Comprendiendo el periespíritu

Los biólogos, los bioquímicos, los biofísicos y los ingenieros genéticos, en este momento evolutivo del mundo, han empezado ya, imponiéndose a los diferentes pensamientos, a realizar el trabajo de descubrir los llamados secretos de Dios. Y han sido secretos mientras no hemos tenido posibilidades intelectuales de conocerlos, de penetrar en ellos. Pero el libro de Dios ha estado abierto siempre para todas las mentes, esperando a su vez que las mentes estuvieran listas para ello.

¿Qué ha ocurrido entonces?

Después de la biología molecular se creó la ingeniería genética que era la forma de pensar ¿cómo es que la naturaleza – en el habla de la ciencia – hubiese construido al hombre, al cuerpo humano? Y se empezó a estudiar esta cuestión, llegando a conclusiones importantes, para que pudiésemos comprender cuanto tiempo llevamos nosotros en la humanidad, para descubrir las cosas que Dios ha puesto siempre al alcance de nuestras posibilidades. Entonces los ingenieros genéticos se dieron cuenta de que todas nuestras células tienen el cuadro de nuestra constitución orgánica, como si pudiéramos observar en una gota de agua todo el ambiente que la rodea porque, por un proceso de transmisión de la luz de reflexión, todas nuestras células tienen el mapa cromosómico de nuestro cuerpo.

¿Qué hacen los científicos si quieren construir una célula? ¿Cómo hace la naturaleza?, porque hay un modelo organizador biológico que los científicos no han descubierto todavía, pero que existe. Ellos saben que hay un plan, porque si cortamos una parte del cuerpo, dentro de poco tiempo, aquellos tejidos están listos de nuevo, están sanados, la célula tiene la misma condición de la anterior. Y así se sabe, se cree, se admite, que hay un plan biológico que las reconstruye.

Aquellos que estudiamos la Doctrina Espírita, sabemos y explicamos que nuestro periespíritu es el modelo organizador de la forma, y que él está ubicado en cada una de las células de nuestro cuerpo físico. Pero para la medicina esto es increíble. Para la ciencia biológica lo que pasa es que cada ser tiene el cuadro genético en los genes que trae; un retrato, una foto, un registro mejor de todo lo que somos, de todas nuestras condiciones orgánicas y eso se transfiere de uno al otro.

El alma no puede concebirse sin ir acompañada de una materia cualquiera que la individualice; pues muerta le sería imposible entrar en relación con el mundo exterior. Sobre la Tierra el cuerpo humano es ese medio que nos pone en contacto con la naturaleza; pero después de la muerte, siendo destruido el organismo, es preciso que tenga otra envoltura para estar en relación con el nuevo medio que debe habitar. Esta inducción lógica ha sido fuertemente sentida en todos los tiempos. Aun en nuestros días las tribus más salvajes creen en cierta inmortalidad del ser pensante, tanto más cuando las apariciones de personas muertas, que sin embargo, se dejaban ver bajo la forma terrestre, venían a robustecer esta creencia.

Lo más frecuente es que el cuerpo espiritual reproduzca la forma que el espíritu tenía en su última encarnación, y a esta semejanza el alma, probablemente, son debidas las primeras nociones de la inmortalidad. En la India, Los cantos védicos, himnos escritos hace más de 3.500 años, expresaban en su origen una sencilla confianza, un optimismo natural, un sentimiento de verdad. Remontándonos a los más antiguos testimonios que poseemos, es decir, hasta los tiempos del Rig Veda, vemos que los hombres que vivían al pie del Himalaya, en el Sapta Sindhou, tenían intuiciones claras sobre el más allá de la muerte.

En Egipto, la creencia más antigua, la de los comienzos (5.000 años antes de J.C.), se creía en un cuerpo menos grosero que el de la primera concepción, llamado doble o Ka, conocida como la esencia luminosa, estando contenida en la sustancia baï, o ba, y en la inteligencia o khou y siendo tres las almas. El claro genio de los griegos ha comprendido la necesidad de un intermediario entre el alma y el cuerpo.

Para explicar la unión del alma inmortal con el cuerpo terrestre, los filósofos de Hedalle habían reconocido la existencia de una sustancia mixta, designada bajo el nombre de Ochema, que le servía de envoltura y que los oráculos llamaban el vehículo ligero, el cuerpo luminoso, el carro sutil. Platón hablaba sobre las almas mortales, Aristóteles de las almas animales y vegetativas, Descartes de los espíritus animales. Hipócrates, hablando de lo que mueve la materia, dice que el movimiento es debido a una fuerza inmortal, ignis, a la cual da el nombre de Enormon o cuerpo fluídico.

El apóstol San Pablo habla, en varias ocasiones, (Corintios VX, 35) del cuerpo espiritual, imponderable, incorruptible; y Orígenes, en sus comentarios sobre el Nuevo Testamento, afirma que este cuerpo dotado de una virtud plástica, sigue al alma en todas sus existencias y en todas sus peregrinaciones. San Cirilo de Alejandría decía que las almas mismas están unidas a un cuerpo, tienen una sustancia corporal inherente a la naturaleza, por la razón de que es preciso que toda cosa esté en alguna cosa.  En la cultura moderna Paracelso, en el Siglo XVI, lo detectó y lo denominó cuerpo astral.

Todas estas hipótesis, que en ciertos puntos se aproximan a la realidad, no tienen el grado de certidumbre que aporta el Espiritismo, pues este no imagina, sino que comprueba. Los magnetizadores llegaron, siguiendo otros métodos, al mismo resultado, que el alma después de la muerte conserva su forma corporal que la identifica. Es por lógica, obligado explicar la acción del espíritu sobre la envoltura física y para ello acudimos al Libro de los Espíritus en sus cuestiones 93 y 135 que al hablarnos del periespíritu nos dice: “Que por su naturaleza semimaterial es flexible y expansible. Se adapta a la voluntad del espíritu que le puede dar la apariencia que desee. Bajo el influjo del pensamiento puede expandir, contraer y modificar su apariencia.

A través de su capacidad de absorción el periespíritu consigue asimilar esencias materiales finas, fluídicas que ofrecen temporalmente ciertas sensaciones como si el espíritu estuviese encarnado”.

Escrito por Juan Miguel Fernández Muñoz . Asociación de Estudios Espíritas de Madrid. Revista de La FEE

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