Mediumnidad solucionando crímenes

meium“Un crimen muy difícil”. “Crimen casi perfecto”, según el parecer de un comisario de policía a quien conocimos durante un encuentro de comisarios espíritas. Hablamos de Antonio Camilo, del simpático municipio de Pouso Alegre, Minas Gerais, que en el 4° Encuentro de los Comisarios Espíritas paulistas, por invitación de la Unión de los Comisarios de Policía Espíritas del Estado de São Paulo, nos contó un caso curioso.

El encuentro se dio el 20 de noviembre de 2001, a las 19h30min, en el Auditorio Dr. Ivahyr de Freitas Garcia, de la ADPESP (Asociacipon de los Comisarios de Policía del Estado de São Paulo), cuyo título era: Mediumnidad dilucidando crímenes. “El más misterioso de los casos de mi carrera”, añadió el policía minero, responsable, en esa época, de la Comisaría de Tóxicos y Narcóticos. El caso inspiró un reportaje de un programa de gran audiencia de famosa emisora de la televisión brasileña. Dicho programa estimulaba a televidentes, a través de la reconstitución de “crímenes sin resolver”, a que aportaran pistas que ayudaran a las autoridades a reabrir las investigaciones y solucionar los casos.

En el caso en cuestión, un hombre había desaparecido en diciembre de 1993. Persona conocida y respetada por los pouso-alegrenses, el abogado – socio y amigo de muchos años de un sargento de la reserva del Ejército y su mujer – había desaparecido desde el día en que había salido de su casa para ir al banco. En sociedad con la pareja, había terminado de comprar una quinta con una linda vivienda. Pasaron semanas y el abogado no regresaba a sus familiares desesperados, afligidos. Miembros de la familia fueron a la comisaría a hacer la denuncia policial. El comisario Camilo dedicó todas sus fuerzas buscando al hombre. Incansable, buscaba una pista, pero sin éxito. Se pensaba en secuestro, pero tal hipótesis fue descartada. No hubo contacto de los criminales, ninguna exigencia amenazadora por teléfono. El hecho entraría definitivamente en la lista de los crímenes no resueltos, al principio, de no ser por ciertos mensajes mediúmnicos. Tales mensajes de parte de los médiums de una casa espírita de la ciudad, a pedido de los familiares, eran siempre genéricos, cortos y repetían: “está muerto, sepultado”. Pero, ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Y el cadáver? Tales eran las preguntas. Situación de hecho embarazosa, un callejón sin salida. De admitirse un asesinato, las investigaciones tenían un obstáculo: la falta absoluta de elementos que pudieran revelar al criminal, o criminales, el cuerpo de delito.

Sin un hecho material que sirviera como base de prueba de un posible homicidio, cerraron el caso y detuvieron las investigaciones. Pero Camilo no se dio por vencido. Conservó el objetivo de encontrar algún hilo y, por su propia cuenta, reinició las búsquedas. Visitó la quinta solo, lejos de su equipo de investigadores. Les hacía preguntas a diversas personas de la cercanía, volvió a indagar a los socios, aunque los considerara personas por encima de cualquier sospecha, por los muchos años de amistad entre ellos y el abogado. Pero había un detalle. Al volver solo a la quinta, Camilo notó algo que antes no había despertado tanto su curiosidad ni la de los auxiliares. Le pareció raro cierto piso construido en un rincón del terreno, pavimentado con gruesa capa de cemento, y enseguida sospechó de ese curioso trabajo… Llegó a pensar que allí estaba oculto el cadáver… “¡No! Es mi imaginación” – lo pensó en voz alta.

Cuando el comisario creía que todo de hecho se había terminado, que nuevas diligencias serían inútiles, alguien “totalmente respetable” lo puso tan animado como perplejo. Cierto profesional de la mecánica de autos, cuyo nombre preservó, le reavivó el entusiasmo, la intuición investigativa.

El mecánico, a propósito, le reparaba y le hacía el mantenimiento del auto, incluso de los vehículos policiales, y no sabía que creía en los Espíritus. Sin intimidad con el cliente, el mecánico no tenía idea de las noches sin dormir, de los reclamos y críticas afrontados por el comisario, aunque supiera de la misteriosa desaparición por los periódicos, emisoras de radio, de televisión y por comentarios.

