La resurrección de Lázaro

Juan, 11:1-54

Extendía Jesús la divulgación de la Buena Nueva en Perea, cuando recibió a un mensajero con el recado de Marta y María, de Betania.

Decía simplemente:

Señor, aquel que amas está enfermo.

Se trataba de Lázaro, el hermano de las dos discípulas. El Maestro no se inquietó:

-Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Después de dos días, dijo a los compañeros:

– ¡Volvamos Judea otra vez!

Los discípulos estaban aprensivos. La última vez que allí estuvieron hubo amenazas de muerte.

– Maestro, antes procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá?

Respondió Jesús:

– ¿No tiene el día doce horas? El que anduviere de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo. Mas el que anduviere de noche, tropieza, porque no hay luz en él.

Explicaba, por metáfora, que aún no era el momento de morir.

El día estaba claro. No llegó la noche del sacrificio.

Y añadiendo:

– Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy a despertarle del sueño.

Los discípulos quedaron aliviados.

– ¡Señor, si duerme, salvo estará!

– Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros, que yo no haya estado allí, para que creáis; mas vamos a él.

No obstante, el Maestro aseguró que nada le acontecería, los discípulos sentían malos augurios.

Tomás, llamado Dídimo, comentó con los compañeros:

Afirmativa temeraria, considerada la fragilidad del grupo.

En la hora decisiva del testimonio, ocurriría una lamentable desbandada.

***

Llegando a Betania, supieron que Lázaro fue sepultado.

La familia estaba en el periodo de luto, que duraba siete días, según las tradiciones.

Como la ciudad estaba cerca de Jerusalén, prácticamente un suburbio, amigos de allí fueron para las condolencias.

Informada de que Jesús estaba llegando. Marta fue a su encuentro. Emocionada, lamentó:

– Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto…

Jesús la consoló, afirmando que los que en él confiaban nunca verían la muerte. Poco después, vino María.

Jesús se conmovió con el sufrimiento de las hermanas. Preguntó dónde estaba Lázaro. Viéndolo verter lágrimas, muchos comentaban:

– ¡Mirad cómo le amaba!

Lamentaban que Jesús no hubiese llegado a tiempo para evitar su muerte.

***

Llevado al sepulcro que, según la costumbre, era una cueva excavada en la roca, Jesús pidió que apartasen la piedra que la sellaba.

Marta advirtió:

– Señor, ya huele mal. Está sepultado hace cuatro días.

Jesús la tranquilizó, diciéndole que creyese, ya que vería la gloria de Dios. La piedra fue apartada.

El Maestro elevó su mirada y dijo:

– Padre, gracias te doy que me has oído. Que yo sabía que siempre me oyes; pero por causa de la compañía que está alrededor, lo dije, para que crean que tú me has enviado.

Y habiendo dicho estas cosas, clamó a gran voz:

– ¡Lázaro, ven fuera!

Entonces el que había estado muerto, salió, atadas las manos y los pies con vendas; y su rostro estaba envuelto en un sudario.

Jesús encerró el episodio diciendo:

-Desatadle, y dejadle ir.

***

Podemos imaginar el impacto junto a los presentes. ¡Un hombre que vuelve del sepulcro!
Anteriormente, el Maestro realizaba prodigios de la misma naturaleza, con el hijo de una viuda, en Naím y la hija de Jairo, un doctor de la Ley. Pero la muerte acabó de ocurrir. Tal vez ni incluso estuviesen muertos. Engaños ocurrían en la comprobación del fallecimiento.

Allí era diferente.

¡Jesús trajo a Lázaro para la vida, cuatro días después de sepultarlo!

Fue su mayor hecho a los ojos del pueblo, pero también la gota de agua, precipitando los acontecimientos que culminarían con su muerte. El episodio se manifestó en Jerusalén.

Los señores del Sinedrio se reunieron para discutir el asunto.

– ¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y quitarán nuestro lugar y la nación.

