El último vals

Estando un verano en Deva, fuimos una tarde con varios bañistas a dar un largo paseo por el campo. Llegamos a una quinta, descansamos en la era, que era muy espaciosa y, afortunadamente para los jóvenes, apareció como llovido del cielo, un chico italiano que llevaba un organillo, con lo que enseguida se improvisó un baile. Todas las niñas bailaron, menos una linda jovencita que iba acompañada de su abuela. Un caballero llamado Álvarez, que iba con sus dos hijas, le dijo a la anciana señora:

-¿Por qué no baila Susana?

-Porque mientras yo viva no bailará; el baile es la perdición de la juventud.

-Según y conforme, señora; cuando las jóvenes bailan delante de sus familias y son hombres decentes los que acompañan, es una distracción honesta y hasta higiénica; vamos, déjese usted de caprichos y deje bailar a su nieta con mi amigo Sandoval. Todas las primaveras tienen sus flores, lo sé por experiencia, señora.

Susana no hablaba con los labios, pero sus ojos decían elocuentemente lo que deseaba. Miró a su abuela, y ésta, después de mil negativas, accedió por fin, y la linda niña comenzó a bailar con el entusiasmo de sus diez y siete primaveras. Álvarez, la abuela de Susana y nosotros, nos apartamos un poco del baile y nos sentamos junto a un estanque, diciendo la anciana señora:

-Se necesitaba que pidiera usted para que yo dejara bailar a mi nieta; es muy viva de ingenio y no se las puede dejar con toda su libertad a las muchachas, pues luego se tocan fatales consecuencias.

-Todos los extremos son viciosos, señora, replicó Álvarez gravemente, nadie mejor que yo puede decirlo, dado que lo he visto en mi familia, y para que le sirva a usted de experiencia, voy a contarle por qué le concedo a mis hijos todo los gustos que puedo. ¿Recuerda usted a mi hermano Pepe, el mayor?

-Ya lo creo que lo recuerdo, bellísima persona.

-Sí, era muy bueno, pero muy raro; ya recordará que se casó y se encerró en su casa. Su esposa, al año de casada. Dio a luz una niña y murió una hora después de alumbramiento.

Mi hermano se quedó inconsolable, y durante mucho tiempo miró a su pobre hija con desvío, porque decía que ella era la causa de la muerte de su madre. Por fin se le quitó aquella fatal manía, quiso a Margarita con delirio, pero sin estudiar el carácter de su hija, que era de una imaginación de fuego, un alma soñadora, tenía unos ojos más negros que el abismo; sus miradas contaban una historia, tenía una voz de ángel, era una joven verdaderamente encantadora, deliraba por la música y el baile y su padre se empeñó en hacerla vivir de un modo monástico. Por la mañana, muy temprano, la llevaba a misa, la hacía confesar semanalmente y durante el día no permitía que Margarita saliera a ninguna parte. Por la noche, por mucho favor, venían un ratito a casa y reprendía a mi hermano y le decía:

-Hombre, tú no tienes afán de ir a ninguna parte; deja que Margarita venga conmigo, que ya irá bien guardada. Pero él siempre contestaba:

-Mi hija no ha venido al mundo a divertirse, entró haciendo una muerte; si su madre hubiera vivido ya seria otra cosa, pero del modo que se ha cambiado el plan de vida por nada del mundo cambiaré de método.

Mi madre para evitar disgustos se callaba, aconsejaba a la nieta que tuviera paciencia, y a mí me decía que deseaba que Margarita fuera mi esposa para que saliera de ese cautiverio. A mí me gustaba mi sobrina, pero conocía perfectamente que yo no le agradaba para esposo. Ella era soñadora de por sí, y luego, con aquella vida de verdadera esclavitud, sus ideas se exaltaron mucho más. El día que cumplió Margarita dieciocho años se casó una hermana mía, y con aquel motivo hubo un gran baile en casa; vino mi hermano con su hija y no permitió que ésta bailara un solo baile; fue inútil que le suplicara mi madre y yo, y al insistir nosotros, nos dijo:

-Vosotros haréis que me retire.

