente menstruación. Eso la tornaba impura, impedida de mantener cualquier contacto físico con las personas, como si fuera una leprosa. Oyendo hablar del profeta de Galilea que curaba males del cuerpo y del alma, fue a buscarlo. Sin valor para hablarle, debido a su impureza, consideró, bajo inspiración de la fe ardiente, que bastaría tocar sus vestiduras para ser beneficiada. Jesús, que oía el clamor de su alma sensible, dejó que lo tocase, con lo que cesó, inmediatamente, el flujo de sangre. Después la dispensó, diciéndole (Mateo, 9:22):

-¡Ten buen ánimo, hija; tu fe te salvó!

A partir de ese momento se tornó ardiente discípula, que quedaría conocida según la tradición evangélica, como Verónica, la mujer que limpió el sudor sanguinolento de su cara, en el vía crucis. Las facciones del Maestro habrían quedado estampadas en la toalla.

Algunos de esos valientes misioneros se distrajeron y tomaron rumbos por caminos oscuros. El clamor de sus almas fue más fuerte, porque mezclaba indefinibles sentimientos de frustración por la misión postergada, y de angustia por los errores cometidos. Así ocurrió con una mujer obsesa, a quien Jesús socorrió cariñosamente, apartando a siete Espíritus que la perturbaban (Lucas, 8:2). Y surgió la inolvidable María Magdalena. Hubo un médium escogido, alguien con la sagrada misión de divulgar la Buena Nueva, que, olvidándose de sus compromisos, se convirtiera en cruel perseguidor de los cristianos. Mas, Jesús, que oía los clamores de su alma turbada, vino en su socorro. Se presentó ante él, a las puertas de Damasco, para corregirle el rumbo, y conducirlo de nuevo a los derroteros del Bien (Hechos, 9:1-16): Y Saulo de Tarso el perseguidor implacable, se transformó en Pablo de Tarso, el gran paladín de la nueva revelación.

Para la mentalidad judaica, personas así eran de mala vida, no merecían consideración. Jesús enseñaba de manera diferente (Lucas, 5:31): Los sanos no tienen necesidad de médico.

Oyendo el clamor de las almas, Jesús extendía bendiciones y lecciones alrededor de sus pasos, invitando a las personas a no revelar las faltas ajenas, por una razón muy simple, conforme enseña en el elocuente episodio en que los fariseos echaron a sus pies a una mujer (Juan, 8.1-11).

Había sido sorprendida en flagrante adulterio y, según las prescripciones de la Ley, debería morir apedreada. Jesús que leía, como en un libro abierto, los clamores de aquella alma torturada, y la maldad de sus acusadores, proclamó incisivo:

-¡Quién esté libre de pecados, que le lance la primera piedra!

Ante su poderoso magnetismo, que les imponía la visión de sus propias faltas, los acusadores se apartaron, desorientados. Jesús preguntó a la mujer:

-¿Dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?

-No Señor.

-Ni yo te acuso tampoco. ¡Ve y no peques más!

Los judíos estaban habituados al ojo por ojo y diente por diente de Moisés, que consagraba la venganza. Almas inspiradas por la agresividad, se dejaban arrebatar por la idea infeliz de lavar el honor derramando la sangre del ofensor, con lo que apenas asumían deudas que los atribularían por siglos, en dolorosos rescates. Jesús ofrece el remedio saludable para los males del odio, del rencor, del deseo de venganza, recomendando el perdón incondicional, que calma los clamores del alma, y hace crecer espiritualmente a aquellos que lo ejercitan, aproximándolos a Dios, el Padre Celestial que hace nacer el sol para buenos y malos y que hace llover sobre justos e injustos (Mateo, 5:45).

Somos prisioneros de la inquietud. Jesús, que oye los clamores más recónditos de nuestras almas, hace 2000 años nos ofreció la llave mágica de nuestra liberación, enseñando (Lucas, 6:31): Todo lo que quisiereis que los hombres os hagan, hacedlo así también a ellos.

Entonces, como la profesora Teresa, sabremos oír el clamor de las almas, distribuyendo bendiciones de auxilio alrededor de nuestros pasos, como auténticos seguidores de Jesús, guardando la paz en nuestro corazón.

Richard Simonetti
Extraído del libro “Anuario Espírita 2006”

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