Nuestro mayor enemigo

Hemos afirmado antaño que el servicio de la unificación es urgente, pero no apresurado (4). Verificamos con el tiempo que algunos corazones sinceros y leales, sin larga vivencia espiritual, inspirados en nuestras palabras, eligieron la lentitud en nombre de la prudencia y la comodidad pasó a llamarse celo, regulando el ritmo de las realizaciones necesarias, al deseo de propósitos personalistas en la esfera de las responsabilidades comunitarias. El recelo de la delegación bajo pretexto de orden y vigilancia, escondió propósitos hegemónicos en corazones ignorantes, aunque amantes del Espiritismo. En verdad, la tarea es urgente, no apresurada, pero exige osadía, dinamismo y sacrificio para iniciar los cambios imperiosos atendiendo los reclamos de la hora presente, y el hábito de esperar la hora ideal se convierte muchas veces, en mesura paralizante.

Ninguno puede cerrar los ojos con el pretexto de caridad, porque deliberadamente el apego institucional marcó ese segundo período de nuestras luchas, en muchas ocasiones, con enfermizas actitudes de desamor como fuerte influencia atávica de milenarias vivencias. Eso era previsible y, finalmente, repetimos viejos errores religiosos…
onrar y respetar a los antepasados y la historia no significa abalarla del todo, sin embargo, nuestros sentimientos deberán ser ennoblecidos en el perdón, en el entendimiento, en la oración y en el trabajo. Fue lo mejor que hemos conseguido considerando las imperfecciones que nos son propias.

En la siembra espirita, que declara inspirar su acción en Jesús, el Maestro laborioso, y en Kardec, el infatigable trabajador, no debe haber un pacto insensato con los privilegios y la representatividad improductiva. Si el Señor dejó definido que el mayor sería quien se hiciese siervo de todos (5), de igual forma la función de las entidades doctrinarias, de cualquier ámbito, es servir y servir siempre, más y más, en la atención de las extensas necesidades a vencer en las labores doctrinarias, cumpliendo el derrotero de los deberes de orientación y apoyo, sin jamás avocar para sí derechos ilusorios en el campo del poder.
Se ha de tener en cuenta que nos referimos al institucionalismo como grilletes relativos a todos nosotros, sin vincularlo jamás a esa o aquella entidad organizativa en particular, por que semejante marca de nuestro psiquismo, aún y por mucho tiempo creará reflejos indeseables en la obra del bien.

El institucionalismo es fruto de la acción de los hombres; ello en sí no es nuestro mayor adversario y sí los excesos que lo vuelven nocivo.

Nuestro mayor enemigo, de hecho, es el orgullo en sus expresiones inferiores de arrogancia, inflexibilidad, perfeccionismo, autoritarismo, intolerancia, preconcepto y vanidad, sus frutos infelices que, sin duda insuflan a la institucionalización perniciosa e incentivan el dogmatismo y la fe ciega, abonando la jerarquización y el sectarismo.
Sus frutos generan semillas, y necesitamos interrumpir esa siembra de «cizaña» que sustenta la ilusión de trabajadores desprevenidos e invigilantes.
Cuando los hombres sean buenos formarán buenas instituciones (6), afirmó el insigne apóstol de Lyon, Allan Kardec.

Nuestra lucha debe ser íntima y no externa, no contra organizaciones, pero sí contra nosotros mismos cuando en actitudes practicadas bajo el manto de la mentira acostumbramos a venerar en favor de ventajas personales. Esos desvíos cometidos rememoran los primeros momentos del Evangelio sobre la Tierra, cuando estaba circunscrito su radio de acción al judaísmo dominante. Tal realidad llevó al Plano Superior a llamar al espíritu intrépido y noble de Paulo de Tarso en la enorme misión de servir más allá de los muros institucionales de la Capital de la religiosidad, y tomar universal el mensaje del Sabio Pastor.

Clamamos nuevos apóstoles para la «gentilidad» en este momento delicado de nuestra siembra, porque el orgullo humano reeditó ampliamente, los ambientes estériles a la propagación de las enseñanzas del Señor. Tenemos un nuevo centro de convergencia estipulado por la egolatría humana, buscando fijar estacas demarcatorias injustas y dispensables para el futuro glorioso de la religión cósmica de la verdad y del amor.
Ese viejo bagaje del alma tiene solución. Mejorando a los hombres, mejoramos las instituciones. Por eso, nuestra meta prioritaria jamás fue o será incentivar disidencias con el fin de comprobar la eficacia de alguna ideología, porque, en verdad todas cooperan para un destino común en el futuro.

No podemos continuar aplazando más las medidas, esperando que los hombres acuerden naturalmente en relación a las realidades que los cercan, junto a las peligrosas envestidas llevadas a cabo por los enemigos confesos del Evangelio del Cristo en la humanidad, en ambos planos de la vida. Es hora de acción y campaña para convocar al Camino de Damasco a los que quieran soportar el sacrificio, la renuncia y la perseverancia en nombre de una noble causa que es liberar el mensaje de Jesús de los círculos impregnados de bazofia y fascinación, a través de ejemplos de vida y de servicio constructivo de una mentalidad en plena identificación con el mensaje moral del Espiritismo Cristiano.

Es el momento de pedir claridad y determinación para resguardo de los ideales. Hay un momento en que la actitud de amor pide la verdad a fin de escapar de los pantanos de la omisión. Estamos en ese momento. Las directrices del Espíritu de verdad no pactan con las conveniencias, pero no incentiva el desamor. Ese tiempo es de aquellos que supieron ser coherentes, sin que la coherencia cueste el precio de una tempestuosa discordia.

El desagrado existirá, porque la verdad incómoda a quien se acostumbró a los caminos «anchos». Estamos en el tiempo de los «caminos estrechos» y los que aceptaron recorrerlos no tendrán las coronas de la gloria pasajera ni la aclamación general de los distraídos del camino. Serán juzgados de egoístas simplemente por decidir buscar a «contramano» las opiniones y recorrer el camino inverso de las consagraciones humanas. Mientras tanto, tendrán un «contrato de asistencia» permanente e irrevocable para adquirir las condiciones justas y deseadas. Con todo, justicia aquí no significa facilidad, sino acción mediadora de la Divina Providencia para el buen proceder en las labores iniciadas. Tenemos grupos dispuestos a comprometerse con el trabajo del momento a costa de sacrificio; ellos serán los apóstoles del «gentilismo» de los Tiempos Modernos.

Respetaremos en nombre del amor a cuantos aún se ejercitan en las formalidades y convencionalismos. Fijaremos bases seguras fuera de los límites de la conveniencia, para asegurar, a los más nuevos que llegaron, la oportunidad de vislumbrar horizontes que atiendan sus exigentes expectativas, con las cuales renacerá el surgimiento de ese período de moralización y actitud, en ese momento del Espiritismo por dentro y no fuera de nuestros corazones.

Carecemos de un movimiento espirita fuerte, marcado por una cultura de razonamientos lógicos y coherentes, y por actitudes a finadas con la ética del amor.

Tenemos un problema, tenemos un enemigo. Actitud, esa es la Cuestión. Pero actitud, he allí nuestro problema. Actitudes de orgullo, nuestro mayor enemigo.

Bezerra de Menezes

Extraído del libro «Actitud de Amor»
Wanderley Soares de Oliveira
Por los Espíritus Cícero Pereira y Ermance Dufaux
Traducción y revisión: Mónica Ferri y Silvia Gerosa

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