Enfermedad y medicamento

En el trato con las llagas de la ignorancia, en la esfera de la Humanidad, cuales sean la incomprensión y la venganza, la crueldad y la rebeldía, anotemos la conducta de la Misericordia Divina, en el cuadro de las enfermedades terrestres.

Porque alguien acusa los reflejos tóxicos de esa o de aquella enfermedad.

No sufre condenación al permanente desajuste. Reciben la atención de la Ciencia, que examina sus posibilidades de cura o mejora.

Porque el médico debe observar restos corruptores, no obliga la salud a la perturbación y al relajamiento. Les da guantes protectores.

Porque procesos infecciosos alteran la constitución celular en esa o en aquella parte de la provincia corpórea, no sentencia la zona atacada a simple extirpación. Le ofrece recurso adecuado para que elimine la infestación virulenta.

Y grandes lesiones comparecen en la estructura del vehículo físico, amenazando su seguridad, traza el plan necesario para la intervención quirúrgica, pero no deja al enfermo aislarse en el desespero, extendiéndole el dolor al amparo de la anestesia.

Si molestias epidémicas surgen, insidiosas, distribuye la vacunación que detiene del contagio.

Vemos que la Ley de Dios no se conforma con el mal; al contrario, le opone a cada instante el socorro del bien.

De esa forma, si los agentes del lodo se te infiltran en el paso, exhibiéndote a los ojos peligrosas acciones de discordia e infortunio en aquellos que más amas, no puedes realmente acomodarte a los golpes que te impulsan a la inmersión en la maldad, pero puedes esparcir el agua viva del amor, ayudando en silencio a las víctimas de desequilibrio que caen sin saber que se arrastran en el lodo.

Usa, pues, cada hora, la compasión sin términos y el perdón sin límites, porque el propio Jesús, delante de nuestros males, exclamó, complaciente:

– “En verdad, vine para curar a los sanos”.

Emmanuel
Medium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Canales de la vida”
Traducido por Jacob

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