Entre los hermanos y en los centros

Vives_miguelTodo espírita debe portarse con la mayor humildad posible, frente a sus hermanos. Porque la humildad es siempre un ejemplo de buenas maneras, jamás nos compromete, ni es causa de disturbios ni de riñas. Esa humildad, sin embargo, no debe ser nunca fingida, sino leal y siempre dispuesta a servir. El espírita debe siempre considerarse inferior a sus hermanos, disponiéndose a ser el servidor de todos. Porque sabe que el servidor de todos debe ser el primero, y por más que haga nunca podrá pagar a Aquel que todo creó. Y por más que sepa, jamás alcanzará la infalibilidad. Así pues, siempre podrá equivocarse. Por tanto, comprendiéndolo así, nunca hará alardes de saber, ni de poseer facultades, y menos de considerarlas extraordinarias, mas expondrá sus ideas de manera prudente, sensata y con oportunidad. Si alguna vez fuese importunado por uno de sus hermanos, procurará responder de buenas maneras. Si no fuese posible que, de momento, el hermano entienda sus razones, callará, esperando una ocasión propicia. Entonces, con la humildad que debe caracterizarle, tentará convencerlo y llevarlo a la razón si es posible. Así estará usando la caridad, porque todo espírita debe ser caritativo para con su hermano.

De la misma manera que para realizar una empresa, un negocio, adquirir algún objeto que nos agrada, hacemos a veces sacrificios trabajosos, y los conseguimos, el espírita no debe olvidar que no hay empresa mayor, ni trabajo más noble, que atraer el amor leal y sincero de sus hermanos. No hay en la Tierra nada tan provechoso como hacerse una criatura de paz, amor y concordia. Quien así hace, se torna una garantía para la tranquilidad y el progreso de sus hermanos, y constituye una base para toda la propaganda provechosa y eficaz del Espiritismo. Cuando vemos, pues, que uno de los nuestros camina en el error, nadie debe de lanzarse contra él, pero sí debe recordar que todos podemos caer enfermos de cuerpo y alma. Si no fuese posible atraerlo por medio de la caridad, el espírita debe atraerlo por la indulgencia. Hay un gran medio de atraer a nuestros hermanos: tratemos de descubrir en ellos, sin faltar a la justicia, alguna cosa que los agrade y que podamos estimular.

Cuando algún hermano se extravía en las costumbres o en las maneras, tanto en el hablar como en el obrar, no se debe nunca cubrirlo de murmuraciones, ni de juicios ligeros, ni abandonarlo, o rechazarlo, antes de haberse puesto en práctica los medios posibles de atracción hacia nosotros. Digo que el descubrimiento de alguna inclinación o costumbre favorable, en el hermano faltoso, puede a veces servirnos para atraerlo. Procuremos aparentar que la costumbre o inclinación nos agradan, y por medio de ello contraer una amistad mas íntima, para ver si a través de una mayor confianza conseguimos ejercer la influencia moral para llevarlo al buen camino. Esto es lícito y de alto sentido moral, desde que el espírita que lo practique para ayudar a su hermano no venga también a extraviarse.

Para dejarlo más claro: debemos estudiar nuestras buenas cualidades, para ver si, apoyados en su conjunto, podemos reparar los defectos. Mas cuando todo se hace para corregir un hermano, sin que él se deje convencer, es necesario que, sin ruido, sin cualquier roce, nos apartemos de él, procurando no contaminarnos y evitar que otros se contaminen. Siempre, sin embargo, después de adoptados todos los recursos que nos aconsejan la humildad, el amor, la indulgencia y la caridad (3) a pártanse de las criaturas que se recusan a corregirse, El único remedio es dejarlas proseguir seguir en la difícil experiencia que escogieran.

3.Sabemos que los propios Espíritus Protectores (véase el capítulo sobre el asunto, en el Libro de los Espíritus)

Se dice que todo espírita debe ser caritativo con su hermano. Esto se demuestra por el simple hecho de que la ley divina nos obliga a practicar la caridad con todos. Muchos más debemos practicarla con los que, del punto de vista espiritual, deben formar con nosotros una misma familia. Así pues, el espírita no debe abandonar a su hermano en una crisis, ni en la dolencia, ni en la miseria. Muy por lo contrario, debe ser para él como un padre o una madre, consolándole en sus aflicciones, asistiéndole en sus enfermedades, ayudándole en sus necesidades, protegiéndole en la vejez, dándole la mano en la mocedad. En una palabra: el espírita debe ser, para su hermano, la verdadera providencia terrena, sustentándolo en todo lo que pueda, en todos los trances de la vida planetaria. Así como moralmente debemos ser caritativos, indulgentes y humildes para nuestros hermanos, materialmente no debemos de ser menos. De esa manera es que crearemos entre nosotros una verdadera fraternidad. Porque el amor dispensa muchas cosas, y si llegamos al verdadero amor entre nosotros, no hay duda que soportaremos con gusto nuestros mutuos defectos.

