Conversando

La palabra constituye un poderoso medio de ayudar a los otros, pero, cuando es desajustada, crea muchísimos problemas en todos los frentes donde deseamos avanzar.

Cuidar de la palabra es vigilar nuestros propios valores, para que no pierdan la oportunidad de servir con Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida.

El verbo es un milagro de la naturaleza y, cuando expresada en los ritmos de la ponderación, del amor y de la caridad, es luz que brilla más que el propio sol.

Es conversando que podremos enfermar y es conversando que podremos curarnos, dependiendo del modo por el cual usamos la palabra.

Nuestros labios pueden ser un instrumento de Dios en el ejercicio de la paz, como puede transformarse también en arma peligrosa en el incentivo de la guerra.

Escoged el camino con el Señor, aquel que proporciona vuestra felicidad y que nunca más permitirá que estéis en desarmonía.

Al conversar con vuestros semejantes, no os olvidéis de la alegría que reconforta y predisponed el organismo a la perfecta comunión con el orden del universo.

Cuidad de la palabra como cuidáis del cuerpo en el aseo diario. El cuerpo es luz de Dios colocada en vuestros labios, pero si olvidáis la vigilancia, la palabra se apagará y series culpables por vuestra disfunción.

Estableced reglas para la conversación, para que no gastéis el tiempo solamente hablando.

Vuestro interlocutor también tiene derecho a la palabra y, si no aprendisteis a escuchar también, no encontrareis a nadie que os escuche.

Estudiad las leyes naturales, que estas leyes os darán una noción perfecta de lo que debéis hacer y de cómo usar vuestros derechos, respetando el derecho de los otros.

No podéis vivir solos, pues, cada uno tiene algo que el otro necesita y todos juntos forman la unidad perfecta bajo el amparo de Dios.

Cuando el dolor os busque, en cualquier condición, no blasfeméis contra nada ni os entristezcáis con su visita; procurad leer el mensaje de que ella es portadora, sin cruzar los brazos aceptando las condiciones impuestas por ella. Buscad todos los tratamientos posibles, porque es en ese empeño de curarse que Dios suaviza nuestros infortunios y alivia nuestros fardos. No perdáis nunca la paciencia ni la fe, principalmente la fe, y alimentaos con la esperanza.

Si podéis, dad ejemplo de valor a aquellos que os buscan, porque, en muchos casos, el supuestamente sano está más enfermo que quien se encuentra en la cama padeciendo ciertas enfermedades.

No dejéis al miedo asomar a vuestra mente con un simple dolor, que podrá ser un aviso, para que despertéis la vigilancia. Hay variados caminos por los cuales podremos interpretar la enfermedad, desde que haya comprensión para tal.

Existen muchos espíritus elevados en la Tierra, que aceptaron el dolor porque, sofriendo con paciencia, millares de sus admiradores soportan con valor sus sufrimientos. Ellos ayudan sufriendo y sacan de ese un gran provecho, porque el dolor sensibiliza más sus perfecciones, de manera que sienten más la presencia de Dios, en las dimensiones que buscan vivir.

Hay muchas cosas entre el cielo y la tierra, para ser revelada; el tiempo es la llave que abrirá las puertas de vez en cuando.

Procurad perfeccionar vuestra habla, que ella os ayudará a vivir mejor y a aliviar, pero curar, las enfermedades ajenas.

No perdáis el ánimo en las rutas que escogisteis para seguir; acordaos de que con vosotros existe una fuerza poderosa de Dios a vuestras ordenes, que se llama Palabra. Usad el verbo para estimular el bien; usad el verbo para calmar tensiones; usadlo para sembrar la concordia en todos los rumbos que podáis hablar, que el cielo no quedará distante de vosotros.

Recordad que Jesús habló a Pablo en estos términos: “Hablad y no calléis”. Sabia el Maestro que Pablo hablaba con provecho, hablaba ayudando a la liberación de las criaturas. Es lo que debéis hacer: trabajar con la lengua a favor del bien común.

Quien sirve a la colectividad agrada al comando mayor de todos los pueblos, porque obedece a las leyes del Señor. Es conversando que podréis encontrar la propia felicidad, si aprendisteis a hablar en la armonía del Cristo, bajo las bendiciones de Dios.

Por el espíritu Miramez

João Nunes Maia
Extraído del libro “Salud”
Traducido por R. Bertolinni

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