Ante las tentaciones

Tentado a permanecer en las tinieblas, aunque te sangren los pies, dirígete hacia la luz. Mientras no pase el sudor y el cansancio de la plantación, ningún labrador recoge la cosecha.

Hasta que alcancemos un día el clima del reino angélico, seremos almas humanas, peregrinos de la evolución en las sendas de la eternidad. Aquí y allá oiremos cánticos de exaltación a la virtud y, alabándola, hablaremos en nuestro turno, acentuándole los elogios.

Mientras, manda la sinceridad que nos veamos por dentro, y, en nuestro interior, ruge el pasado gritando injurias contra nuestras más bellas aspiraciones. Toma, sin embargo, la antorcha que Cristo pone en tus manos e ilumina la intimidad de la conciencia, hablando contigo mismo.

Hora a hora esclarezcámonos a nosotros mismos, tanto como nos lanzamos en enseñanza a los otros. Protegiendo a los caídos en pleno enviciamiento, inventaría tus propias flaquezas y percibirás que, probablemente, respirarías ahora en un camastro de lodo, si no fuese por la migaja del conocimiento que te enriquece.

Ante los que se desvarían en la crítica, observa la facilidad con que te entregas a los juicios irreflexivos y pondera que serías igualmente compelido al brasero de la crueldad, si no fuese por alguna ligera estrofa de la prudencia que consigues imaginar. Al frente de aquellos que se envilecieron en el carruaje del oro o de la influencia política, recuerda cuántas veces la vanidad te busca al día, en los recesos del corazón, y reconocerás que también forzarías las puertas de la fortuna y del poder, en caso que no fuese el leve hilo de responsabilidad el que frena tus impulsos.

Analizando los que sufren en materia de obsesión, piensa en los reiterados engaños a los que te arrojas y comprenderás que todavía hoy llorarías en las angustias del manicomio, si no fuese por la pequeñita franja de servicio en el bien a que te aficionas.

Ante los compañeros atollados en el crimen, observa la agresividad que todavía traes contigo y concluirás que quizás estuvieses en la penitenciaría, padeciendo aflictiva sentencia, si no fuese por el ranúnculo [francesilla] de oración que enciendes en tu propia alma. Y las luchas que marcan la ruta señalan también el campo de servicio en que todavía aprendes junto a los desencarnados de nuestra esfera de acción.

Pongámonos en el lugar de los que yerran y nuestro raciocinio descansará en el abrigo del entendimiento. Ninguno lidiador vinculado a la Tierra se encuentra íntegramente libre de las tendencias inferiores.

Dictado por el espíritu Emmanuel

Médium Francisco Cândido Xavier»
Extraído del libro «Religión de los Espíritus»

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