El poder de la oración

v-hugo¡Almas de la Tierra! Cuando el fragor de las inquietudes estuviera a punto de estallaros; si en las encrucijadas no supierais el camino a seguir y todas las rutas os pareciesen accesos al abismo; cuando insoportable desesperación os hubieran arrastrado a conclusiones infelices que os parezcan ser la única solución; cuando los infortunios, afligiendo en vosotros, tendieran a volveros indiferentes al propio sentimiento, ¡tendréis el vehículo de la oración y dispondréis de acceso a la meditación remediadora!

Tal vez no os sean suprimidos los problemas ni alejadas las dificultades. No obstante dilataréis la visión, para mejor y más apurado discernimiento; abrigaréis más amplia comprensión de Vida y sus legítimas realidades; experimentaréis la presencia de fuerzas desconocidas, que os envolverán, vitalizándoos; os elevaréis a zonas psíquicas relevantes, de donde volveréis saturados de Paz, con posibilidades de proseguir, no obstante cualquier difícil coyuntura existente o por existir. Porque la plegaria apacigua y la meditación rehace; la oración eleva, en cuanto que la reflexión sustenta; el pensamiento noble, comulgando con Dios, en Dios toma la Vida, y dialogando, en connubio de Amor, distribuye las impurezas y se impregnan con las sublimes vibraciones de Amor y afectividad, que se convierten en fuerzas dinámicas, para sustentar todas las potencialidades que, se soalzan y nunca desfallecen.

No os arrojéis desastrosamente en las fosas de la ira irrefrenable o en las olas de la insensatez. Antes de que os asalten los demonios del crimen, erguíos del caos, pensando y orando. Hay oídos atentos que captarán vuestras llamadas y cerebros poderosos que emitirán mensajes de respuesta, que no debéis desconsiderar. Amores que os precedieron al otro lado del túmulo vigilan y esperan por vosotros, aman y aguardan receptividad.

No os engañéis, ni desesperéis vanamente. Tened cuidado, ¡hablad al Padre en la plegaria calmada y silenciaos para que le oigáis a través de la inspiración clarificadora! Nada exijáis. Quien ora, no impone. Orar es abrir el alma, exteriorizar estados íntimos, refugiarse en la Divina Sabiduría, a fin de abastecerse de entendimiento, llenándose de salud interior…

Y cuando retornéis de la incursión por la plegaria, regocijaos, apagando las sombrías expresiones anteriores; superando las marcas de las crisis sufridas y esparciendo alegrías, en nombre de la esperanza que habitará en vosotros. Trabajando por el bien, el hombre ora. Orando, en la aflicción o en la alegría, el hombre trabaja, y orando conseguirá vencer toda tentación, integrarse con plenitud en el Espíritu de la Vida, que fluye de la Vida abundante, con fuerzas superiores para trabajar y vencer.

Víctor Hugo. Espíritu.

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