La Iglesia. París, 30 de septiembre de 1863

(Médium: Sr. d’A…)

Estás aquí de regreso, mi amigo, y no has perdido el tiempo. Nuevamente a la obra, pues no debes dejar que se cubra de herrumbre tu yunque. Forja, forja armas bien templadas; reposa de la tarea cumplida, emprendiendo trabajos más difíciles aún. Todos los elementos se pondrán a tu alcance a medida que sea necesario.

Ha llegado la hora en que la Iglesia debe rendir cuentas del depósito que se le ha confiado, de la manera en que practicó las enseñanzas de Cristo, de cómo ha empleado su autoridad, así como del estado de incredulidad a que condujo a los espíritus.

Ha llegado la hora en que debe dar al César lo que es del César, y de que asuma la responsabilidad de todos sus actos. Dios la ha juzgado, y la ha reconocido inepta de aquí en adelante para la misión de progreso que le incumbe a toda autoridad espiritual.

Solamente por medio de una transformación absoluta le sería posible vivir; no obstante, ¿se resignaría ella a esa transformación? No, porque en ese caso ya no sería la Iglesia. Para asimilar las verdades y los descubrimientos de la ciencia debería renunciar a los dogmas que le sirven de fundamento; para volver a la práctica rigurosa de los preceptos del Evangelio debería renunciar al poder, a la dominación, cambiar el fausto y la púrpura por la sencillez y la humildad apostólicas. Se encuentra entre dos alternativas: o se transforma, en cuyo caso se suicida, o permanece estacionaria y sucumbe en las garras del progreso.

Por otra parte, Roma ya se muestra desbordada de ansiedad, y en la Ciudad Eterna se sabe por innegables revelaciones que la doctrina espírita causará un vivo dolor al papado, porque el cisma se prepara rigurosamente en Italia. No debe, pues, sorprender la obstinación con que el clero, acicateado por el instinto de conservación, se lanza al combate contra el espiritismo. Con todo, ha verificado ya que sus armas resultan cada vez más ineficaces contra esa potencia que surge; sus argumentos no han podido resistir a la lógica inflexible; sólo le resta el demonio: un mísero auxiliar suyo en pleno siglo XIX.

Además, la lucha entre la Iglesia y el progreso está declarada, más que entre ella y el espiritismo. Se trata del progreso general de las ideas, que la ataca desde todos los flancos y la hará sucumbir como a todo aquello que escapa de su norma. La marcha acelerada de las cosas habrá de haceros presentir que no pasará mucho tiempo hasta el desenlace. La propia Iglesia parece impulsada fatalmente a precipitarlo.

Espíritu d’E.

Allan Kardec
Obras póstumas

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