Examen de las religiones

“Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me rinde culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos.” (Mateo, XV, 8-9).

La religión no consiste en una amalgama de dogmas y en la proclamación de misterios. La Religión es parte de la Verdad, que se concede a los que la buscan y se les da de acuerdo con su grado de elevación moral.

El conocimiento de la Religión crece en las almas, en la proporción del progreso moral y espiritual de cada una. Como sucede con la adquisición de cualquier ramificación del saber, la Religión no prescinde del estudio, del análisis y del libre examen.

Pablo, doctor de los gentiles, aconsejaba a sus oyentes, para la obtención del conocimiento de la Religión, el examen nítido, racional e inteligente de todas las Escrituras; por ese medio llegarían al conocimiento de la Verdad: Examinar todo, pero quedaos sólo con lo que fuera bueno (I Tesalonicenses, V, 21.)

Pedro concluye su Epístola Universal con la bien significativa sentencia: “Creced en el conocimiento y en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.” (II Pedro, III, 18.)

Juan dice concluyentemente en una de sus cartas, condenando la ignorancia: “Dios es luz; si decimos que tenemos comunión con Él y caminamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad.” (I Juan, I, 5-6.)

Tiago no es menos categórico, cuando pretende alertarnos sobre las tentaciones y las pruebas, recordándonos sus causas y efectos: “La fortaleza debe completar su obra para que seáis perfectos y completos, no faltando en cosa alguna.”

El conocimiento de las circunstancias que nos rodean se debe completar con el conocimiento de nuestra individualidad y de nuestros deberes religiosos; de lo contrario no tendremos fortaleza para resistir a las tentaciones y vencer las pruebas. El hombre religioso no es, pues, el esclavo del culto que repite maquinalmente las oraciones del breviario, sino el que estudia y comprende las Revelaciones que le son transmitidas.

“Examinar todo y quedaos sólo con lo que fuera bueno” es examinar todos los sistemas religiosos y hacer con inteligencia y criterio la selección de lo que fuera bueno, rechazando los errores que las religiones enseñan como artículos de fe. Está claro que un sistema religioso que proclama la inhabilidad de sus sacramentos pretende ser intangible y no admite que se le repudie una palabra, cuanto más un precepto.

El crítico, por más competente que sea, filiado a ese credo tendrá que someterse también a lo que no crea bueno. Por ejemplo: el católico y el protestante, aunque repugne a su razón los dogmas de las penas eternas y del diablo, no tiene libertad para impugnar su religión; tiene, por la fuerza, que someterse a ellos o ser excluidos de la comunión a la que pertenecen.

Para gozar de las regalías del todo, es principio de Teología, se hace imprescindible que el adepto acepte las partes integrantes del principio conjeturado. “Quien no acepta la parte perjudica el todo, no puede, ipso facto, formar parte de ese todo.” La sentencia de Pablo, por lo que se ve, caduca frente al examen de una religión única, porque teniendo que aceptar el todo, es imposible rechazar lo que no fuera bueno. Lo mismo ocurre con las demás recomendaciones de las epístolas de Pedro, Tiago y Juan. Para los sacerdotes del Catolicismo y del Protestantismo, su religión es la verdad revelada, integral, completa.

Aquellos que hicieran profesión de fe son porque llegaron al conocimiento de la verdad máxima, no tienen que crecer en el conocimiento y en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo; ya han crecido, no tienen más que crecer, alcanzaron el punto culminante de la verdad religiosa, saben tanto como Cristo, su conocimiento es incluso igual al de Dios, porque para esas religiones, Jesucristo es el propio Dios que se manifestó en la segunda persona de la Trinidad.

Se concluye que, faltándoles a los católicos y protestantes los atributos de perfección con que su religión debería revestirlos, ellos están, sin duda, fuera de la Verdadera Religión, necesitando, por tanto, poner en práctica las recomendaciones apostólicas para obtener el conocimiento de la Verdad, cuyos preceptos se resumen en la memorable sentencia de Pablo: “Examinarlo todo, pero quedaos sólo con lo que fuera bueno.” Fue, por tanto, con justa razón que Cristo repitió aquellas palabras al pueblo de entonces, semejante al de hoy, discípulos de los escribas, saduceos y fariseos: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos.”

Cairbar Schutel
Extraído del libro » Parábolas y enseñanza de Jesús»

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