No se trataba de un mero temor de represalias. Era la reacción de la cúpula judaica, que se sentía amenazada por aquel taumaturgo atrevido.

Siniestra figura se erguía: Caifás, el sumo sacerdote, que tendría la actuación decisiva en la condenación de Jesús.

– Vosotros no sabéis nada, ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda.

A partir de allí tuvo inicio la conspiración para eliminar al profeta galileo. La cuestión central al respecto de la relación al episodio, obviamente, la resurrección de Lázaro.

Jesús afirmó que su enfermedad no era para la muerte y, después, que él dormía.

Cuando los discípulos se tranquilizaron, considerando que estaba durmiendo, luego quedaría bien, diciendo que estaba muerto.

Parece incoherente, pero no lo es.

Lázaro estaba en trance letárgico, cuando las funciones orgánicas están extremamente reducidas, a punto de la persona parecer muerta. Quien lo veía en aquella situación imaginaria contemplar a un cadáver.

Para los hombres, muerto.

Para Jesús, durmiendo.

***

La letargia puede surgir a partir de varios factores:

* Enfermedad grave.

El paciente entra en estado de coma. El organismo desacelera al máximo el funcionamiento, concentrando todas las energías para vencer el mal que está provocando la muerte, en una resistencia desesperada y final.

* Inducción medicinal.

Hay sustancias que provocan el coma artificial. En la célebre historia de Shakespeare, la joven Julieta tomó una poción especial que la dejó con la apariencia de muerta, para que pudiese huir con su amado. La estratagema acabó resultando en una tragedia. Desolado, suponiéndola muerta, Romeo cometió suicidio. Cuando ella despertó, viéndolo muerto, ella se mató también.

* Hipnosis

Individuos sensibles pueden ser inducidos al trance letárgico. Hipnotizadores sin escrúpulos acostumbran a hacer de ellos instrumentos para pantomimas teatrales que tiene éxito.

* Trance mediúmnico.

En determinados desdoblamientos, particularmente en la llamada bilocación, cuando un Espíritu se aparta del cuerpo y se materializa en otro lugar, hay un enorme gasto de energías del médium, con la ayuda de mentores espirituales. Para tanto, él entra en estado letárgico.

* Autoinducción.

Hay faquires indios que se hacen sepultar vivos. Entran en un estado letárgico por su propia iniciativa. Con el organismo funcionando a un ritmo lento, el consumo de oxigeno es mínimo. De ahí consiguieron sobrevivir por horas y hasta días. Es algo semejante a los animales que hibernan, como el oso polar, que está durmiendo meses, en un sueño profundo, en una auténtica letargia.

***

Hay personas asustadas con la idea de ser enterradas vivas.

Piden:

– ¡Velen mi cuerpo hasta que comience a oler mal!

Es una buena señal, sin duda, pero se puede complicar.

Si el fallecimiento ocurre en un invierno riguroso, repentinamente, tardará algunos días para entrar en descomposición.

No es necesario imponer tal malestar a los familiares. Y llamar al médico que asiste al paciente. Él tendrá condiciones, examinando el cadáver, para informar si el difunto realmente “es difunto”.

***

El temor de ser enterrado vivo puede ser una experiencia desagradable: hemos permanecido presos al cadáver, después de ser enterrados, en una existencia anterior, en virtud de compromisos con vicios y pasiones.

Es fácil superar ese condicionamiento. Basta que vivamos virtuosamente, cumpliendo nuestros deberes. Según la expresión de Jesús, es preciso caminar, buscar el auto-perfeccionamiento, la reforma intima, el esfuerzo en el Bien, mientras es de día, mientras es tiempo de vivir.

Así, cuando llegue la noche, el tiempo de morir, partiremos tranquilos, conciencia en paz, amparados por amigos y familiares que nos acogerán en la vida espiritual.

Richard Simonetti
Extraído del libro “Setenta veces siete”
Traducido por R Bertolinni.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.