Es ahí la manera de dar un buen ejemplo a la Humanidad que se presenta tan llena de males y egoísmos. Es ahí la manera de tornar más leve la cruz que, por ley, hemos de cargar en este mundo. Porque el amor es la savia divina, es el bien y la paz. Es ahí, pues, la manera de atraer la atención de la Humanidad y demostrarla que la palabra hermano no es apenas una fórmula, más la expresión del amor que sentimos. Es ahí la manera de constituir una familia que nos libraría de muchas amarguras que hoy nos oprimen y que nos daría muchos días de paz y de alegría. Reinaría en nuestras reuniones tanta cordialidad y tanto amor, que en ellas nuestros espíritus se regenerarían.

No quiero decir, con esto, que no haya paz entre nosotros; sin embargo, que habría más. No diré que no haya amor y protección, más esta sería más eficiente y otros horizontes se abrirían en nuestras reuniones, en nuestros Centros, en nuestras sesiones. Hay, entre nosotros, amor y protección mutua; sin embargo, ésta precisa ser más decisiva. El amor entre nosotros carece de más entusiasmo. Hay caridad, más ella debe ser más amplia y generosa. Si en la Tierra no es posible encontrarse moradas de paz, fuera de la familia, esto se debe dar entre nosotros. Por tanto es necesario que nos tratemos con indulgencia, amor y caridad. Solamente así cumpliremos lo que nos propusimos, al venir para la Tierra. Pues no somos espíritas por acaso, mas porque vinimos preparados para tanto. No hay duda que hicimos propósito, desde el mundo espiritual, de practicar mucho el bien, y sólo la perturbación puede hacernos olvidar esos compromisos.

Por eso, es necesario hacer grandes esfuerzos, para que la protección espiritual nos pueda despertar los recuerdos de los propósitos olvidados. Y la verdad es que no siempre el amor en desarrollo, la caridad y la humildad dominan en los Centros y en nuestras reuniones. Causa lástima ver, como vi algunas veces, luchas en los Centros para la disputa de los primeros lugares. Es doloroso ver surgir las disensiones y las desavenencias, porque éste o aquél quiere ser el presidente. Esto nos demuestra hasta donde se puede llegar, cuando se pierde el buen sentido espírita. Y esto sucede cuando, en un Centro, se pierde el verdadero amor al Padre y el sentimiento de gratitud que debemos a Nuestro Señor y Maestro. Los que ejercen más influencias en un Centro Espírita son los que deben vivir más alerta, los que más necesitan observar las reglas prescritas en los capítulos anteriores, porque son los encargados de vigilar y conducir los de menos alcance y comprensión.

Si todos los espíritas deben ser practicantes de la caridad, de la adoración al Padre en espíritu y verdad, de la admiración constante por la grandeza de la obra de Dios y por su providencia y amor eternos; practicantes de la admiración y estima por el Mártir Sublime, Señor de los señores; si a todos caben el conocimiento y el cumplimiento de su ley, la práctica de la humildad, de la indulgencia, de la templanza y del amor al prójimo, ¡cuánto más incumben todas estas cosas a los que llegan a tener influencias en los medios espíritas y dirigen a algunos de sus hermanos! La misión de esos dirigentes es sumamente delicada. Porque, según su manera de obrar, pueden llevar a algunos o muchos al buen camino o hacerlos encallar en los tropiezos de la vida.

Aquellos que, por su entendimiento, pueden comprender mejor y se convierten en guías de sus hermanos, no más se pertenecen a sí mismos, pasan a ser ejemplos para sus hermanos y no pueden falsear la verdad. Tienen que ser fieles a la ley divina y procurar siempre vivir alerta, para no caer en errores de interpretación. Deben ser modelos en todo. Nunca pueden dejarse dominar por el amor-propio, que es siempre un mal consejero y que todo espírita debe rechazar, mayormente los que disponen de inteligencia superior a la de la generalidad. Los que destacan por su comprensión pueden sacar grandes beneficios de su misión, elevándose a gran altura espiritual, si emplearan su existencia en beneficio de sus hermanos, haciéndose modelos de las virtudes y prácticas referidas. Pero pueden también contraer grandes débitos, si emplean su superioridad para satisfacciones personales, o si, obrando sin el debido cuidado, no consiguen producir los frutos que debían. A pesar de mi insignificancia, tiemblo solamente al pensar que podría cometer alguna falta, que por descuido o amor-propio, o por falta de amor a Dios y de gratitud al Señor, o aún por falta de indulgencia, amor y caridad, pudiese ser causa del extravío de alguno de mis hermanos.

No podemos ser infalibles. Mas cuando fallamos en la práctica de la ley divina, si ese fallo sólo perjudica a nosotros mismos, debemos corregirlo, y si exorbita de nosotros y puede perjudicar a nuestros hermanos, en la práctica del Espiritismo, debemos estar dispuestos a dar todas las satisfacciones necesarias, socorriéndonos de todas las virtudes que el caso requiera, hasta apagar de una vez las manchas de la falta cometida. Acontece, a veces, que son dos las personas que ejercen una influencia decisiva sobre los hermanos de un Centro. Esas personas deben evitar siempre la formación de dos partidos, manteniendo a los hermanos siempre en la mayor unión posible. Mas si la influencia de ambas no basta para mantener la unidad y el amor entre los hermanos que deben reinar siempre en los Centros Espiritas, sólo les resta colocarse en los últimos lugares, sellando sus bocas y sólo hablando para recordar las enseñanzas del Señor.

