Los trabajos de la siembra

Mateo, 9:35-38

A lo largo de los meses, Jesús seguía en los bendecidos trabajos.

…recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda flaqueza en el pueblo. Y viendo la multitud, tuvo misericordia de ella; porque estaba derramada y esparcida como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dice a sus discípulos:

– La mies, en verdad, es grande, pero los trabajadores son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

Mies es la extensión de tierra en que se hace el cultivo de cereales.

En el contexto evangélico es el campo de actuación del cristiano, convocado para la edificación del Reino de Dios.

Tiene exactamente el tamaño de nuestro planeta. La Tierra es la gran Mies.

Los sembradores se esparcen por todos los países, en todas las culturas…

No siempre aparecen vinculados al Cristianismo, pero, invariablemente, se unen a las orientaciones del Cristo, que les habla en el interior de sus almas. Por eso, hay el perfume del Evangelio en todas las religiones, aunque florezcan en las más remotas regiones, sin acceso al mensaje cristiano.

Grandes líderes religiosos que antecedieron a Jesús también fueron sembradores, anticiparon algo de sus lecciones, precursores de su mensaje.

***

Hoy, como ayer, son escasos los sembradores.

¿Por qué?

¿Habrá necesidad de aptitudes especiales, curso superior, posición de destaque, inteligencia brillante?

¡Negativo!

Grandes sembradores son, no es raro, personas sencillas, sin títulos académicos, sin cultura perfecta.

Podemos entender esa carencia a partir de experiencias de dedicado y lucido predicador espirita, que llamaremos Pedro Afonso.

Cierta vez decidió monta un singular curso:

Sembradores de Jesús.

Doscientas veinte personas se inscribieron, animadas por la perspectiva de integrarse en el glorioso grupo.

En la primera reunión explicó.

– Tendremos dos partes en nuestro aprendizaje: teoría y práctica. La primera puede ser resumida, en una palabra: amor. En él está la esencia del pensamiento cristiano, la base de nuestra acción. La dificultad está en la práctica, porque pocas personas consiguen amar de verdad. ¿A propósito, mis amigos, que es amar?

Varios alumnos respondieron:

– Amar es gustar mucho.

– Definición equivocada. Gustar es esfuerzo, implica expectativa, en resultados deseados. El joven le gusta la novia porque es bonita y cariñosa… La joven le gusto su novio porque es atento e inteligente… Algo como experimentar un dulce. Nos gusta porque es sabroso, satisface nuestro paladar. Por eso las personas tienden a aborrecerse. Quedan saciadas, pierden el gusto del sabor, o el dulce perdió el gusto, o desean experimentar nuevos sabores… En la rutina de la vida conyugal la esposa ya no es tan bonita, ni tan atento el marido…Hay problemas en el día a día, con la educación de los hijos, las finanzas, el relacionamiento… ¡Queda amargo, difícil de tragar!

El expositor hizo una breve pausa, y añadió:

– Amar es diferente. Y querer el bien de alguien: es trabajar por ese objetivo, sin esperar nada a cambio.

Ejemplo perfecto – el amor de madre. Ella se preocupa con el hijo siempre, aunque sea un mal carácter, un sinvergüenza que no la respeta y no corresponde a sus expectativas.

Después de una brece pausa, Pedro Afonso continuo:

– Jesús recomendaba que amenos al prójimo como a nosotros mismos. La dificultad en hacerlo está en la falta de esa referencia. Por ejemplo: ¿Quién fuma?

Varios participantes levantaron el brazo.

– Observad como es de complicado… Si vosotros cultiváis un vicio que os hace mucho mal, comprometiendo la salud, es obvio que no os amáis.

Alguien ponderó:

– El fumador revela amor por sí mismo, habilitándose a la tranquilidad y al estímulo que el cigarro le proporciona. Me pongo tenso cuando no doy unas caladas.

– No confundamos pasión con amor. Pasión es instinto. Busca la satisfacción momentánea, sin reflexiones más nobles. Amor es sentimiento. Su suprema aspiración es la felicidad del ser amado. Como el apasionado por sí mismo, el fumador no tiene ninguna preocupación con las consecuencias. Por más que lo alerten, no atiende al hecho de que cada cigarro consumido abrevia en once minutos su existencia, conforme las estadísticas; o que se torna candidato a tener cáncer, enfisema pulmonar, hipertensión, infarto…

Se asemeja al maniaco sexual, agarrado por la voluptuosidad de la violación. Ni siquiera piensa que experimentará el odio público y pasará buen tiempo en la prisión por aquella fugaz relación sexual. Quien se ama lo hace diferente: procura edificar un buen futuro, huyendo de pasiones y vicios que satisfacen el presente, pero complican el futuro.

