Nuevas uniones

Después de los contactos con Simón Pedro, Juan y Andrés, Jesús se dispuso a regresar a Nazaret, en Galilea (Juan, capítulo I). En breve encontró dos discípulos más: Felipe y Natanael. Felipe era coterráneo de Pedro y Andrés (nacidos en Betsaida), que probablemente le hablaron al respecto de Jesús, ya que el Maestro le dijo simplemente:

– Sígueme.

Fue prontamente atendido.

Otro misionario encontró su misión.

Felipe sería un eficaz divulgador del Evangelio, situando su actividad en Asia Menor, donde desarrolló un intenso trabajo en la divulgación de los principios cristianos. Allí fue martirizado. No hay noticias más amplias sobre eso. Solo algunas referencias evangélicas sobre su participación en el colegio apostólico.

Natanael, nacido en Caná, en Galilea, seria conocido como Bartolomé Bar Talmai, (hijo de Talmai). Según la tradición, predicó el Evangelio en la India, donde habría sido desollado vivo y decapitado.

Felipe y Natanael también vivían días de expectativa, ante el anuncio de la llegada del Mesías. Por eso, después del encuentro con Jesús, Felipe le dijo, eufórico:

– Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas: a Jesús, el hijo de José, el carpintero de Nazaret…

Natanael se extrañó:

– ¿De Nazaret puede haber algo bueno?

Imaginaba, talvez, que, considerada la grandiosidad de su misión, el mensajero divino vendría, necesariamente, de una localidad más importante, de una ciudad mayor.

Nazaret era tan insignificante… ¡una simple aldea!

Pero el futuro apóstol estaba equivocado.

No solo con relación a Jesús, cuyo origen humilde, como ya comentamos, guardaba propósitos de ejemplificación. Se equivocó también con referencia a todos los grandes misionarios que vienen a la Tierra a cumplir sagradas tareas, en variados sectores de actividad.

Generalmente prefieren los lugares humildes, pequeños, de vida tranquila y simple, a distancia del revuelo y de la agitación de las grandes ciudades. Así pueden atravesar con seguridad los periodos de consolidación del proceso reencarnatório, en la infancia, y de despertar para la Vida, en la adolescencia, sin influencias perniciosas, sin condicionamientos negativos.

El ambiente tranquilo de las localidades de pequeña concentración de población y de menores exigencias en relación a la vida material, ayuda al misionario a mantener la estabilidad íntima y la pureza. Eso favorece su comunión con la Espiritualidad Mayor, a fin de que en el momento oportuno se ajuste a la tarea que le compete desempeñar.

Cumpliendo esa estrategia, fundamental al desempeño de su misión, los apóstoles nacieron casi todos en humildes pueblecitos de Galilea, una de las regiones más pobres de Palestina.

Ante la duda de Natanael, Felipe lo convidó a observarlo por si mismo. Llevado al encuentro de Jesús, escuchó al Maestro comentar:

He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño.

Admirándose de la observación, Natanael preguntó:

¿De dónde me conoces?

Jesús respondió:

Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera te vi.

Tenemos aquí un fenómeno de clarividencia.

Jesús lo realizaría muchas veces. Vio a distancia, más allá de los sentidos normales, lo que su interlocutor estuvo haciendo en dado momento.

Asombrado, proclamó Natanael:

Rabí, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡tú eres el Rey de Israel!

Jesús ciertamente encontró gracia en su reacción.

¿Porque te dije, te vi debajo de la higuera, crees?; cosas mayores que éstas verás. En verdad, en verdad os digo: De aquí en adelante veréis el cielo abierto, y ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del hombre.

Hay en esta observación tres expresiones que Jesús usó frecuentemente. Definirlas es de fundamental importancia para un perfecto entendimiento del Evangelio:

En verdad, en verdad os digo.

Los judíos lo usaban antes de una proclamación solemne, llamando la atención para la seriedad y la relevancia de lo que iban a decir. Era como si alertasen:

-Presten atención. Guárdenlo bien. ¡Es muy importante!

Hijo del Hombre.

Jesús tenía plena consciencia de que más tarde o más temprano lo confundirían con Dios, situándolo como el encarnado de la divinidad. De ahí la insistencia de dejar bien claro que él no era Dios encarnado. Era solamente el fijo del hombre (sentido genérico – perteneciente al género humano), un Espíritu superior que encarnó como hijo de José y María.

Observa, amigo lector, que usé la expresión encarnó.

Jesús no reencarnó.

Fue su primera y única vez que se sumergió en la carne. En este mundo.

Jesús evoca el sueño de Jacob uno de los padres del pueblo judío.

Está en el Génesis, capitulo XXVIII, que cierta vez, durmiendo en el campo, el patriarca soñó con una inmensa escalera que se extendía de la Tierra al Cielo. Por ella subían y descendían ángeles, mientras que el Señor se le aparecía para hablarle de su misión.

La escalera de Jacob es la representación del proceso evolutivo, la ascensión rumbo a la angelitud, con la superación de nuestras fragilidades.

Los ángeles que descienden y suben simbolizan la protección del Cielo, siempre presente. Los Espíritus que están en los escalones más altos, que se adelantan en la jornada evolutiva, se preocupan con nuestra suerte y vienen hasta nosotros, frecuentemente, para ampararnos e inspirarnos. Cuanto más evolucionados, cuanto más armonizados con la

Creación, mayor su esfuerzo en este sentido.

Al proclamar que los discípulos verían a los ángeles subiendo y descendiendo sobre el hijo del hombre, Jesús informaba que la Espiritualidad Mayor daría una amplia cobertura a sus iniciativas. Era el gran misionario, el representante de Dios, el gobernador de la Tierra que traía la llama del amor divino capaz de calentar para siempre los congelados corazones humanos.

Ese amor que hace a los ángeles descender hasta nosotros para ayudarnos.
Ese mismo amor que, ejercitado en plenitud, nos elevará hasta ellos.

Richard Simonetti

Del libro Paz en la Tierra
Traducido por R. Bertolinni.

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