La sorpresa

– Haremos una sorpresa para nuestra querida Otilia. Iremos a su casa y cantaremos para ella, felicitándole su cumpleaños. ¡Ella se va a “morir” de emoción!

El grupo de jóvenes, integrado en la Juventud Espírita, integrantes de una institución, tenía razones para festejar el acontecimiento. Otilia era muy estimada, una joven muy dinámica, participante del grupo de música, llena de iniciativas, alegre y comunicativa. Planearon todo muy bien. Prepararon “comidas y bebidas” para su fiestita que seguiría al homenaje…

Todo hecho en “silencio”, a fin de que la protagonista no desconfiase de nada. Llegaron hasta componer una música, con un estribillo sincero, que decía así: “Tú eres nuestra compañera, nuestro ejemplo vivo, nuestra líder inspiradora, seguiremos siempre contigo”

Llegaron despacito, silenciosamente, conteniendo la propia euforia, risas apagadas… abrieron el portal, llegaron al área interna y se prepararon para iniciar la canción cuando oyeron la voz de Otilia, de un timbre extraño, ardiente, discutiendo con la madre:

– ¡Yo ya te dije que no te entrometieras en mí vida! ¡Hago lo que juzgo correcto y tú no tienes nada que ver con eso!

– Hija mía, –pedía la madre– habla bajito, los vecinos están oyendo…Tengamos cuidado. Nadie necesita saber nuestros problemas…

– ¡Ahora, los vecinos que se fastidien! –Gritaba la muchacha a pleno pulmón– ¡y tú también!

– Otilia, no quiero discutir, pero no es justo obrar como si vivieras sola. ¡Nuestra vida es difícil! Están tus hermanos menores, tu padre está enfermo. Necesitamos unirnos…

– ¿Tú qué quieres decir con eso que debo cuidar de las dificultades? ¿Contribuir para el sustento de la casa? ¡Negativo! Mi tiempo es escaso y tengo necesidades personales. ¡Lo que gano mal da para atenderlas!

El personal oía aterrorizado. Aquella Otilia era totalmente desconocida. Áspera, agresiva, maleducada, bien diferente de la chica que frecuentaba el Centro, exhibiendo una engañosa sonrisa. El diálogo proseguía, en un duelo ingrato entre la madre, señora respetable y sufridora, y la hija, indisciplinada y gritona. En un momento dado, Otilia exasperada, se aparta diciendo palabrotas y abre la puerta…

Lívida, desagradablemente sorprendida, se encuentra con los compañeros que la miran en silencio. Poco después ella está sola en el pasillo. En el suelo quedan copias arrugadas de la música en su homenaje, con el estribillo: “Tú eres nuestra compañera, nuestro ejemplo vivo, nuestra líder inspiradora, seguiremos siempre contigo”

Si fallece en nosotros el empeño de ajustar nuestro comportamiento al que idealizamos, bajo inspiración de principios morales, no sólo marcaremos paso en relación a la propia edificación, como causaremos desanimadas decepciones en aquellos que siguen con nosotros.

Richard Simonetti
Extraído del libro «Cruzando la calle»

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