El Espíritu de sistema y las nuevas verdades

“Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: Tiene un demonio. Ha venido el hijo del hombre, que come y bebe, y dice: este es un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores. Pero la sabiduría ha sido justificada con sus obras.” (Mateo, XI, 18-19).

“Entonces le presentaron un endemoniado ciego y mudo y lo curó, de manera que el mudo hablaba y veía. Y todo el pueblo, asombrado, decía: ¿No es este el hijo de David? Pero los fariseos, al oírlo, dijeron: Este echa los demonios con el poder de Belcebú, príncipe de los demonios.” (Mateo, XII, 22-24).

El mundo no ha progresado si no a costa de luchas y sufrimientos. Todos los nuevos descubrimientos, todas las grandes verdades, todos los grandes hombres no han conseguido ejercer su misión en nuestro planeta si no con grandes sacrificios y después de una terrible lucha contra el espíritu de ignorancia, que ensombrece todas las clases sociales.

Repasando atentamente las páginas del Evangelio, vemos la lucha incesante que Jesús sustentó contra el espíritu de sistema que componía, no sólo la clase sacerdotal, sino también la clase doctoral de su tiempo.

En los Hechos de los Apóstoles se narran las persecuciones que sufrieron los discípulos del Maestro Nazareno, que también enfrentaron no menos luchas con los “sabios” de aquella época. Pero no fueron sólo ellos los que se sacrificaron en este mundo en el que los grandes son los depositarios de las creencias antepasadas. Cada rayo de luz que vibra en la mansión de las tinieblas agita a los ignorantes sistemáticos, así como los centelleos del Sol alborotan a los murciélagos y a las lechuzas que sólo se complacen con la noche.

El árbol secular de las ideas sistemáticas y preconcebidas de nuestros abuelos no pueden caer de un ligero soplo, así como el árbol de los bosques no cae al primer golpe de hachazo; son necesarios muchos “hachazos” y un gran trabajo para arrasar la floresta inculta de las concepciones humanas. Y el progreso no se hace de una vez; viene paulatina, gradualmente, presentándosenos con sus generosas dádivas, para que, ofreciendo sus inestimables dones, nos volvamos afectos al trabajo y al estudio, fuente principal de todo el entendimiento humano.

¿Qué ha sido la vida de todos los grandes hombres que nos han legado el bienestar que ahora tenemos? Ahí está la Historia, de cuyas páginas no se podrá excluir una sola letra, y que demuestra cuánto puede el espíritu de clase, los conservadores de la rutina unidos a los poderes reunidos del papado.

Dice un sabio contemporáneo, hablando de Allan Kardec: “Aquél que se adelantó cien años a sus contemporáneos, necesita más de cien años para ser comprendido”. Esta verdad se refleja en todas las épocas históricas. Antes de Cristo, Sócrates había sido consumado por la cicuta, por causa de su doctrina, precursora del Cristianismo. ¡Y después de Cristo, cuántos suplicios inflingieron a los Apóstoles, tanto en el ramo de la Ciencia, como en el ramo de la Religión! Es casi incalculable el número de mártires que pasaron por el bautismo de la persecución.

Galileo tuvo que reparar la “insólita pretensión” que tuvo de ver la Tierra girar alrededor de su eje, hecho este enseñado actualmente en todo el mundo y abrazado por la Congregación Papalina, que, al final, abjuró la antigua creencia de “parada del Sol por orden de Josué”. Giordano Bruno fue quemado vivo por afirmar la existencia de otros mundos. Bailly, el célebre astrónomo francés, y Lavoisier, el gran químico, fueron guillotinados durante la Revolución Francesa; Priestley, Padre de la Química Moderna, vio incendiada su casa y destruida su biblioteca, entre exclamaciones del populacho inconsciente: “¡No queremos más filósofos!” ¡Con gran dificultad luchó Cristóbal Colón para dejarnos este gran legado, América, donde nacimos, donde ganamos el pan diario, y donde actualmente vivimos! Cuando Arago presentó a la Academia su trabajo sobre la navegación a vapor, se levantó una tempestad tan grande que casi naufragó su descubrimiento entre burlas y maldiciones de la gente sabia.

La Ley de la Gravitación fue considerada una herejía, una blasfemia contra las enseñanzas ortodoxas, y Newton no pudo escapar al desprecio del gran número de sus contemporáneos. Los estudios de la electricidad dinámica, hechos por Galvani, fueron rechazados por el mundo; entretanto, hoy gozamos todos nosotros, no sólo de este descubrimiento, sino también de todos los que nos proporcionan comodidad y bienestar. Es que la Verdad termina siempre por triunfar, y cuando ella empieza a iluminar, los obstáculos no consiguen si no retardar su marcha, pero llegado el término, viene la victoria. ¿Cuánto tiempo estuvo el magnetismo luchando, antes de que los sabios le abriesen las puertas de las academias? Pero los hechos se imponían y la verdad consiguió triunfar en la lucha que le declararon sus perseguidores. Pues bien; todas esas luchas, esas persecuciones, esos trabajos que sufrieron las grandes verdades y sus defensores, se han repetido en relación al Espiritismo y sus seguidores.

Unos lo acusan de diabólico; otros dicen que produce locura; otros que es contrario a la Religión. Son las mil bocas de la ignorancia hablando de lo que no estudiaron. Son las investidas del espíritu de sistema contra las nuevas ideas, que vienen a erradicar errores, a cortar el árbol secular de la ignorancia, causa de todos los sufrimientos en la Tierra. En fin, el mundo no se transforma sin luchas; es luchando como se consigue la victoria y, entonces, aparece la verdad.

En la antigüedad, como hoy, la luz no puede ser soportada por las tinieblas. El argumento demoníaco aún tiene mucho valor por los sectarios. Pero están próximos los tiempos en que la Verdad dominará, guiando a los hombres hacia sus destinos inmortales.

Cairbar Schutel
Extraído del libro «Parábolas y enseñanza se Jesús»

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