Presencia Divina

Un hombre, ignorante aún de las Leyes de Dios, caminaba a lo largo de un enorme huerto, conduciendo a un pequeño de seis años. Eran Antoñito y su tío, paseando por la vecindad de la casa en la cual
residían.

Contemplaban, haciéndoseles la boca agua, las naranjas maduras que veían, conformándose con respirar profundamente el aire leve y puro de la mañana. A cierta altura del camino, el viejo puso, de repente, una bolsa sobre la grama verde y suave y comenzó a llenarla con los frutos que rebosaban de grandes cajas abiertas, producto de la cosecha de los campesinos, al mismo tiempo que echaba miradas tenebrosas, en todas direcciones.

Preocupado con lo que veía, Antoñito se dirigió al compañero y preguntó:

–¿Qué hace, querido tío?

Colocando el índice de la mano derecha en los labios entreabiertos, el viejo respondió:

–¡Guarde silencio por favor!

Enseguida, agregó en voz baja:

–Aprovechemos ahora, mientras que nadie nos ve, y cojamos algunas naranjas a escondidas.

Sin embargo, el niño, desconcertado, apuntó con uno de sus pequeños dedos al cielo y exclamó:

–¿Acaso usted no sabe que Dios nos está viendo?

Con asombro, el anciano empalideció y volvió a colocar los frutos en la caja, de donde los había retirado, murmurando:

–¡Gracias Dios mío por haber despertado mi conciencia, por los labios de un niño!

Y, desde ese momento, el tío de Antoñito pasó a ser realmente otro hombre.

Por el Espíritu Meimei
Médium Francisco Cándido Xavier

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