Margarita, al oír aquellas palabras aseguró que no bailaría, pero que por Dios la dejaran asistir hasta el fin de la fiesta. Su ruego me llamó la atención; seguí sus miradas y pronto conocí por qué tenía tanto empeño en quedarse. Un joven pianista, amigo mío, de tipo muy romántico, pálido, con una melena hermosísima, con unos ojos que contaban una historia de lágrimas, había llamado poderosamente su atención. Sus miradas le seguían por todas partes. Él no se había fijado en ella, tanto es así que tocaron un vals compuesto por él, y él lo bailó con una jovencita; sea que su satisfacción de compositor se vio halagada, porque la música de aquél hacía latir su corazón, o que su pareja le hacía sentir, lo cierto es que mi amigo estaba entusiasmado y Margarita le seguía anhelante con sus ojos, diciéndole:

-¡Qué vals tan armonioso! ¡Quién pudiera bailarlo! ¿Querrás creerlo?, me dijo, mirándome atentamente, si yo pudiera bailar ese vals la felicidad me mataría.

-Pues, entonces, más vale que no lo bailes, le dije sonriendo, para disimular mi emoción.

Las parejas se cansaron de bailar, y al dejar de vibrar el piano, Margarita palideció, se llevó las manos al corazón y me dijo:

-Tengo frío y calor al mismo tiempo, pero no digas nada a mi padre, que me haría marchar.

Mas la pobre niña comenzó a temblar convulsivamente y tuvo que abandonar el salón diciéndome al oído:

-Llévame mañana ese vals, que no se te olvide.

Al día siguiente Margarita tuvo que guardar cama, pero en cuanto me vio dijo:

-Si traes el vals, tócalo.

Me senté al piano, comencé a tocar, y ella, según me dijo su padre, al escuchar la música lloró silenciosamente. Después cerró los ojos y quedó dormida. Margarita siguió enferma de dieciocho a veinte días. Las noches las pasaba con fiebre; por las mañanas se despejaba por completo, preguntaba por mí, y al verme me decía:

-Toca el vals, mientras escucho esa música me encuentro muy bien.

Su padre estaba como loco, porque los médicos le habían dicho que Margarita moriría sin remedio; la tisis le devoraba v le aseguraron que él con su método de vida había acelerado la muerte de su hija, porque una imaginación como aquella necesitaba una vida expansiva, con esas emociones natura de la juventud: salir, lucir, disfrutar de los encantos que ofrece la primera edad de la existencia. Mi hermano, lo repito, esta loco, y queriendo poner el remedio cuando ya estaba hecho daño, comenzó a decir a Margarita que cuando se pusiera buena viajarían, la llevaría a todas las diversiones que quisiera.

-¿Y me dejará bailar?, preguntaba la enferma.

-Todo cuanto tú quieras, decía mi hermano.

-¿Bailaremos aquel vals?, ¿eh?, me decía Margarita, mirándome con inteligencia.

Yo, abrigando esperanzas por ser ella tan joven, hablé a joven pianista del entusiasmo que tenía mi sobrina por su vals y él, agradecido, se ofreció a tocarlo, ya que tan buen efecto producía. Yo era esto lo que buscaba; fui con él a casa de hermano, y le dije a Margarita:

-Escucha atenta, que él mismo va a tocar el vals.

La pobre niña me miró de un modo tan significativo, que nunca olvida la expresión de aquella mirada. Se puso tan animada y tan contenta que se quiso levantar y como los médicos dijeron que la dejáramos hacer cuanto quisiera, mi hermano hizo venir a la doncella; nosotros salimos salón, yo le dije a Federico que siguiera tocando el vals, y a poco entró Margarita en el salón, pálida como una muerta pero iluminado su rostro por una sonrisa divina. Federico la miró, ella a él, y los dos se comprendieron. Mi hermano estaba contentísimo, no sabía qué hacer con Federico, y desde aquel día mi amigo tuvo entrada franca casa de mi hermano. Mi sobrina se alivió hasta el punto que su padre, en celebración, quiso dar un té donde la juventud cantara y bailara. Margarita estaba aturdida al ver aquel cambio en su padre se hacía grandes ilusiones al pensar que iba a bailar su v adorado con Federico; hacían los dos muy buena pareja. Ella misma, con febril actividad, dirigió la confección de traje de baile, que era de tul blanco adornado con guirnaldas de margaritas. Cuando se presentó en el salón, apoyada en brazo, todos los convidados lanzaron un grito de admiración: estaba hermosísima. Yo la miraba y no sé por qué tenía miedo. Primero se cantó y ella estuvo animadísima, y Federico entusiasmado. Llegó por fin la hora de bailar, tocaron el vals favorito de Margarita, y ésta, por primera vez en su vida, comenzó a bailar. No sé por qué no la perdía de vista, y aunque yo también bailaba, toda la atención la tenía fija en ella e involuntariamente recordaba cuando ella me dijo:

-Si yo bailara ese vals, la felicidad me mataría.

