Duración de las penas futuras

1003 – La duración de los sufrimientos del culpable en la vida futura, ¿es arbitraria o está subordinada a alguna ley?

– Dios no obra nunca por capricho y todo en el Universo está regido por leyes en que se revelan su sabiduría y su bondad.

1004 – ¿En qué se basa la duración de los sufrimientos del culpable?

– En el tiempo necesario para su perfeccionamiento. Siendo el estado de sufrimiento o de felicidad proporcional al grado de purificación del Espíritu, la duración y naturaleza de sus sufrimientos dependen del tiempo que emplea en mejorarse. A medida que progresa y que se purifican sus sentimientos, disminuyen sus sufrimientos y cambian su naturaleza.

San Luis

1005 – Al Espíritu que sufre, ¿le parece el tiempo tan largo o más corto que cuando vivía en la Tierra?

– Le parece aún más largo; para él no existe sueño. Sólo para los Espíritus que han llegado a cierto grado de purificación, se eclipsa, por decirlo así, el tiempo ante el infinito. (240).

1006 – ¿Puede ser eterna la duración de los sufrimientos del Espíritu?

– Sin duda, si fuese eternamente malo; es decir, que, si nunca hubiese de arrepentirse y mejorarse, sufriría eternamente; pero Dios no ha creado seres para que se consagren a perpetuo mal. Los creó únicamente sencillos e ignorantes, y todos deben progresar en un tiempo más o menos largo, según su voluntad. Esta voluntad puede ser más o menos tardía, como hay niños más o menos precoces, pero tarde o temprano se despierta por la irresistible necesidad que experimenta el Espíritu de salir de su inferioridad y de ser feliz. La ley que rige la duración de las penas, es pues, eminentemente sabia y benévola, puesto que subordina esta duración a los esfuerzos del Espíritu; no le priva jamás de su libre albedrío y si hace mal uso de ella le sufre las consecuencias.

San Luis

1007 – ¿Hay Espíritus que nunca se arrepienten?

– Hay Espíritus cuyo arrepentimiento es muy tardío; pero pretender que nunca se mejorarán sería negar la ley del progreso y decir que el niño no puede llegar a adulto.

San Luis

1008 – La duración de las penas, ¿depende siempre de la voluntad del Espíritu, y no las hay que le son impuestas por determinado tiempo?

– Sí, pueden serle impuestas ciertas penas por algún tiempo, pero Dios, que sólo quiere el bien de sus criaturas acoge siempre el arrepentimiento, y el deseo de mejorarse nunca es estéril.

San Luis

1009 – Según lo que se entiende de esto, las penas impuestas, ¿nunca serían eternas?

– Interrogad a vuestro sentido común, a vuestra razón, y preguntaos si una condenación perpetua, por algunos momentos de error, no sería la negación de la bondad de Dios. ¿Qué es, en efecto, la duración de la vida, por más que fuese de cien años, comparada con la eternidad? ¡Eternidad! ¿Comprendéis bien esta palabra? ¡Sufrimientos, torturas sin fin y sin esperanza, por algunas faltas! ¿No rechaza vuestro juicio semejante pensamiento?

Que los antiguos vieran en el señor del Universo un Dios terrible, celoso y vengativo, se comprende. En su ignorancia, atribuyeron a la divinidad las pasiones de los hombres; pero no es ese el Dios de los cristianos, que coloca el amor, la caridad, la misericordia y el olvido de las ofensas, en el número de las principales virtudes. ¿Y podría carecer él de las cualidades de las cuales ha hecho deberes? ¿No es contradictorio atribuirle la bondad infinita y la infinita venganza?

Decís que ante todo es justo, y que el hombre no comprende su justicia, pero la justicia no excluye la bondad, y no sería bueno, si condenase a penas horribles, perpetuas, a la mayor parte de sus criaturas. ¿Pudiera haber impuesto a sus hijos la justicia como una obligación, si no les hubiese dado medios para comprenderla? Por otra parte, el hacer depender la duración de las penas de los esfuerzos del culpable por mejorarse, ¿no es la sublimidad de la justicia unida a la bondad? En esto consiste la verdad de estas palabras: “A cada uno según sus obras”.

San Luis

Interesaos, por todos los medios que estén a vuestro alcance, en combatir, en destruir, la idea de las penas eternas, pensamiento blasfematorio, contrario a la justicia y a la bondad de Dios, la más fecunda fuente de la incredulidad, del materialismo y de la indiferencia que invadió las masas después que su inteligencia comenzó a desarrollarse.

El Espíritu, en vías de ilustrarse, aunque sólo estuviese desbrozado, advierte muy pronto esa monstruosa injusticia; su razón la rechaza, y rara vez entonces deja de comprender en el mismo ostracismo a la pena, que le subleva, y al Dios, a quien la atribuye. De ahí los males sin número que se precipitaron sobre vosotros y a los cuales hemos venido a traer remedio. La tarea que os señalamos será tanto más fácil, en cuanto las autoridades en que se apoyan los defensores de semejante creencia, han rehuido todas, su declaración formal sobre el particular. Ni los concilios, ni los Padres de la Iglesia han decidido esta cuestión. Si, según los mismos Evangelistas y tomando literalmente las palabras emblemáticas de Cristo, amenaza éste a los culpables con un fuego inextinguible, eterno, nada hay en esas palabras que pruebe que los haya condenado eternamente.