Hace poco tiempo, algunos espíritas me procuraran para dirimir sus cuestiones, dando la razón al lado que me pareciese más cierto. Los atendí, para que no dijesen que no los quería escuchar. La cuestión consistía en que unos habían dirigido ciertas palabras des respetuosas a otros. Cuando me pidieran un parecer, les respondí lo siguiente: ¿Los que pronunciaran esas palabras poco cariñosas pensarán antes de hacerlo, en el deber espírita de practicar la ley de la caridad, amor, indulgencia y fraternidad, a que nos obliga el Espiritismo? ¿Y los que fueran ofendidos, antes de andar con melindres, no se acordarán de que el Señor y Maestro dejó se besar por el apóstol traidor, y no respondió ni una palabra a los insultos, a los golpes, a las heridas que le infligían sus verdugos, más antes los perdonó y pidió perdón para ellos? Y entonces concluí: Id, pues, aprended lo que el Espiritismo os enseña, enteraros bien de lo que el Señor determina en su Evangelio y de lo que él mismo hizo. Y cuando estéis bien enterados y pongáis en práctica vosotros mismos esos ejemplos y enseñanzas, entonces me diréis quién está con la razón y quién no lo está. Así, entiendo que no es fácil existan disensiones donde reinen el amor, la caridad y la humildad. Porque cada uno se considerará como el servidor de los otros, y tendrá placer en ser Io, porque sabrá que así da cumplimiento a la ley y así se desarrolla.

Sabrá todavía que por ese camino llegará a su felicidad, en cuanto por el camino contrario labraría su propia ruina, que más hoy, más mañana, tendrá que enfrentar. Entiendo también que pueden aparecer problemas de difícil solución. En estos casos, los más prudentes se callan y suplican el auxilio de Dios, esperando que el tiempo y los acontecimientos pongan remedio a los males. Sólo se recurre a una medida extrema cuando ni la caridad, ni la indulgencia, ni el amor y la humildad pueden remediar esos males. Mas esa medida debe ser ejecutada con prudencia, a través de las buenas maneras recomendadas por la más elevada moral, evitándose murmuraciones y, sobre todo hechos que puedan originar escándalos, fuera del medio espírita, porque entonces se incurre en una grave falta, pues escándalos y publicidad causan grandes daños a los que nos observan. Esas cosas dan motivo a que se consideren a los espíritas como a los demás hombres, que no siguen ninguna doctrina moral. En resumen:

Entendemos que en los Centros Espíritas debe haber quien dirija y enseñe, pero éstos no se hacen por medio de votación o de la voluntad de algunos hermanos, puesto que ya vienen escogidos del Alto; por eso, es preciso el mayor cuidado en saber reconocer los que están más aptos para el trabajo especial; una vez reconocidos, débese procurar hacer que ocupen el lugar para el cual vinieran al Centro y, mientras no exista motivo, debe hacerse que permanezcan en el puesto, pues de lo contrario se corre el riesgo de perder la verdadera orientación lógica y caer en graves errores (4). No nos cansaremos de repetir: en los Centros Espíritas donde reinen el amor y la adoración al Padre, en espíritu y verdad; la admiración, el respeto y el amor al Señor; la indulgencia la caridad y la humildad, no faltarán paz y armonía entre los hermanos. Por el contrario, su vida se deslizará más tranquila, sentirán el alma leve y alegre, porque muchas veces recibirán la influencia de los Buenos Espíritus. Harán gran progreso y tendrán una recompensa en el mundo espiritual, más de lo que pueden calcular.

(4). El autor coloca, en este punto, el problema melindroso de la dirección de los Centros y demás instituciones doctrinales. Leyendo atentamente, vemos que él concilia la forma de elección con la del reconocimiento de la misión, No quiere decir que un hermano tome la presidencia o la dirección de los trabajos por mandato de los Espíritus, mas que hay personas «escogidas» por el Alto y encomendadas al Centro para ejercer funciones especiales. La propia congregación es las que debe «saber reconocer» o descubrir esas personas, eligiéndolas y manteniéndolas en su puesto. Es lo que generalmente se hace en las instituciones en que reina el amor evangélico. Las disputas de cargos sólo aparecen donde ese amor es sustituido por los intereses mundanos (N. del T.).

Miguel Vives
Extraído del libro «El Tesoro de los Espíritas»

1 comentario en “Entre los hermanos y en los centros”

  1. Miguel Vives, todo un hermano de amor, no en vano fue catalogado en vida como el Apóstol de la Caridad.

    no he leido este libro y por este solo tema se ve que es bastante completo

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