De la confusión al conformismo

bucayLos estudios de los sociólogos ponen de manifiesto que los habitantes de los países más desarrollados tienden a construir un modelo de vida que les permita confirmar en los hechos que el mundo es básicamente un lugar agradable, donde impera la justicia, donde todas las personas son buenas y generosas en un entorno filosófico en el que cada uno merece tener lo que desea por solo desearlo. Es decir, una prolongación de lo que los padres de nuestra cultura le hemos hecho creer a nuestros hijos. Dentro de este contexto educativo «sobreprotector y mentiroso», un trauma relativamente menor puede tener un enorme impacto psicológico, que intensifica la autodescalificación.

El dolor o la tristeza, la frustración o la postergación de lo deseado dejan de verse como naturales y humanos, se les considera una anomalía, una señal de que algo ha sido mal hecho, como un fracaso de algún sistema, una violación de nuestro derecho a la felicidad y hasta una confabulación en nuestra contra. Todos estos pensamientos conllevan muchos peligros. Si pensamos que la frustración es algo antinatural, algo que no debiéramos experimentar, muy pronto buscaremos un culpable. Si me siento desgraciado, tengo que ser una víctima de algo, de alguien o de algunos. En esta dirección, el que nos castiga con el sufrimiento puede ser el gobierno, el sistema educativo, unos padres abusivos, una familia disfuncional, el sexo opuesto o nuestro cónyuge.

El Grupo de la VID (Víctimas de Injusta Discriminación)

Un grupo interesante de infelices es el de aquellos que se identifican a sí mismos como víctimas para evadir la responsabilidad que les corresponde sobre su infelicidad. Es casi irremediable y absolutamente comprensible que alguien que ha sido sometido a vejámenes y agresiones continuas en etapas anteriores o si es objeto de persecuciones constantes en el presente termine quedándose en el lugar de víctima, aunque sea transitoriamente. Pero, para muchos, haber padecido estos hechos no es imprescindible para entrar en el club de las Víctimas de Injusta Discriminación.

Socios del 1 al 100,000. Muchos individuos se asumen como socios no por haber sido victimizados personalmente, sino porque son —determinan que son o se identifican con— miembros de un grupo que lo ha sido. En nuestro mundo, y dado que históricamente las mujeres, los homosexuales, los niños, los enfermos, los artistas, los viejos, los discapacitados y casi todas las minorías han sido víctimas de algún tipo de discriminación o ataque, un miembro cualquiera de la humanidad puede encontrar posible y tentador asumirse víctima, aunque no sea sino como justificación y excusa frente a sí y a los demás.

Socios del 100,000 al 2000,000. Otra forma de calificar para asociarse a la VID es culpar de nuestra desdicha a las cosas que nos hacen diferentes a la mayoría. Los bajos, los altos, los gordos, los feos, los que sufren de halitosis, los pobres, los desqueridos, los abandonados, los adoptados, los viudos y los que transpiran demasiado, entre otros, encuentran a veces en sus «estigmas» razón y motivo para sentirse excluidos del concierto de la mayoría. Aunque, modestamente, creo que deberíamos hablar un largo rato sobre cada uno de estos grupos antes de animarnos a clasificarlos como portadores de algún handicap negativo.

En primer lugar, porque al hablar de marginación es casi un deber recordar aquel viejo cuento del hombre
que compró el costosísimo libro de cocina. El tomo, de tapa dura y cubierta plastificada, se llamaba Gustos contemporáneos de la cocina austro-húngara. El hombre llegó a su casa, se sentó en su más cómodo sillón, se sirvió una copa de su mejor vino tinto, encendió la luz de lectura y se dispuso a leer. Entonces descubrió, con no poca sorpresa, que el libro sólo tenía una página impresa, la primera, que decía: «Como usted sabe, sobre gustos… no hay nada escrito.» Como ya he sugerido, los supuestos marginados y marginadas tienen muchas veces un problema de ansiedad o de falta de iniciativa y no necesariamente un problema de rechazo.

En segundo lugar, porque desconfío. Cualquier pequeñísimo análisis psicológico que hagamos, con o sin ayuda profesional, mostrará que los integrantes de este grupo se autoexcluyen mucho antes de ser excluidos, lo que de alguna manera los muestra como los verdaderos discriminadores de la película. «Si yo fuera flaco también despreciaría a los gordos», dice el gordo del barrio. El mayor de los irónicos del humor y uno de los grandes pensadores de la historia, Groucho Marx, lo esclareció para siempre en su frase magistral: «Yo jamás sería socio de un club que estuviera dispuesto a aceptar socios como yo.» (¡Maravilloso!) Y por último, porque siempre dudé del «catastrófico previsto resultado fatal» de la vida de estos llorones usurpadores de lugares lamentables.

