La alegría

Cuando el hombre hace la iluminación interior, optimiza la vida, observa sus pasos, valora cada segundo de su existencia, es feliz, muy feliz en la felicidad que produce al prójimo.

Sabe traducir su pensamiento feliz en gestos de engrandecimiento a la persona humana, hace identidad, solidaridad, dignificando a todos, con placer. Suaviza sus palabras, ablanda su corazón, alimenta, construye el mundo por el amor; está siempre caminando en la integración con todos.

A cada segundo, coloca su energía, su conciencia, en la construcción del bien, pues sabe todas las grandes transformaciones realizadas por el conocimiento humano que se deben al equilibrio mental, espiritual y moral del hombre.

Trabaja con ahincó, está libre de angustia, de miseria, de vacilación, una vez que reposa su pensamiento en el sentido de la construcción humana, de la libertad, del bien, de la justicia y de la armonía.

Es sensible al dialogo, procura siempre el entendimiento, tiene buena voluntad, es fraterno con todos.

En el ejercicio de lo cotidiano esta siempre dispuesto a descubrir y vivir el lado bueno de la vida, llevando al espíritu humano encima de las pruebas, del sufrimiento y de las angustias; su vida es un cántico de agradecimiento a Dios.

Su potencialidad aumenta por la fuerza, por la disciplina, haciendo autoestima, esperanza, autoconfianza, ejercitando el autoconocimiento.

El hombre espiritualizado no es triste, deprimido, aburrido, tiene confianza en sí mismo, fe en el Creador, respetando al prójimo y procurando comprender la diversidad humana.

La fuerza de la alegría transforma la vida humana, direccionándolo para parajes que son estímulos al trabajo y a la dedicación al bien.

La alegría en el corazón humano fue, es y será siempre poderosa palanca evolutiva para la moral, la espiritualidad y al carácter del hombre.

La certeza que el hombre espiritualizado tiene de la vida eterna, lo libra de todo lo que pueda entristecerlo, herirlo, desagradarlo en el transito evolutivo de la tierra.

Quien hace, vive el proceso constructivo de la alegría, tiene conciencia crítica de que el futuro solo le reserva luz, esperanza, dignidad, paz.

El hombre espiritualizado, educado, por tanto con una buena formación cultural y moral, tiene el deber de hacer autodisciplina, autoconocimiento, aprendizaje permanente, expresando en todas las situaciones de la existencia, el placer, la alegría de vivir, la fe en el Creador, la certeza de que todas las experiencias son fuerzas evolutivas del espíritu. Esperanza, alegría, jubilo.

Espíritu Leocádio José Correia

Médium Maury Rodrigues da Cruz
Extraído del libro “Horizontes da Alma”
Extraído del la revista “Ser espírita”
Traducido por Jacob

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