Pobres ovejas descarriadas, aprended a ver cómo llega a vosotros el buen Pastor que, lejos de querer desterraros para siempre de su presencia, sale a vuestro encuentro para volveros al redil. Hijos pródigos, abandonad vuestro destierro voluntario, encaminad vuestros pasos a la morada paterna. El padre os tiende siempre los brazos y siempre está dispuesto a celebrar vuestro regreso a la familia.

Lamennais

¡Guerras de palabras! ¡Guerras de palabras! ¿Aun no habéis hecho derramar bastante sangre? ¿Es, pues, necesario volver a encender las hogueras? Se discute sobre los temas: eternidad de las penas y eternidad de los castigos. ¿Acaso no sabéis que lo que vosotros entendéis por eternidad no era entendido del mismo modo por los antiguos? Que los teólogos consulten las fuentes, y como todos vosotros, descubrirán en ellas que el texto hebreo no dio a la palabra que los griegos, los latinos y los modernos tradujeron por penas sin fin, irremisibles, la misma significación.

La eternidad de los castigos corresponde a la eternidad del mal. Sí, mientras que el mal exista entre los hombres, subsistirán los castigos; es en sentido relativo que importa interpretar los textos sagrados. Por tanto, la eternidad de las penas sólo es relativa y no absoluta. Vendrán días en que todos los hombres se revestirán, por el arrepentimiento, con la túnica de la inocencia, y ese día no habrá más gemidos ni rechinar de dientes. Vuestra razón humana es limitada, pero así tal como es, es un regalo de Dios, y con la ayuda de esa razón, no hay un solo hombre de buena fe que comprenda de otro modo la eternidad de los castigos.

¡La eternidad de los castigos! ¡Cómo! Sería, pues, admitir que el mal fuese eterno; de no ser así necesario sería negarle el más precioso de sus atributos: El poder soberano, porque no es soberanamente poderoso quien puede crear un elemento destructor de sus obras. ¡Humanidad! ¡Humanidad! No sumerjas más tus melancólicas miradas en las profundidades de la Tierra para hallar castigos en ella. Llora, espera, expía y refúgiate en el pensamiento de un Dios íntimamente bueno, absolutamente poderoso y esencialmente justo.

Platón

Gravitar hacia la unidad divina, tal es el destino de la Humanidad. Tres cosas son necesarias para lograrlo: la justicia, el amor y la ciencia; tres le son opuestas y contrarias: la ignorancia, el odio y la injusticia. ¡Pues bien! En verdad os digo que faltáis a aquellos tres principios, comprometiendo la idea de Dios con la exageración de su severidad; la comprometéis doblemente dejando penetrar en el Espíritu de la criatura la idea de que hay en ella más clemencia, mansedumbre, amor y verdadera justicia de la que atribuís al ser infinito. Destruís incluso la idea del infierno, haciéndolo ridículo e inadmisible a vuestras creencias, como lo es a vuestro corazón el horrible espectáculo de los verdugos, hogueras y torturas de la Edad Media.

¡Pues qué! Cuándo la era de las ciegas represalias ha sido desterrada para siempre de las legislaciones humanas, ¿esperáis conservarla en el ideal? ¡Oh! Creedme, creedme hermanos en Dios y en Jesucristo, creedme; o resignaos a ver perecer en vuestras manos, todos los dogmas antes de hacerlos variar, o bien vivificadlos, abriéndolos a los bienhechores efluvios que en estos momentos vierten los Buenos. La idea del infierno con sus hornos ardientes y bullidoras calderas, pudo ser tolerada, es decir, perdonable en un siglo de hierro; pero en el actual no es más que un vano fantasma, apropiado, cuando mucho, para asustar a los niñitos y en el cual no creen ni los niños cuanto más los grandes.

Persistiendo en esa temible mitología, engendráis la incredulidad, madre de toda la desorganización social; he aquí porque temo ver todo un orden social sacudido y derrumbado sobre sus falsas bases de sanción penal. Hombres de fe ardiente y viva, vanguardia del día de luz, manos a la obra, pues, no para mantener viejas fábulas desacreditadas de hoy en adelante, sino para reanimar y vivificar la verdadera sanción penal, bajo formas apropiadas a vuestras costumbres, a vuestros sentimientos y a las luces de vuestra época. ¿Quién es, en efecto, culpable? El que por un extravío, por un movimiento falso del alma, se aleja del objeto de la Creación, que consiste en el culto armonioso de lo bello y de lo bueno, idealizados por el arquetipo humano, por el Hombre-Dios, por Jesucristo. ¿Qué es el castigo?

