Vida y valores (Justicia)

Un día, oímos del Hombre de Nazaret una de aquellas acepciones que se volverían antológicas. Nos dice Él, que nuestra justicia debería ser superior a la justicia de los escribas y de los fariseos.

Cuando paramos para pensar en esa propuesta de Cristo o en esa determinación del Maestro, tenemos que convenir que la justicia que aquellos hombres practicaban era una justicia de conveniencia. Para los amigos, todo, para los enemigos, la ley. A partir de ahí comenzamos a verificar hoy, cual es nuestro entendimiento de la justicia.

¿Qué significa la justicia? La justicia es el acto de dar a cada uno lo que a cada uno merece. Eso sería la justicia. Entonces, la justicia se apoya en la ley del merito, en la ley del merecimiento. Pero, cuando miramos nuestra sociedad y la justicia que se vive en el mundo de hoy, está bien distante de la ley del merito. Porque, en verdad, la justicia difícilmente será bien administrada, cuando estuviera en las manos de criaturas aún imperfectas. Todo individuo imperfecto tendrá una visión distorsionada de la justicia, tendrá una visión imperfecta de la justicia.

Es de eso modo que nos daremos cuenta de que, en el mundo en que estamos, por más esfuerzos que hagan los agentes de la justicia, habrá siempre ese elemento humano intermediando en sus decisiones en pro de la justicia. Sin duda, existe agentes de la justicia honestísimos, dignísimos, pero que no pueden evitar su dimensión humana. En cuanto hay otros agentes de la justicia perfectamente mundanos. Aquellos que están allí por causa de la posición, de lo que ganan en términos de prestigio, en términos de oro, en términos de dinero. Es el mundo.

Cuando pensamos en esa justicia que confiere a cada uno aquello que cada uno merece, tenemos que admitir que aun estamos distantes en el mundo, del ejercicio de una justicia que sea superior al de los escribas y de los fariseos. Nosotros mismos, las personas de la sociedad, tenemos una visión equivocada de lo que es la justicia. Siempre estamos en busca de la justicia que nos favorezca, pero nunca de la justicia que favorezca a otro. Es por eso que cuando una persona golpea el coche a otro, huye, pero cuando alguien golpe su coche, ella quiere que espere a la policía para la fotografía, por causa de sus derechos. Cuando ella golpea, ella huye, maquilla el lugar, disfraza la escena del episodio. Comenzamos a percibir como nuestro concepto de la justicia es desfigurada.

Si los hijos de los otros cometieron crímenes, pedimos la pena de muerte, cadena perpetua. Si nuestros familiares, si nuestros hijos cometieron el mismo equívoco, contratamos un abogado espurio, le pagamos bien para que el inocente o nuestro culpable e incrimine cualquier inocente que pase por el camino. Teniendo consciencia de lo que hacemos, eso se llama venalidad, se llama liviandad, que nosotros denominamos de justicia.  ¿Y quién se presta a ese papel?

Es peor aún porque se formó para defender la justicia, hizo un juramento en nombre de la justicia, sin embargo deseaba adentrarse en el palacio donde la justicia impera a fin de abrir hendiduras en la pared de la justicia, por donde la injusticia pudiese penetrar. De esa forma, nuestra idea de justicia en la tierra precisa ajustarse a las propuestas del equilibrio y del bien. La justicia que sirva para nosotros es la justicia que servirá para los otros. Por eso Cristo, aquel que propuso que nuestra justicia fuese superior a la de los fariseos hipócritas, nos enseñó que con la misma medida con que midiésemos a los otros, seriamos también medidos, y entonces estableció: No juzguéis, para nuestras vidas.

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Es común encontrarnos personas, de modo general, en los episodios más diversos de lo cotidiano, a exigir justicia a la ley, a exigir justicia a los agentes de la justicia. Es curioso, porque preguntamos: ¿Cuál es la motivación de esas personas para pedir justicia? ¿Por qué ellas están pidiendo justicia contra los otros? Muchas veces, la criatura quiere una justicia que ella vea, una justicia de la cual ella se pueda ufanar, que ella pueda carcajearse del ajusticiado. En ese caso, ya no hay justicia, ahí existe venganza. Yo quiero que él pague. Pero eso ya no es un problema nuestro, ese es un problema en la tierra, de la justicia humana. ¿Y las Leyes de Dios en la vida en general ?

