Dios y el hombre

Solo hay un Dios Único y Verdadero, Causa sin causa del Universo.

Sustenta la vida y se expresa en todas partes, no humanizándose jamás.

La condición de humanidad es vía de ascesis a las Cimas Gloriosas, que Él no necesita.

Inaccesible al entendimiento de la criatura, por ser el Todo que jamás se fragmenta, es el incomparable Pensamiento generador de todo.

Omnipresente y omnipotente, se encuentra en todas partes como fuerza aglutinadora de moléculas, y cualquier tentativa de comprenderlo, como definirlo, representa una forma de limitarlo, quitándole la grandeza inimaginable.

Por esto, el culto que le debemos ha de ser en “espíritu y verdad”, respeto y amor, no pronunciando Su nombre vanamente, incluso con el pretexto de fijar el pensamiento en Su realidad.

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Noticias mitológicas afirman que, aquel que desencarna llamándole por el nombre, se emancipa del yugo de las reencarnaciones…

Fantasías religiones aseguran que morir, en este o en aquel lugar sagrado, es suficiente para ganar su gracia y ser perpetuamente feliz…

¡Si así fuera, cuan grave seria Su injusticia con relación a los que se tornan victimas de parálisis y demencia o se encuentran en puntos distantes de los sitios privilegiados, por Él allí colocados!

El amor transcendente de Dios alcanza igualitariamente a todas sus criaturas, de alguna forma, manifestación de Él mismo.

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Algunas culturas orientales, ricas de leyenda e ingenuidad, informan que, periódicamente, Dios toma forma humana para ayudar a los hombres a crecer, a reformular los hábitos enfermos, moralizándose, como si fuera necesario, para tanto, una medida simple de tal porte.

Sus embajadores aparecen y resurgen en todos los lugares, sean Krishna o Buda, Moisés o Zoroastro, Lao-Tse, Hermes Trismegisto o Mahoma, Sócrates o Agustín, Lutero o Allan Kardec, de entre otros muchos… Sin embargo, superándolos en pureza y abnegación vino Jesús de Nazaret, enseñándolo a los hombres y viviéndolo como jamás ninguno hubiera o venga a hacerlo.

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No te impresiones con aquellos que se dicen “manifestación divina”, el propio Dios en “carne y hueso” en las sombras de la Tierra…

Respétalos como misionarios que son, emocional y culturalmente propios para los países donde renacen con objetivos nobles y superiores.

Escucha sus menajes, no obstante, observa si unen las palabras a los actos, si son simples, buenos y misericordiosos, tolerantes y caritativos, abnegados hasta la muerte y pacientes, demostrando su sabiduría y evolución.

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Se grato a Dios por colocarte cerca de esos Espíritus misionarios.

Jamás los adores o anules tu pensamiento bajo sus sugestiones.

Raciocina y lógica.

Tus hermanos más adelantados que son te convidan a las reflexiones y al progreso.

Ten en cuenta que encima de todos ellos conoces a Jesús, que se sacrificó, y solo te pide que ames y ames, haciendo de tu vida un “Evangelio de hechos”, para ti y el bien de la humanidad de la cual eres miembro.

Por el Espíritu Joanna de Ângelis
Momentos de meditación
Divaldo Pereira Franco
Traducido por R Bertolinni

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