Dificultad matrimonial

Tenían todo para una boda feliz. Se amaban. Se respetaban. Guardaban nociones de sus responsabilidades. Estaban dedicados al servicio del Bien, porque llevaban en serio la religión. Ahí residía el único problema entre ambos, con implicaciones aparentemente insuperables: no seguían la misma elección religiosa.

Luisa, católica practicante, no concebía el matrimonio sin la presencia en la iglesia y la bendición sacerdotal. Soñaba verse con velo y ramo de flores, caminando al encuentro del novio bajo los acordes de la música romántica, una nave engalanada de flores, rodeada por amigos y familiares…

Pedro, espírita convencido, no admitía someterse a lo que consideraba un mero culto exterior, calcado de rituales y vanidad…

La dificultad los llevó a la separación. Intentaron hasta otras relaciones afectivas, queriendo olvidar. No fue posible. El amor entre ambos era extraordinario. Almas afines, no encontrarían la felicidad plena separadas. Muy unida al cura Ivo, venerable sacerdote, con una larga experiencia en los problemas humanos, Luisa lo buscó una tarde particularmente angustiada, en que se sentía poseída por una nostalgia invencible. Le expuso el problema, habló de sus dudas, de la lucha que había en su interior, del duelo entre anhelos del corazón y las imposiciones de la conciencia.

El sacerdote prometió que intentaría ayudarla, recomendándole que volviese al día siguiente. Volviendo a la iglesia en el horario decidido, la joven, sorprendida, encontró a su ex-enamorado. También este fue convocado. Se saludaron sin evitar la emoción, trémulos, vacilantes.…

– Hijos míos, –les dijo el mediador con cariño– conozco el drama que están viviendo. Creo que la dificultad presente podrá ser superada, desde que ambos se dispongan a dejar la posición de absoluta intransigencia y, ejercitando buena voluntad, caminen algunos pasos, encontrándose en la religión del buen sentido.

Los dos jóvenes oyen atentos lo que el sacerdote, dirigiéndose particularmente al muchacho, continúa:

– Es bien verdad que la presencia de Dios en sus vidas va a depender de lo que hagan de la existencia en común y no de la forma con que vayan a unirse, pero para Luisa el casamiento religioso es importante porque forma parte de sus convicciones, las cuales no se juzga con derecho a traicionar. Para ti el acto sería mera formalidad. Por eso te será más fácil transigir. Me parece que no dejarás de cumplir los preceptos que te guían. Conozco algo del Espiritismo y sé que se trata de una doctrina de conciencia libre.

El sacerdote hizo una pequeña pausa y acentuó:

– No obstante, para evitar fastidio de tu parte, haremos una reunión muy simple, sin ningún alarde, en la intimidad del hogar de Luisa, con la presencia tan solamente de los padrinos. Me limitaré a la lectura de los textos evangélicos, seguido de una oración espontánea. ¿Estás de acuerdo, hijo mío?

– Realmente, padre, el señor fue inspirado. No hay porque rechazar su oferta.…

– ¿Y tú, Luisa?

– ¡Ah padre Ivo! Bendita idea. Prescindo del velo, el ramo, flores, fiestas… Quiero sólo su bendición, ¡en nombre de Dios!…

El viejo sacerdote toma las manos de los jóvenes, uniéndolas entre las suyas y concluye, feliz:

– Desde ya, hijos míos, sean bendecidos por Dios. Agradézcanle por el sentimiento sublime que vive en sus corazones. Sepan sustentarlo con valores de amistad y comprensión, a fin de que el Amor les sustente eterna ventura.

***

Las religiones no están en el Mundo para separar a los que se aman. Al contrario: forma parte de sus objetivos la unión de todas las criaturas humanas, sin la cual es imposible caminar al encuentro del Creador. Infelizmente, una vasta mayoría de fieles olvidan esta realidad simple, prendiéndose las cuestiones teológicas pequeñas, usándolas como floretes de esgrima, para herirse mutuamente, levantando barreras insuperables entre sí, como si desconociesen lo esencial:

¡Somos todos hijos de Dios!

Richard Simonetti
Extraído del libro «Cruzando la calle»

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