El siervo del centurión

Mateo, 8:5-13
Lucas, 7:1-10

Ningún país se somete pasivamente al invasor. Este precisa mantener el llamado ejército de ocupación. Y la garantía de dominio del más fuerte, expoliando al más débil.

Expertos en este sentido, los romanos extendían sus tropas invencibles por tres continentes, imponiendo la presencia indeseable, en una convivencia conturbada, marcada por revueltas y rebeliones.

Peor con los judíos.

Orgullosos de su nacionalidad, con pretensiones de pueblo escogido, los descendientes de Abraham consideraban inadmisible aquella situación.

Nutrían un evidente rechazo por sus dominadores. Contactos, solo inevitables. Exigían posteriormente, rituales de purificación, como quien desinfecta las manos después de estar con algo pestilente.

***

Delante de esa animosidad, fue con sorpresa que los apóstoles observaron a un centurión aproximarse a Jesús.

Retornaban a Cafarnaúm, después del inolvidable Sermón de la Montaña, en las cercanías de la ciudad, cuando Jesús trazó las directrices básicas del comportamiento cristiano para la edificación del Reino de Dios.

El centurión era el oficial romano que comandaba la centuria, destacamento militar compuesto de cien soldados.

El militar habló, respetuosamente:

– Señor, tengo en casa a un siervo que está en cama, con parálisis, sufriendo horriblemente.

Como siempre, Jesús respondió con dulzura, aunque delante de un enemigo de la raza:

– Iré a verlo.

El centurión se adelantó:

– Señor, Señor, no soy digno de que entres debajo de mi tejado; mas solamente di con la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo potestad, y tengo debajo de mi potestad soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

Singular el comportamiento de aquel prepuesto de Cesar.

Demostró fuera de lo común un interés por un simple siervo y se dispuso a pedir ayuda a un judío, aunque sabiendo de la aversión que aquel pueblo altivo nutria por los romanos.
Pudiendo ordenar que sus soldados condujesen a Jesús a su presencia, prefirió ir él mismo a su encuentro y, renunciando a las prerrogativas del cargo, le habló con humildad. Sus consideraciones revelan un espíritu sensible, dotado de fe, hecho digno de admiración, principalmente por tratarse de un pagano. Y libera a Jesús de la obligación de ir a su casa.

Observando tan grande convicción, proclamó Jesús:

– En verdad, en verdad os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Pero yo os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, e Isaac, y Jacob, en el Reino de los cielos; mientras que los hijos del Reino serán echados en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Abraham, Isaac y Jacob, fueron los patriarcas más importantes del pueblo judío. La proclamación de que los hijos de otras tierras estarían con ellos, mientras muchos judíos enfrentarían momentos de sufrimientos, era significativo.

Con valor, Jesús se esforzaba en modificar arraigadas concepciones de raza. Exclusivistas, los judíos se creían poseedores de las preferencias divinas, situando como despreciable las convicciones ajenas.

***

La intolerancia religiosa es absurda inconcebible.

Si la finalidad de la religión es conducirnos a Dios: si el Creador es el padre de todos nosotros, ¿Por qué cultivar desentendimientos en nombre de la creencia?

¡Dios no tiene preferencias!

¡Somos todos sus hijos!

Lamentablemente, el cristianismo, después de tres siglos de pureza, siguió idéntico camino, aunque Jesús lo dejase bien claro, en este pasaje, que sus discípulos vendrían de Oriente y de Occidente, esto es, serían siempre y únicamente aquellos que vivenciasen sus enseñanzas, no importando nacionalidad, raza o creencia.

***

Encerrando el diálogo, Jesús dijo al centurión:

– Ve, y como creíste te sea hecho.

Mateo informa:

En aquella misma tarde el siervo del centurión fue curado.

Usando de sus prodigiosos poderes, Jesús sorprendía a sus seguidores con una cura a distancia.

***

El episodio evoca un tema fascinante – la intercesión, la posibilidad de intervenir por alguien en sus limitaciones, dolores y dificultades.