La verdad pragmática de la evolución real de estas supuestas víctimas de las circunstancias debe ser evaluada en el tiempo. Tomemos un grupo que desde hace años me ha interesado mucho: el de los niños adoptados. Aclaro que no tengo en mi familia ningún caso directo ni cercano de adopción para tomar como referencia. Mi interés empezó, como con otros temas, a raíz de una entrevista profesional. Una paciente consultaba por un problema con sus hijos (tenía dos). Ella y su pareja habían quedado embarazados unos meses después de recibir en adopción un niño, que habían solicitado dado que se les había diagnosticado una supuesta esterilidad ídiopática.Tal paradoja es afortunadamente bastante frecuente: cancelada la ansiedad del embarazo, éste aparece de manera natural. El caso es que uno de los niños no podía controlar los celos que sentía por su hermano. A pesar de que papá y mamá habían seguido todos los consejos de los terapeutas más renombrados, habían manejado la realidad de la adopción de una forma muy saludable e inteligente, franca desde el comienzo y amorosa permanentemente, el problema de los celos era feroz, tanto que el niño empezaba a somatizar su angustia, transformándola en insomnio y cefaleas.

Yo, inexperto o condicionado, animé una interpretación tranquilizadora: -Me parece que es lógico un poco de celos. Siempre sucede esto de la competencia entre hermanos; y en este caso es muy razonable que al saber de su diferente origen el niño adoptado se sienta desmerecido. Quizá sin darse cuenta usted y su marido le han dado cierta preferencia al hijo de su sangre, tan deseado y esperado…

-No, doctor – en aquel entonces mis pacientes me llamaban doctor—, mi esposo y yo nunca
hicimos diferencia de trato, pero además el celoso es el hijo biológico, no el adoptado.

Yo me quedé helado, me sentí un estúpido por mi comentario. Ella siguió:

-Cuando pensamos que era el momento les hablamos a ambos de su origen. Al menor le contamos cómo había nacido de la panza de mamá y cómo papá lo había esperado para recibirlo apenas saliera por la vagina. Al mayor le contamos que lo fuimos a buscar a un lugar donde había muchos bebés que no tenían mamá y que paseando entre las cunas lo vimos a él y nos sonrió. Le dijimos que al alzarlo en brazos nos sentimos tan felices que pedimos que nos dejaran llevarlo con nosotros y lo adoptamos. Mi hijo menor sostiene que a su hermano lo elegimos nosotros… ¡y a él no!

Desde entonces siempre me interesó mucho el tema, y en cada investigación encontraba lo mismo: las supuestas víctimas sindicadas, los pobrecitos niños adoptivos, tenían grandes ventajas adquiridas si se les evaluaba pasado un determinado tiempo. Sólo como ejemplo: un estudio de junio de 1995 del National Institute of Mental Health Bethesi encontró que los adolescentes adoptados reportaron menores índices de comportamiento impropio —beber o robar— que los adolescentes criados por sus padres biológicos. Además, ochenta y cinco por ciento de los niños adoptivos obtuvo un mejor puntaje promedio en indicadores de bienestar, incluyendo amistades y desempeño académico.

Socios del 200,001 en adelante Finalmente, hay un grupo de víctimas que está compuesto por quienes han sido excluidos o victimizados por su propio comportamiento y luego culpan a otros de las consecuencias de sus actos. Casos:

– Los empleados que han sido despedidos por su proceder irresponsable y luego culpan de su desempleo a la persona que los despidió.

– Los estudiantes que reprueban sus exámenes y luego culpan a los profesores de sus malas
calificaciones.

– Las mujeres que se enamoran repetidamente de varones despreciables, ignoran a los hombres buenos que se sienten atraídos por ellas, y luego culpan a todos los hombres de sus problemas.

– Los pueblos que se desentienden de las responsabilidades que les atañen a la hora de elegir a sus gobernantes y se quejan de ser oprimidos por una clase dirigente corrupta.

– Los especuladores que son timados cuando trataban de aprovecharse de la supuesta ingenuidad del que luego los estafo.

El riesgo obvio de asignar culpas y mantener una postura de víctima es, precisamente, eternizar nuestro sufrimiento, enquistado, anidado y latiendo en el odio; perpetuar el dolor potenciado por nuestro más oscuro aspecto: el resentimiento. Los problemas son parte de nuestra vida. Los problemas, por sí solos, no provocan automáticamente el sufrimiento. Si logramos abordarlos con decisión y compromiso, si logramos centrar nuestras energías en encontrar una solución, el problema puede transformarse en un desafío.

Solemos quejarnos diciendo: ¡No es justo! Pero… ¿dé dónde sacamos nosotros que lo natural es la justicia? De hecho no lo es. No es justo que los ríos se desborden y arrasen construcciones hermosas. No es justo que las erupciones volcánicas sesguen cientos de vidas. No es justo que un incendio forestal termine con la existencia de miles de animales.

No obstante, si nos quedamos en el pensamiento o en la queja de lo que es justo o injusto, añadimos un ingrediente de malestar y de distracción. Así, pasamos a tener dos problemas en lugar de uno. El sentimiento puramente vindicativo frente a la injusticia nos priva de la energía necesaria para solucionar el problema original.

Jorge Bucay
Del libro «El camino de la felicidad”

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