Cerca de Dios

Entre el alma, lista para reencarnar en la Tierra, y el Mensajero Divino se entabló un expresivo diálogo:

– Ángel bueno – dijo ella -, ya hice numerosos viajes al mundo. Me cansé de placeres envenenados y posesiones inútiles… Si puedo pedir algo, desearía ahora colocarme en servicio, cerca de Dios, aunque deba hallarme entre los hombres…

– ¿Sabes efectivamente a qué aspiras? ¿Qué responsabilidad buscas? – replicó el interpelado. Cuando fallan aquellos que sirven a la vida, cerca de Dios, la obra de la vida, en torno de ellos, es perturbada en los más íntimos mecanismos.

– ¡Por misericordia, ángel amigo! Me darás instrucciones…

– ¿Conseguirás aceptarlas?

– Así espero, con el amparo del Señor.

– El cielo, entonces, te concederá lo que solicitas.

– ¿Puedo informarme en cuanto al trabajo que me aguarda?

– Porque estarás más cerca de Dios, mientras estés entre los hombres, recogerás de los hombres el tratamiento que ellos habitualmente dan a Dios…

– ¿Cómo así?

– Amarás con todas las fibras de tu espíritu, pero nadie conocerá, ni te valorizará las reservas de ternura!… Vivirás bendiciendo y sirviendo, como si cargases en el propio pecho la suprema felicidad y la desesperación suprema. Nunca te hartarás de dar y los que te rodeen jamás se hartarán de exigir…

-¿Qué más?

– Te daré en el mundo un nombre bendito, como se hace con el Padre Celestial; con todo, como se hace igualmente hasta hoy en la Tierra con el Todo. Misericordioso, se reclamará todo de ti, sin que se te dé cosa alguna. Aunque detentando el derecho de brillar a la luz del primer lugar en las asambleas humanas, estarás en la sombra del último… Nutrirás a las criaturas queridas con la esencia de la propia sangre; entre tanto, serás apartada generalmente de todas ellas, como si el mundo se esmerase en apuñalarte el corazón. Muchas veces, serás obligada a sonreír, mordiendo tus propias lágrimas, y conocerás la verdad con la obligación de respetar la mentira… Aunque vengas a residir en el regocijo oculto de tu vecindad con Dios, respirarás en el fuego invisible del sufrimiento!…

– ¿Qué más?

– Adornarás a las otras criaturas para que brillen en los salones de belleza o en los torneos de la inteligencia; entretanto, muy raras te guardarán en la memoria, cuando sean elevadas a los honores del poder o al delirio de la fama. Producirás el encanto de la paz; sin embargo, cuando los hombres se inclinen a la guerra, serás impotente para quitarles el impulso homicida… Por eso mismo, en vano llorarás cuando se decidan al exterminio unos de los otros, toda vez que te hallarás cerca del Todo-Sabio y, por lo tanto, el Todo-Sabio es el Gran Anónimo, entre los pueblos de la Tierra…

-¿Qué más?

– Todas las profesiones del planeta son honradas con el salario correspondiente a las tareas ejecutadas, pero tu oficio, porque estés en más íntima asociación con el Eterno y para que no comprometas la obra de la Divina Providencia, no tendrá compensaciones monetarias. Otros sembradores de la Viña Terrestre serán beneficiados con la determinación de horarios especiales; con todo, ya que el Supremo Padre sirve día y noche, no dispondrás de ocasiones para descanso seguro, porque el amor te colocará en constante vigilia!… No medirás sacrificios para auxiliar, con absoluto olvido de ti; mientras tanto, verás tu cariño y abnegación difamados, casi siempre, como fanatismo y locura… Celarás por los otros, pero los otros muy difícilmente se acordarán de cuidar por ti… Harás el pan de los entes amados… En la mayoría de las circunstancias, sin embargo, serás la última persona en servirse de los restos de la mesa, y, cuando el reposo gratifique a aquellos que te consuman las horas, velarás, noche adentro, sola y olvidada, entre la oración y la aflicción… Espiritualmente, vivirás más cerca de Dios, y, en razón de eso, tendrás el deber de actuar con el ilimitado amor con que Dios ama…

– Ángel bueno – dijo el Alma, en llanto de emoción y esperanza-, ¿qué misión es esa?

El Emisario Divino le dirigió una profunda mirada y respondió en un gesto de bendición:

– ¡Serás Madre!…

Por el espíritu Hermano X
Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro «Vitrina de la vida»

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