Primero tocaron pausadamente, pero era una música tan especial que, sin querer, el pianista tocaba de prisa, y los que bailaban seguían rápidamente el compás. Mi compañera se sintió cansada y yo me alegré porque quedé libre para mirar a Margarita, que bailaba entusiasmadísima. Sus pies no tocaban la tierra, no parecía una mujer, sino una sílfide, un hada, una de esas figuras aéreas que uno ve en sus sueños. Federico, enloquecido ante aquella aparición maravillosa, seguía dando vueltas sin saber donde estaba, cuando de pronto lanzó un grito horrible al ver que la cabeza de Margarita, aquella cabeza encantadora que respiraba juventud y vida, buscó apoyo en su hombro, lanzando un débil gemido. La cogió como quien coge a un niño, salió como un loco del salón, yo corrí tras él, y cuando pude abrirme paso encontré a Margarita en brazos de su padre y de su abuela con los ojos cerrados; los entreabrió un momento y dijo con voz apagada:

-¡Que toquen el vals, esa música me da la vida!

Federico corrió como un demente y comenzó a tocar el piano. Margarita se incorporó, escuchó algunos segundos con verdadero éxtasis, y sonriendo como pueden sonreír los ángeles, quedó muerta. La colocamos en la caja con su vestido de baile. Yo me casé más pronto, huyendo de su recuerdo. Siempre la veía bailando su primer y último vals; Federico (verdadero artista) quedó tan impresionado que tuvo que irse a América para borrar la impresión que Margarita le causó bailando; él me decía:

-Créeme, Álvarez, tu sobrina no era una mujer, se ha ido porque era imposible que estuviera en la Tierra un ser tan inmaterial; cuando yo hablaba con ella, me parecía que ya estaba en otro mundo.

Yo, por mi parte, que nunca había sido idealista, y sí muy dado a la lógica, creía firmemente que a Margarita su padre la fue asesinando poco a poco. Aquella criatura vivió como una mártir, y murió porque era imposible resistir tanta contrariedad; su organismo tuvo que resentirse de aquel martirio continuo y, como he tenido la experiencia en mi familia, cuando me casé, y vinieron mis hijas a pedirme cariño, he sido para ellas un padre verdaderamente complaciente; mi esposa se ríe muchas veces, pero yo no varío mi plan, y mucho más desde que Margarita me aconseja cómo he de educar a mis hijas.

-¿Qué dice usted?, contestó la anciana, pues si Margarita se murió, ¿cómo le puede aconsejar?

-Muy sencillamente, su Espíritu se comunica conmigo.

-Ave María purísima, ¿qué está usted diciendo?

-¿No recuerda usted que yo soy espiritista?

-Pero, hombre, si eso del Espiritismo es una farsa.

-Está usted en un error, señora, dispénseme que se lo diga; no diré que no haya farsantes entre los espiritistas, pero cada uno habla de la feria según le va en ella, y del modo de que yo conocí el Espiritismo no me queda la menor duda de que es la verdad.

-¿Cómo lo conoció usted?

-De la manera más sencilla: mi hija mayor tendría unos seis años, cuando una noche estaba yo escribiendo y siento que Matilde me llamaba a gritos, corrí a ver lo que tenía y me la encontré sentada en la cama diciéndome:

-¡Ay!, papá, aquí hay una señora, vestida de blanco, que me quiere abrazar.

Sin saber por qué pensé en mi sobrina, y le pregunté qué señas tenía aquella señora, y mi hija me describió la figura de Margarita. Ella no la había conocido ni había visto ningún retrato de mi sobrina, porque su padre, entre sus muchas rarezas, nunca la dejó retratar, y lo que más me llamó la atención fue que me dijo:

-Se lleva la mano al pecho y me señala un ramo de margaritas blancas que están manchadas de sangre, lo mismo que el vestido.

Y justamente Margarita, al morir, había arrojado una bocanada de sangre que le había manchado todo el pecho. Esta particularidad me llamó vivamente la atención, y me hizo pensar más aún el que mi hija se llegó a acostumbrar a ver esa aparición y me decía muy a menudo:

-Aquí está la señora vestida de blanco, dice que me quiere mucho, y a ti también.

Consulté con un amigo (cura, por cierto) y éste me dijo:

-No tengas la menor duda que tu hija ve el Espíritu de Margarita, los muertos viven.

