Historia de un pan

Cap. XIII- Ítem 15

Cuando Barsabás, el tirano, se dirigió hacia el reino de la muerte, en vano intentó volver a instalarse en el enorme palacio que le había servido como residencia.

La viuda, alegando infinita desdicha, se desprendió de esa casa y vendió los adornos. Vio él, entonces, vajilla y candelabros, tapices y jarrones, alfombras y perfumes, joyas y reliquias, todo bajo el martillo del rematador, mientras los hijos querellaban en el tribunal disputándose la mejor parte de la herencia.

Nadie recordaba su nombre si no era para reclamar el oro y la plata que había donado a mayordomos distinguidos. Pero como por entonces, en la memoria de tales amigos él no era más que una sombra, probó el interés afectivo de algunos compañeros de la infancia…

Aun así, entre ellos encontró simplemente el recuerdo de sus propios actos de enemistad y usura.

Barsabás se deshizo en lágrimas, a tal punto que la oscuridad finalmente empañó su visión y lo arrastró hasta las tinieblas…

Deambuló largo tiempo en medio de una neblina espesa, entre voces acusadoras, hasta que un día aprendió a pedir mediante la oración y, como su ruego le servía de brújula, aunque caminara a oscuras, sucede sorpresivamente que desaparece su ceguera y ve delante de él un santuario sublime con luces centelleantes.

Millones de estrellas y pétalos refulgentes poblaban su interior, en todas direcciones. Barsabás, sin haberse dado cuenta, había llegado a la Casa de las Plegarias de Loor, en las regiones inferiores del firmamento.

Pese a su deslumbramiento, prorrumpió en llanto repentino delante del ministro espiritual que cuidaba el atrio.

Luego de escucharlo con generosidad, el funcionario angelical habló serenamente:

— Barsabás, cada fragmento luminoso que contemplas es una plegaria de gratitud que ha subido desde la Tierra…

— Ay de mí — sollozó el desventurado — jamás fui bueno…

— En realidad — prosiguió el informante — eres portador con claras señales, del llanto y la sangre de los enfermos y las viudas, de los ancianos y los huérfanos indefensos a quienes despojaste en tus días de falta de vigilancia y crueldad; entretanto, aquí tienes en tu crédito una oración de loor…

Y le señaló una estrella que brillaba tímidamente como si fuera un diminuto disco solar.

— Hace treinta y dos años — agregó el instructor — le diste un pan a un niño y ese niño te agradeció con una oración al Señor de la Vida.

Esta vez Barsabás lloró de alegría y luego de remover viejos recuerdos preguntó:

— ¿Monakim, el abandonado?

— Sí, él mismo — le confirmó el misionero divino —. Sigue la luminosidad del pan que diste un día por amor y quedarás liberado definitivamente del sufrimiento en las tinieblas.

Barsabás fue entonces tras el tenue rayo de tenue fulgor que se desprendía de aquella gota estelar, pero en vez de elevarse hacia las Alturas llegó, precisamente, a una humilde carpintería de la Tierra.

Un hombre con las manos encallecidas estaba allí reflexionando, mientras maniobraba la azuela en un pesado leño…

Se trataba de Jonakim, con cuarenta años de edad. Como si ambos estuvieran identificados con el débil hilo de luz, Barsabás se aferró a él como un viajero abatido que está de regreso al calor del hogar.

Transcurrido un año, Jonakim el carpintero, sostenía sonriente en sus brazos, otro hijo de rubios cabellos que hacían marco a unos hermosos ojos azules. Por medio de la bendición de un pan entregado a un niño afligido, con la intención del amor puro, Barsabás había conquistado ante las Leyes Eternas el premio de volver a nacer para redimirse.

Hermano x

Médium Francisco Cândido Xavier y Waldo Vieira
Extraído del libro “El Espíritu de la Verdad”
Traducción al castellano: Marta Haydee Gazzaniga

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