Mi misión 12 de junio de 1856

(En casa del Sr. C…; médium: Srta. Aline C…)

Pregunta (a la Verdad) – Espíritu bueno, desearía saber qué piensas de la misión que algunos Espíritus me han señalado. Dime, te ruego, si se trata de una prueba para mi amor propio. Como sabes, no cabe duda de que tengo el mayor deseo de contribuir a la propagación de la verdad. Con todo, del rol de simple trabajador al de misionero en jefe, la distancia es grande, y no comprendo qué podría justificar en mí tal favor, de preferencia a tantos otros que poseen talentos y cualidades que yo no tengo.

Respuesta – Confirmo lo que se te ha dicho, pero te recomiendo mucha discreción si quieres salir airoso. Más adelante tomarás conocimiento de cosas que habrán de explicarte lo que ahora te sorprende. No olvides que puedes triunfar, tanto como puedes fracasar. En este último caso, otro te sustituiría, porque los designios de Dios no se asientan sobre la cabeza de un hombre. Por consiguiente, nunca hables de tu misión, ya que sería la manera de hacer que se malogre. Esa misión solamente puede justificarse mediante la obra realizada, y aún no has hecho nada. En caso de que la cumplas, los hombres sabrán reconocerlo tarde o temprano, dado que por los frutos se conoce la calidad del árbol.

P. – No tengo, por cierto, ningún deseo de vanagloriarme de una misión en la cual dificultosamente creo. No obstante, si estoy destinado a servir de instrumento para los designios de la Providencia, que ella disponga de mí. En ese caso, reclamo tu asistencia y la de los Espíritus buenos, para que me ayuden y me amparen en mi tarea.

R. – Nuestra asistencia no te faltará, pero será inútil si de tu parte no hacer lo que es necesario. Tienes tu libre albedrío, al cual puedes usar según tu discernimiento. Ningún hombre está fatalmente obligado a realizar algo.

P. – ¿Qué causas podrían determinar mi fracaso? ¿Sería tal vez la insuficiencia de mis aptitudes?

R. – No; pero la misión de los reformadores está colmada de escollos y peligros. Te prevengo que la tuya es ardua, visto que se trata de sacudir y transformar el mundo entero. No supongas que te alcanzará con publicar un libro, dos libros, diez libros, para que luego te quedes tranquilamente en tu casa. No; deberás exponer tu persona. Suscitarás contra ti odios terribles; enemigos obstinados se conjurarán para tu perdición; serás objeto de la malevolencia, de la calumnia, e incluso de la traición de aquellos que te parecerán los más devotos; tus mejores instrucciones serán despreciadas y desvirtuadas; más de una vez caerás rendido bajo el peso de la fatiga; en una palabra, tendrás que sostener una lucha casi constante y sacrificar tu reposo, tu tranquilidad, tu salud, inclusive tu vida, pues sin eso vivirías mucho más tiempo. ¡Pues bien! No pocos retroceden cuando, en lugar de una senda de flores, sólo hallan a su paso espinos, guijarros y serpientes. Para esas misiones no alcanza con la inteligencia. Para agradar a Dios es preciso, ante todo, la humildad, la modestia y el desinterés, porque Él abate a los orgullosos, los presuntuosos y los ambiciosos. Para luchar contra los hombres son indispensables el valor, la perseverancia y una firmeza inquebrantable. También son necesarios la prudencia y el tacto, a fin de conducir las cosas de modo conveniente, y sin comprometer el éxito con medidas o palabras intempestivas. Se requiere, por último, devoción, altruismo y aptitud para todos los sacrificios. Como ves, tu misión está subordinada a condiciones que dependen de ti.

Espíritu Verdad

Yo – Espíritu Verdad, agradezco tus sabios consejos. Acepto todo sin restricciones ni ideas preconcebidas. ¡Señor! Ya que te dignaste poner tu mirada sobre mí para el cumplimiento de tus designios, ¡hágase tu voluntad! Mi vida está en tus manos; puedes disponer de tu servidor. Ante una tarea tan grande, reconozco mi debilidad. Mi buena voluntad no flaqueará, aunque tal vez mis fuerzas me traicionen. Suple mi deficiencia; concédeme las fuerzas físicas y morales que me serán necesarias. Ampárame en los momentos difíciles y, con tu auxilio y el amparo de tus mensajeros celestiales, me esforzaré para corresponder a tus designios.

Observación – Redacto esta nota el 1.º de enero de 1867, diez años y medio después de que me fue dada la comunicación que antecede, y constato que se ha cumplido en todos los conceptos, pues he experimentado todas las vicisitudes que me fueron anunciadas. He sido objeto del odio de enemigos obstinados, de la injuria, de la calumnia, de la envidia y de los celos; libelos infames se han publicados en contra de mi persona; mis mejores instrucciones han sido desvirtuadas; fui traicionado por aquellos en quienes deposité mi confianza, fui pagado con ingratitud por aquellos a quienes presté servicio. La Sociedad de París se convirtió en foco de continuas intrigas urdidas por aquellos mismos que decían estar conmigo y que, de buen semblante en mi presencia, cuando les daba la espalda me golpeaban. Dijeron que los que permanecían fieles a mí eran sobornados con el dinero que yo recaudaba del espiritismo. Nunca más conocí el reposo; más de una vez he caído rendido por exceso de trabajo; mi salud ha sido afectada y mi existencia comprometida. Con todo, gracias a la protección y a la asistencia de los Espíritus buenos, que sin cesar me han dado pruebas evidentes de su solicitud, tengo la ventura de reconocer que nunca he experimentado un solo instante de desfallecimiento o desánimo, y que he persistido siempre con el mismo ardor en el desempeño de mi tarea, sin preocuparme de la maldad de que era objeto.

Según la comunicación del Espíritu Verdad, yo debía tener en cuenta todo eso, y todo se ha cumplido. Pero también, a la par de esas vicisitudes, ¡cuántas satisfacciones he experimentado al ver que la obra crecía de manera prodigiosa! ¡Con qué armoniosos resarcimientos han sido pagadas mis tribulaciones! ¡Cuántas bendiciones y testimonios de verdadera simpatía he recibido de parte de numerosos afligidos a quienes la doctrina ha consolado! El Espíritu Verdad no me había anunciado ese resultado, ya que, sin lugar a dudas, deliberadamente sólo me había mostrado las dificultades del camino. ¡Cuál no sería, pues, mi ingratitud si me quejase! Si dijera que existe una compensación entre el bien y el mal, faltaría a la verdad, porque el bien -y por bien entiendo las satisfacciones morales- ha superado en mucho al mal. Cuando recibía una decepción, alguna contrariedad, me elevaba con el pensamiento por encima de la humanidad, y me colocaba anticipadamente en la región de los Espíritus, y desde ese punto culminante, desde donde divisaba el de mi llegada, las miserias de la vida se deslizaban sobre mí sin afectarme. Ese modo de proceder se volvió tan habitual en mí, que los gritos de los malos jamás me perturbaron.

Allan Kardec
Obras póstumas

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.