Compré los libros de Kardec, los leí, los estudié, hice ensayos para ver si era médium, y tuve la inmensa dicha de que Margarita se comunicara conmigo, que es un Espíritu muy bueno, que sufrió mucho en la Tierra. Ella me ha ayudado a educar a mis hijas, y siempre me dice que endulce cuanto pueda las horas de sus vidas, que harto amargas suelen ser en la Tierra. Por eso hoy cuando he visto lo que hacía usted con su nieta, de no dejarla bailar, y disfrutar de un goce tan inocente, me he acordado de Margarita, que fue víctima de la tiranía paternal. Terminó el baile, Susana abrazó a su abuela y todos regresamos a la fonda satisfechos del paseo, en particular las niñas y los jóvenes.

Nosotros, que ya teníamos nociones del Espiritismo, aquella misma noche preguntamos a Álvarez si tendría inconveniente en evocar a su sobrina para verle escribir. Él nos dijo que ninguno, y después de cenar, con su esposa y sus hijas vinieron a nuestro cuarto y con gran recogimiento evocamos a Margarita. Primero vino otro Espíritu, y después ella, que dio una comunicación muy larga que, como se refiere a la educación de los jóvenes, creemos oportuno copiar algunos párrafos. Álvarez fue tan amable que nos dio una copia que y comenzaba así:

«¡Qué hermosa es la juventud! ¡Cuán ingratos sois en la Tierra! ¡Muchos de vosotros no concedéis a esa edad sus inocentes goces y sus purísimas alegrías! ¡En todas las edades del
hombre dominan las ambiciones, pero en la juventud, todo es pureza, todo es abnegación, todo es poesía!

«¡Padres de familia! Conceded a vuestros hijos esas dulces, esas inocentes expansiones que tanto halagan al Espíritu, que tanto le alientan y le sirven para dulcificar su sentimiento.

«¡Se contenta con tan poco la juventud! Yo cuando estuve en la Tierra hubiera sido dichosa con pasear por el campo con una amiga a quien contar mis sueños; pero viví tan sola y contrariada que mi imaginación soñadora llegó a la exaltación del delirio. Amé la música con locura, di a ciertos bailes tal encanto, privada como estaba de todas las distracciones juveniles, que la fuerza comprimida de mis emociones destrozó mi organismo cuando mi débil cuerpo se agitó al compás de aquellas dulces notas que tan profunda impresión me causaban.

«¡Padres de familia! No aumentéis con vuestro método de educación los sufrimientos de la existencia; conceded a vuestros hijos esa moderada libertad que armoniza el trabajo y el recreo, hacedles trabajar según la medida que ahí le dais al tiempo, una semana si es necesario, y el día consagrado fiesta concedédselo todo entero; dejadlos si es posible que salgan al campo, que respiren libremente; las condiciones de la vida terrena son monótonas, hay algunas existencias que convierten en dolorosa expiación por la ignorancia que os mina. Yo viví muriendo, la prueba que escogí fue superior mis fuerzas, y los que habitáis en ese mundo debéis hacer estudio especial para que vivan agradablemente los que penden de vosotros; observad sus tendencias, sus inclinación y si éstas no pueden perjudicarle, haced todo lo posible para que realicen sus sueños esas almas jóvenes sedientas de amor de luz.

«El Espíritu está muy esclavizado, vuestras leyes, vuestra autoridad paterna, vuestras rancias costumbres, todo conspira contra la pobre mujer que tiene que vivir a merced de padres, y si éstos no procuran disminuir los sufrimientos inherentes a la vida humana, el Espíritu en su primera época, estacionado o deja su envoltura como hice yo, porque el sufrimiento llega a gastar el organismo, o se vive sin hacer ningún adelanto, y los padres lo que deben desear es el progreso de sus hijos, puesto que son Espíritus que han venido a pedirles un apoyo, un amparo.

«Cuando un amigo os pide un favor, si le queréis os desvivís por complacerle; pues bien, los hijos son amigos de ultratumba que se asocian a vosotros, no para que los esclavicéis ni mortifiquéis ni les hagáis vivir contrariados, sino para que aconsejéis y ayudéis y les allanéis los obstáculos que siempre se encuentran en el escabroso camino de la vida. Los hijos buscan en sus padres aliados, compañeros, les ofrecen un medio progresar, porque amando progresa el Espíritu, y unidos padres e hijos por ese cariño superior a todos los amores de Tierra, unos y otros progresan porque aman y se ayudan mutuamente. «El niño, sin los cuidados de sus padres, no puede vivir el anciano, sin las atenciones de sus hijos y las caricias de nietos, es como un árbol muerto que se desprende de sus hojas secas y nada deja tras de sí.