Muchas cosas que el juez encarnado, que el juez humano no consigue captar, no consigue ver, solo la vista de la Divinidad puede ver. Jamás un juez humano entenderá, de hecho, las reales motivaciones que llevaron o que llevan a una criatura cometer un crimen, un desatino. Todas las respuestas que tenemos, en ese sentido, son las respuestas de afuera, aquello que la gente puede ver. Fue la pobreza, fue el hambre, fue el desempleo, fue el desespero. Pero más razones profundas, el equipaje que ese espíritu trae, las marcas que esa alma carga en sí, ningún juez humano consigue ver. Solo el Padre de la vida, solamente el Señor Supremo lo puede saber. Entonces, muchas veces, cuando las criaturas claman por justicia, están clamando por venganza, porque toda justicia que actúe fuera de las bases del amor se vuelve crueldad. La justicia sin amor es venganza social. De ahí, nuestra necesidad de entender bien lo que viene a ser justicia.

Todas esas personas que claman justicia contra los otros ejercen la injusticia. Hacen huelgas por mejores salarios para sí, por ejemplo, pero no mejoran el salario de sus empleados. Son personas injustas. Reclaman que la ciudad esta desorganizada, pero tiran papeles, basura por la ventanilla del coche, del autobús, en la vía pública, para oprimir a la ciudad e imponer que alguien vaya a limpiar su suciedad. Estacionan su coche sobre las aceras por donde las personas deberían pasar y esas personas tienen que disputar la calle con los otros coches que pasan. Ellos quieren justicia contra los otros, pero no viven el principio básico de la justicia: Hacer al otro lo que el otro merece. Dar a las personas aquello que las personas merecen. Deseamos consideraciones de la justicia para nosotros; queremos los derechos, pero no ejercitamos la práctica de la justicia, cuando se trata de beneficiar a los otros.

Cuantas veces colocamos, en nuestras fiestas, en el apartamento, en las casas, nuestra música a mayor volumen, con todos los decibelios, no nos importa si hay bebes recién nacidos, si hay ancianos cansados, dolientes o, simplemente, si las personas no quieren oír nuestro barullo. Nuestro criterio de derecho está muy equivocado. Nuestro criterio de democracia es equivocadísimo porque tenemos un concepto de democracia que solo sirve para nosotros, que es contra los otros, cuando la democracia propone el derecho de todos, la justicia para todos. Si no respeto a mi vecina cuando deseo dar mi fiesta, estoy tratando con la injusticia social. ¿Cómo puede pedir de las autoridades justicia para mí?

Es con esto que comenzamos a pensar como han sido equivocadas nuestras posturas delante de la vida, en el capítulo que se refiere a la justicia. Vale la pena pensar que, cuando el Cristo propone que nosotros no juzguemos porque, con la misma medida con que juzgásemos seriamos juzgados, nos quedamos pensando en la responsabilidad del magistrado, de aquel que tiene el deber profesional de juzgar, de sentenciar. Si él no tuviera luz por dentro, si él no tuviera lucidez en el alma, amor en el corazón, el será un verdugo de la sociedad porque estará puniendo a las personas en nombre de su sentimiento de tristeza, de revuelta o de su displicencia.

No es por otra razón que el Evangelio del Reino nos dice que quien con hierro hiere, con hierro será herido, representando a la ley de Talión, el de ojo por ojo, diente por diente. Solo en Cristo encontramos la propuesta del amor. Y, cuando amamos, hasta nuestra evaluación y nuestro juicio, son suaves.

Raúl Teixeira.

Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 141, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em abril de 2008. Exibido pela NET, Canal 20, Curitiba, no dia 5 de julho de 2009. Em 28.12.2009. Traducido por Jacob.

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