Una vez, mientras el comisario esperaba pacientemente en silencio por la reparación del auto, el mecánico dijo de repente: “Doctor, mis amigos espirituales dicen que usted está en lo cierto. ¡Siga adelante! Un detalle: después se supo que el mecánico era un médium que poseía la facultad de oír a los Espíritus, es decir, médium auditivo. En otra oportunidad, utilizando de nuevo el trabajo del mecánico, el comisario escuchó de él: “Doctor Camilo, mis amigos insisten en decir que usted debe seguir, está en lo cierto con lo que pensó…”.

Así fue como él decidió creer definitivamente en las afirmaciones de los Amigos Espirituales del médium, aunque no tenía ninguna base segura exigida juridícamente. Fuera de los principios del Derecho, ya que, como ya lo mencionamos, el caso fue archivado por falta de pruebas, Camielo decidió correr el riesgo. Sin recurso de amparo, en el silencio de la noche, ingresó en la propiedad, sospechando del piso, ya sabiendo de antemano a través de los amigos y socios del desaparecido, que el lugar había sido construido para ser una parrilla. Actuó lo más rápido posible y con mucha prudencia. No podía equivocarse. Tras destruir todo el piso, revolver toda la tierra de abajo con una excavadora, palas y zapapicos prestadas de la intendencia local, después de hoyos y más hoyos excavados, ¡finalmente, el cadáver! Era lo que suponía (Camilo tenía mucha intuición), lo que los “amigos” del mecánico, los Espíritus, ratificaron y quisieron que lo tomara en serio.

Con la ayuda de los equipos de la intendencia y la mano de obra de presos con buen comportamiento de la cárcel de la comisaría, descubrieron el cuerpo a algunos metros debajo del piso. Pasaron tres penosos meses de búsquedas ininterrumpidas, presiones de todas partes, de la sociedad, de la prensa, y Camilo dijo que ya no sabía cómo era tener una noche de sueño tranquilo. El cadáver fue encontrado en buen estado de conservación y fácilmente reconocible bajo la tierra, gracias a la buena calidad del terreno. Camilo logró encontrar a los autores del crimen, les dio voz de prisión, los mismos mencionados antes, quienes parecían libres de cualesquier sospechas: el sargento reformado del Ejército y su compañera. Terminaron por confesar el crimen.

Íntimos de la víctima y sus familiares, parecían sentir mucho afecto por ellos y además parecían apenados por el desaparecimiento. La víctima murió después de una dura discusión con ellos a causa de la compra del inmueble, lo que terminó con un disparo de pistola calibre 4.5. Como golpe de gracia, recibió un impacto violento en la cabeza, dado por la mujer con una pala, según lo confesó ella.

Los verdugos del abogado ofrecieron mucha resistencia a la captura y, obviamente, también fueron punidos por ello. Recibieron el veredicto por el homicidio y por ocultar el cadáver, se descubrió otro homicidio. Como quema de archivo, mataron al que construyó el piso y les ayudó a enterrar el cadáver: un albañil. Creían que jamás serían descubiertos, punidos. Después de sacarle la vida al albañil, lo colgaron de un árbol con una soga, en otro lugar, como si hubiera cometido un suicidio, ahorcándose. “De no ser el importante aporte de los Espíritus, el caso quedaría sin solución”, dijo Camilo.

Camilo contó que era espírita desde 1986. Trabajador de la Fraternidad Espírita Hermano Alexandre, en aquella ciudad minera. Reveló que solía burlarse del Espiritismo cuando era católico romano. Se reía de la creencia de su mujer hasta el día en que ella logró convencerlo a ir a una reunión pública en el centro espírita donde asistía. “Acepté ir al centro de mi mujer con la intención de aumentar mi repertorio de críticas y burlas.” “¡Quedé desarmado! Allí solo vi amor al prójimo y verdadero espíritu de fraternidad; sentí mucha paz y, principalmente, escuché hablar de las enseñanzas de Jesús como jamás lo había oído antes”, declaró. Finalmente, dijo que siempre le agradece a Dios por dos cosas: por haber sido católico y por ser comisario de la policía, de la Policía Civil Mineira. “Fue a través de esas dos instituciones que llegué a la Doctrina Consoladora”, lo exclamó cerrando la charla bajo calurosos aplausos de los cofrades y colegas miembros de la Udesp y demás profesionales de la Justicia, quienes participaban en ese memorable encuentro en el auditorio ADPESP.

Fuente:
Revista electrónica “O Consolador”
Año 6 – N° 295 – 20 de enero de 2013. «Revista Mies de amor» Nº 15

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