Pedro Afonso dio un toque nuevamente:

– Tengo otra pregunta: ¿Quién consume bebidas alcohólicas?

Se levantó una selva de brazos incomodos.

Un alumno se adelantó:

– El cigarro es siempre nocivo. Con el alcohol no es así, si es usado con moderación. Adoro tomar una copa de vino, diariamente, sin ningún perjuicio. Al contrario, los médicos afirman que favorece el corazón, evitando obstrucciones en las arterias.

– Es verdad. Sin embargo, hay una cuestión de principios. Cada botella de bebida que adquirimos ayuda a sustentar la industria que mata más gente y destruye más hogares que una guerra. El sembrador de Jesús no debe hacer eso.

***

El grupo escuchó, atónito, aquellas inusitadas ponderaciones.

– Vamos adelante. Amar al semejante, como enseña Jesús, es querer su bienestar, tanto como queremos el nuestro. ¿Qué os proponéis hacer en este sentido?

Varios aprendices se manifestaron:

– Haré guardia en el albergue…

– Atenderé a niños en la periferia de la ciudad…

– Visitaré enfermos en el hospital…

– Participaré de la campaña de la Leche…

– Colaboraré en la fiesta de la pizza…

– Conseguiré contribuyentes para el Centro….

Pedro Afonso sonrió.

– Todo eso es muy importante, pero no basta. Trabajar en la Mies no es compromiso para algunas horas en la semana o algunos días en el mes. Es necesario que haya dedicación plena. El sembrador de Jesús debe estar siempre preparado, en todos los momentos, haciendo algo por el prójimo, sea en casa, en la calle, en el lugar de trabajo, en el barrio humilde…

Un alumno reclamó:

– Teóricamente es interesante. En la práctica no funciona, dado que no siempre hay ánimo. Al final, todos tenemos nuestro Karma. Yo, por ejemplo, veo muy difícil pensar en el prójimo, considerando que estoy desempleado, con problemas financieros.

Una joven se anticipó:

– En cuanto a mí, pierdo la iniciativa por culpa de mi marido. Me enfada. Obra de forma irresponsable, causando problemas para la familia. ¡Karma pesado!

Otro se justificó:

– Mi karma es la salud debilitada. Enfrento frecuentemente crisis que me perturban. En esas horas no tengo cabeza para pensar en la experiencia cristiana. ¡Me quiero aislar!

Animados, varios aprendices relataron sus problemas, alegando impedimentos karmicos relacionados con profesión, familia, salud…

Después de escucharlos pacientemente, Pedro Afonso esclareció:

– No confundamos. Karma es nacer ciego o paralitico: es tener una enfermedad grave; es sufrir una tragedia; es enfrentar la muerte prematura de un hijo. Pareja difícil, problemas familiares, dificultades financieras, desajustes físicos pasajeros, son meras eventualidades de la jornada humana. Jamás nos perturbaran si los encaramos como espinos necesarios, señales que Dios coloca en nuestro camino, a fin de que sigamos con cuidado y no nos perdamos en los desvíos de la inconsecuencia. El gran problema de los candidatos al servicio es que dan demasiada atención a los espinos. Crecen tanto a sus ojos, que les parecen cruces inmensas, anulando sus iniciativas, tornándolos incapaces de aprovechar las oportunidades de servir.

– ¿Eso significa? – interrumpió un aprendiz- ¿qué debemos servir siempre, en cualquier lugar o situación?

– Exactamente. El sembrador no pierde tiempo con lamentaciones o quejas añadiendo circunstancias o personas; mucho menos se cree un sufridor. Aunque sustente una pesada cruz, invariablemente hace de ella un bendecido arado para la labranza del Bien, edificando a aquellos que lo rodean con la fuerza irresistible del ejemplo.

Tiempo agotado, Pedro Afonso hizo la recomendación final:

– Meditemos sobre el asunto, mis queridos. Volveremos a reunirnos mañana, siguiendo en nuestros estudios preparatorios para sembradores de Jesús.

En el aula siguiente, sin ninguna sorpresa para el expositor, los doscientos veinte candidatos estaban reducidos a una docena.

Todos deseaban el titulo honroso.

Pocos se disponían a asumir los compromisos de la Mies, que permanece inmensa…

¡Del tamaño del Mundo!

Richard Simonetti
Del libro “Tu fe te salvó”
Traducido por R. Bertolinni.

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