La consecuencia natural que deriva de aquel movimiento falso; una suma de dolores necesarios para apartar al hombre de la deformidad, por medio de la experimentación del sufrimiento. El castigo es el aguijón que excita el alma, a través de la amargura, a reconcentrarse en sí misma y a volver a los caminos de la salvación. El objeto del castigo no es otro que lograr la rehabilitación, la emancipación. Querer que el castigo sea eterno, por una falta que no es eterna, equivale a negarle toda su razón de ser. ¡Oh! En verdad os lo digo, cesad de poner en parangón, respecto de su eternidad, al bien, esencia del Creador, con el mal, esencia de la criatura. Esto equivale a crear una penalidad injustificable. Asegurad, por el contrario, la amortización gradual de los castigos y penas por medio de las transmigraciones, y consagraréis con la razón unida al sentimiento, la unidad divina.

Pablo, Apóstol

Se quiere excitar al hombre al bien, y alejarle del mal con el incentivo de las recompensas y el temor de los castigos; pero si esos castigos son presentados de manera que la razón se niega a creer en ellos, no tendrán ninguna influencia sobre el hombre; lejos de eso, lo rechazará todo: la forma y el fondo. Por el contrario que se le presente el futuro de una manera lógica y entonces no lo rechazará. El Espiritismo le da esa explicación. La doctrina de las penas eternas en sentido absoluto convierte al ser supremo en un Dios implacable. ¿Sería lógico decir de un soberano que es muy bueno, muy benévolo, muy indulgente, que sólo quiere la felicidad de los que le rodean, pero que es al mismo tiempo, celoso, vengativo, inflexible en su rigor, y que condena a la última pena a las tres cuartas partes de sus súbditos por una ofensa o infracción a sus leyes, aun a aquellos que faltaron por no conocerlas? ¿No sería ésta una contradicción?

Ahora bien, ¿podría ser Dios menos bueno que un hombre? Otra contradicción se presenta aquí. Puesto que Dios lo sabe todo, sabía al crear un alma, que fallaría, y por lo tanto ha sido condenada, desde su formación, a eterna desdicha. ¿Es posible esto? ¿Es racional? Con la doctrina de las penas relativas todo se justifica. Dios sabía indudablemente que el alma delinquiría, pero le da medios de ilustrarse por su propia experiencia, y por sus mismas faltas; es preciso que expíe sus errores para estar más consolidada en el bien, pero la puerta de la esperanza no le es cerrada para siempre, y Dios hace depender el momento de su emancipación de los esfuerzos que hace para llegar a ella. He aquí lo que todos pueden comprender y lo que la lógica más rigurosa puede admitir. Si las penas futuras hubiesen sido presentadas bajo este aspecto, habría mucho menos escépticos.

La palabra eterno se emplea con frecuencia en el lenguaje vulgar, de manera figurada, para indicar una cosa de larga duración y cuyo término no se prevee, aunque se sepa perfectamente que ese término existe. Decimos, por ejemplo: los hielos eternos de las altas montañas, de los polos, aunque sabemos, por una parte, que el mundo físico puede tener un fin, y por otra, que el estado de esas regiones puede cambiar por la dislocación normal del eje o por un cataclismo.

La palabra eterno en este caso, no quiere decir perpetuo hasta el infinito. Cuando sufrimos una larga enfermedad, decimos que nuestro mal es eterno. ¿Qué hay, pues, de extraño, que Espíritus que sufren, después de años, siglos, incluso de millares de siglos, lo digan igualmente? No olvidemos sobre todo que, no permitiéndoles su inferioridad ver el término del camino, creen que han de sufrir siempre, lo cual es un castigo para ellos. Por lo demás, la doctrina del fuego material, de las hogueras y de los tormentos copiados del Tártaro del paganismo, está hoy completamente abandonada por la alta teología, y sólo en las escuelas se dan como verdades positivas esos horribles cuadros alegóricos, por personas más celosas que ilustradas, en los que proceden erróneamente, porque, recuperadas de su terror aquellas jóvenes imaginaciones, podrán engrosar el número de los incrédulos. La teología reconoce hoy que la palabra fuego se emplea figuradamente, y debe entenderse como un fuego moral. (974).

Los que, como nosotros, han seguido las peripecias de la vida y sufrimientos de ultratumba, por medio de las comunicaciones espíritas, han podido convencerse de que, aunque no son nada materiales, no dejan de ser menos agudos. Bajo el mismo punto de vista de su duración, ciertos teólogos empiezan a admitirlas en el sentido restrictivo más arriba expresado, y creen que, en efecto, la palabra eterno puede entenderse de las penas en sí mismas, como consecuencia de una ley inmutable y no de su aplicación a cada individuo. El día en que la religión admita esta interpretación, como otras que son también consecuencia del progreso de las luces, se atraerá muchas ovejas descarriadas.

Allan Kardec
Extraído del libro «El libro de los Espíritus»

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