«Os conviene mucho a los terrenales el estudio del Espiritismo para que os convenzáis que los padres no son los árbitros de la suerte de sus hijos, que su obligación es querer instruirlos, haciendo con ellos lo que quizá aquellos mismos seres hicieron con nosotros cuando nos sirvieron de padres en anteriores existencias. El deber del Espíritu es amar cuanto le rodea, y por ley natural debe querer con más anhelo a aquellos seres ligados a él por los lazos materiales, sin hacer nunca valer su autoridad de padre para mortificar al tierno ser que la Providencia puso a su cuidado; no os hagáis responsables de nuevos desaciertos, puesto que el mero hecho de encarnar en la Tierra es prueba que tenéis que saldar largas cuentas.

«¡Padres de familia! Amad a vuestros hijos, quered y compadeced a esas pobres jóvenes, a esos débiles lirios que se marchitan y mueren si les falta el calor de vuestras caricias. Yo fui una de esas pálidas azucenas, mi alma no pudo exhalar el perfume de su amor. Yo amaba el arte en todas sus manifestaciones, yo tenía un mundo de sentimiento en mi corazón, y la exuberancia de mi extremada sensibilidad rompió todas las fibras de mi Ser, dándole un valor sobrehumano a unas cuantas notas musicales. Todas las ilusiones de mi alma soñadora, todos los deseos que yo había alimentado, todo el amor que ardía en mi alma lo encontré expresado en el vals que me hizo sentir todas las emociones de los cielos y todas las torturas de la Tierra.

«No es vuestro lenguaje el más a propósito para deciros lo que yo sentí con aquel vals; entre esa música y yo hay toda una historia. Al oírla últimamente en la Tierra no podía yo comprender por qué me causaba tan profunda impresión. Hoy todo me lo explico, todo está enlazado en la vida, no hay sonrisa que no tenga su ayer, no hay gemido que no esté compuesto de múltiples recuerdos. El amor de los Espíritus entre sí, es el encargado de cerrar todas las heridas del corazón.

«Amaos, dad a los Seres que tenéis a vuestro cuidado una vida expansiva y agradable, sonriendo; procurad que las jóvenes sonrían; aprended de la Naturaleza, cada estación tiene sus flores y frutos; de igual manera las edades del hombre tienen sus distintas aspiraciones. «Dejad que el niño juegue y se agite; dejad que la joven sueñe y sonría, ya que más tarde la edad madura y la ancianidad ofrecen al Espíritu serias meditaciones, profundos desengaños y amargo tedio; no envenenéis el agua de la vida que ya se enturbia con vuestras lágrimas.

«Triste es contemplar un árbol centenario que inclina su copa abrumado por el peso de los siglos, pero es más triste aún ver un arbusto que cae tronchado por el huracán. «A los Espíritus, cuando encarnan, les conviene prolongar su estancia en el mundo que han elegido, porque así utilizan su tiempo, trabajan y se fortalecen, pero el ser rodeado de una atmósfera asfixiante que no es la suya, faltándole las condiciones vitales necesarias a su organismo, sucumbe como yo sucumbí, ahogada por las emociones; tantas fueron que aún no me encuentro con la serenidad suficiente para contaros el lazo misterioso que existe entre mi vida y el último vals que me hizo entrever el cielo y me hizo sufrir esa crisis suprema que llamáis muerte. ¡Amad! ¡Amad mucho que el amor es el hálito de Dios!»

* * *

Encontramos muy lógicas las reflexiones de este Espíritu, creemos que a la juventud se le deben conceder horas de reposo y de solaz, sin descuidar de enlazar íntimamente lo útil y lo agradable. Si se estudiara detenidamente el carácter de cada individuo la vida sería mucho más productiva y las encarnaciones de los Espíritus más aprovechadas. De un Ser contrariado nada bueno puede esperarse, ni en bien suyo ni en bien de los demás; el dolor es muy egoísta, no se ocupa más que de sí mismo, y la felicidad es más generosa, se parece al Sol que para todos extiende sus rayos. Del mismo modo las almas difunden el placer en torno suyo, y los seres que viven como vivió la pobre Margarita no están dentro de la vida real, su imaginación afiebrada les hace delirar y hasta morir escuchando la dulce armonía de un vals, y el Espíritu, para progresar, tiene que vivir dominado por la lógica de la razón en el terreno firme de la verdad.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Hechos que prueban»

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