Aparentemente contraria a la Ley de Causa y Efecto, según la cual recogemos de aquello que sembramos.

¿Si alguien está enfermo, o enfrenta problemas para rescatar deudas y evolucionar, será correcto ayudarlo?

Reflexión razonable, pero necesario no olvidar:

La justicia divina impone que cada uno reciba conforme sus obras, pero la divina misericordia determina que todos los sufrimientos sean amenizados en la hora del rescate.

Aquí entra la intercesión, en que nos situamos como instrumentos de la acción misericordiosa de Dios.

***

Obviamente, el alcance de la intercesión también está sujeta a la Ley de Causa y Efecto.
Alguien es muy rico. Se propone ayudar a un amigo con cáncer. Moviliza los mejores recursos de la Medicina. Empleando una fortuna con sofisticados tratamientos. No obstante, la enfermedad crece inexorablemente. Meses después, el enfermo desencarna, cumpliendo un penoso rescate del pasado. A pesar de la amplia y poderosa, la intercesión poco sirvió.

Los recursos movilizados le proporcionaron bienestar, amenizaron sus dolores, pero él pasó por lo que tenía que pasar, atendiendo a las sanciones de la Ley Divina.

***

Invirtamos la situación.

El intercesor es pobre. Sin recursos, pero con una buena voluntad, con sacrificio económico, compra un medicamento hecho de hierbas, vendido en una ciudad distante, para el tratamiento del cáncer.

El enfermo toma el medicamento y obtiene una milagrosa cura. La ayuda ofrecida fue mínima, pero enteramente asimilada, transformándose en vehículo de su recuperación, esto porque el paciente poseía méritos que le conferían la posibilidad de la cura.

En el episodio evangélico se unen la intercesión del centurión, el merecimiento del siervo y los prodigiosos poderes de Jesús.

***

El amigo lector estará pensando:

¿De qué me vale el esfuerzo de ayudar a alguien, si mi ofrecimiento estará condicionado a su merecimiento?

Pero es justamente por no saber de los méritos ajenos que somos llamados a hacer lo mejor por aquellos que nos rodean. Si las circunstancias nos colocan en posición de ayudar, sea el pobre, el enfermo, el amigo, el familiar, ciertamente él fue encaminado hasta nosotros para que lo ayudemos.

Aunque imposibilitados de liberarlo del karma, aunque sea imposible quitarle la cruz, podremos, aun, algo sumamente importante:

El ejemplo.

Imposible dar a los delincuentes confinados en una prisión el beneficio que más desean – la libertad. Están pagando por sus crímenes. No obstante, podemos prepararlos para un futuro mejor, sensibilizándolos con nuestra visita, las manifestaciones de solidaridad, el convite al estudio y a la oración, el empeño por mejorar su existencia y aminorar sus padecimientos. Por más endurecido y obstinado que sea el individuo, no resistirá a la fuerza del Bien, cuando estemos dispuestos a ejercitar bondad con él.

La Justicia Divina impone un educativo rescate a aquel que se involucra con el mal. Pero el Divino Amor, que ayuda siempre, sin cuestionar los méritos, influirá decisivamente en su redención.

Considerando la posición de la Tierra desde hace dos mil años, una prisión de seguridad máxima (jamás un prisionero de aquí escapó), donde rescatamos débitos contraídos por el egoísmo, no merecíamos la presencia de Jesús. Aun así, el Maestro vino.

Vino para enseñarnos el altruismo, que transforma la prisión en bendecido hogar.

***

También estamos bajo la regencia de la Ley de Causa y Efecto.

No nos compete, por tanto, averiguar si el necesitado merece la ayuda que le prestamos.

Conviene hacer lo mejor por él, acumulando créditos espirituales que amenicen nuestras pruebas y favorezcan un glorioso futuro para nosotros.

Los beneficios que extendemos al prójimo son una inversión de bendiciones para nosotros.

Jesús así lo destacó, al decir (Mateo, 16:27)

…. A cada uno según sus obras.

Richard Simonetti
Del libro “Tu fe te salvó”
Traducido por R. Bertolinni.

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