Cojos y lisiados

La materia de auxilio a los que te reclaman la luz de la fraternidad, no te dejes guiar por las apariencias.

No juzgues al mayordomo del oro terrestre por afortunado detentor de la riqueza.
Muchas veces, bajo anotaciones y fichas bancarias, es un trabajador desesperado, encorvando al peso de inquietantes compromisos, cuando no sea triste sediento de paz entre las rejas de la avaricia.

No supongas al hombre representativo de la vida pública como siendo el guardián de la felicidad.

En muchas ocasiones, aunque ostente el bastón del poder, no pasa de infortunada víctima de amargas pruebas, robándole la felicidad y la seguridad.

No consideres la mujer exteriormente adornada por joyas de alto precio, por vehículo de maldad y perturbación.

Casi siempre, en el interior de la propia alma, se siente asfixiada por llagas dolorosas de amargura y desencanto, que aniquilan sus mejores aspiraciones.

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No creas que el artista de la inteligencia, admirable por los valores intelectuales con que asombra a la mente popular sea siempre el instigador del libertinaje.

Muchas veces, en la intimidad de él mismo es un mutilado psicológico, de quien las vicisitudes de la Tierra robarán la esperanza y la alegría.

Cojos y lisiados no se encuentran simplemente en los desvanes de la indigencia. Respiran con más frecuencia, según el símbolo evangélico, en las grandes y lucidas asambleas del mundo, donde se discuten las más pesadas responsabilidades humanas.

Jesús cuando nos pidió atención para los hermanos infelices incluyó igualmente a nuestros compañeros que llevan consigo el bolso relleno de aflictivos desengaños en la vida íntima.

Huyamos del exhibicionismo de los elogios mutuos y de las vacías competiciones en que medimos nuestras fuerzas con los propios amigos en torneos inútiles de vanidad e ilusión.

Que el entendimiento nos ilumine el espíritu en la jornada hacia adelante y compadeciéndonos unos a los otros, sepamos pavimentar con la verdadera fraternidad el camino de nuestra liberación.

Emmanuel
Medium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro “Canales de la vida”
Traducido por Jacob

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