Fuente de las pruebas sobre la naturaleza de Cristo

La cuestión de la naturaleza de Cristo ha sido debatida desde los primeros siglos del cristianismo, y podemos decir que todavía no se ha resuelto, pues se sigue discutiendo hasta el presente. La divergencia de opiniones sobre ese punto dio origen a la mayoría de las sectas que dividieron a la Iglesia dieciocho siglos atrás, y vale destacar que todos los jefes de esas sectas fueron obispos o miembros jerarquizados del clero. Por consiguiente, se trataba de hombres ilustrados, muchos de ellos talentosos escritores versados en la ciencia teológica, que no hallaban concluyentes las razones invocadas a favor del dogma de la divinidad de Cristo.

No obstante, al igual que hoy, las opiniones se fundaron más sobre abstracciones que sobre hechos. Se procuró saber, ante todo, si el contenido de ese dogma era admisible o irracional, y en general se omitió señalar, tanto de un lado como del otro, aquellos hechos que podían arrojar una luz decisiva sobre la cuestión. Pero ¿dónde hallar esos hechos, si no es en los actos y en las palabras de Jesús?

Dado que Jesús no dejó nada escrito, sus únicos historiadores fueron los apóstoles, que tampoco escribieron nada mientras él estuvo vivo. Ningún historiador profano contemporáneo habló de él, de modo que no existe ningún documento, además de los Evangelios, sobre su vida y su doctrina. Así pues, solamente en los Evangelios debemos buscar la solución del problema.

Todos los escritos posteriores, incluidos los de san Pablo, no son y no pueden ser más que simples comentarios o apreciaciones, reflejos de opiniones personales a menudo contradictorias, que en ningún caso podrían tener la autoridad de la narrativa de quienes recibieron las instrucciones directamente del Maestro.

Sobre esta cuestión, como sobre la de todos los dogmas en general, el acuerdo entre los Padres de la Iglesia y otros escritores sagrados no podría ser invocado como argumento preponderante ni como una prueba irrefutable a favor de la opinión de unos y otros, visto que ninguno de ellos pudo citar, en relación con Jesús, un solo hecho fuera del Evangelio, y ninguno de ellos descubrió documentos nuevos que sus predecesores ignorasen.

Los autores sagrados no hicieron más que girar dentro del mismo círculo: dieron su apreciación personal, dedujeron consecuencias de acuerdo con sus puntos de vista, comentaron bajo nuevos aspectos y con mayor o menor desarrollo las opiniones contradictorias. Como todos pertenecían al mismo partido, se vieron en la obligación de escribir en el mismo sentido, cuando no en los mismos términos, so pena de que se los declarara heréticos, como en el caso de Orígenes y tantos otros. Naturalmente, la Iglesia sólo incluyó entre sus Padres a los escritores que consideró ortodoxos desde su punto de vista; solamente enalteció, santificó y resguardó a quienes la defendieron, mientras que repudió a los otros y destruyó sus escritos tanto como pudo. De ese modo, el acuerdo de los Padres de la Iglesia no expresa nada concluyente, visto que constituyen una unanimidad consensuada, obtenida mediante la eliminación de los elementos contrarios.

Si se hiciese una confrontación de todo lo escrito a favor y en contra, sería muy difícil decir para qué lado se inclinaría la balanza. Eso nada quita al mérito personal de los defensores de la ortodoxia, ni a su valor como escritores y hombres de conciencia recta. Como abogados de una misma causa, a la que defendieron con indiscutible talento, debían forzosamente llegar a las mismas conclusiones.

Lejos de desmerecerlos, apenas hemos querido refutar el valor de las consecuencias que se pretende extraer de su acuerdo. En el análisis que vamos a hacer de la cuestión de la divinidad de Cristo -dejando a un lado las sutilezas de la escolástica, que sólo han servido para confundir en vez de esclarecer-, nos apoyaremos exclusivamente en los hechos que se destacan en el texto del Evangelio y que, analizados fríamente, a conciencia y sin prejuicios, ofrecen en abundancia todos los medios de convicción deseables. Ahora bien, entre esos hechos, no hay otros más preponderantes ni más concluyentes que las propias palabras de Cristo, palabras que nadie podría refutar sin invalidar la veracidad de los apóstoles. Una parábola, una alegoría, se pueden interpretar de diferentes maneras; pero afirmaciones precisas, sin ambigüedad, repetidas cien veces, no podrían tener un doble sentido.

Nadie puede pretender saber mejor que Jesús lo que él quiso decir, como nadie puede pretender estar mejor informado que él sobre su propia naturaleza. Dado que Jesús comenta sus palabras y las explica para evitar todo equívoco, es a él a quien debemos recurrir, a menos que le neguemos la superioridad que se le atribuye y nos coloquemos por encima de su propia inteligencia. Si bien Jesús fue abstruso en ciertos puntos, porque empleó un lenguaje figurado, en lo que se refiere a su persona no hay equívoco posible. Antes de analizar las palabras, veamos los hechos.

Allan Kardec
Obras póstumas

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