Serenidad

La serenidad verdadera nace de la limpieza profunda de la conciencia, de los residuos karmicos y quien se encarga de eso es el tiempo precioso que empleamos en el ejercicio del amor.

Cristo es el más alto patrón de mansedumbre. Él, cuando paso por la Tierra, demostró la más perfecta tranquilidad imperturbable, en todo lo que pensaba, hablaba y hacía.

Su majestuosa mente estaba siempre en plena concordancia con la mente divina. Y para que la humanidad no se quedase huérfana, después de su partida para los altiplanos de la Vida Mayor, Él inspiró a sus discípulos para estructurar un esquema de reglas, en la urdidura de Su saber, que ni el tiempo consigue alterar.

Todo espíritu que adquiere la dulzura permanente, en sus pensamientos, en sus palabras y en su modo de ser, ya comenzó a entrar en la senda de la paz de conciencia, disfrutando, así de una envidiable salud de todos sus cuerpos.

Cuando vuestras manos estén ocupadas en el trabajo, pensad igualmente en la serenidad y sentiréis una luz benéfica en el corazón.

Usad ese recurso durante la alimentación o cuando estéis conversando con alguien o, aun, durante ejercicios respiratorios.

La serenidad es alimentada por los deberes cumplidos, en aquellos que no huyen de las normas del buen sentido, ni se desvían de las reglas áureas de la comprensión. Todos nosotros encarnados y desencarnados, buscamos salud.

La armonía nos fascina y nos lleva a creer en la felicidad, sin embargo, la salud verdadera no puede subsistir sin el amor permanente en el corazón.

Es de entendimiento elevado que abramos los brazos para el infinito Bien y que lo asimilemos en el corazón, porque en cualquier desvió que caigamos, fuera de las leyes naturales, responderemos por la falta de vigilancia y sufriremos las consecuencias.

Podemos hacer una ruda comparación: si un vehículo fue hecho para funcionar con gasolina y colocamos lodo en su depósito de combustible, se paralizará todo su mecanismo y dejará de ser útil en nuestros trabajos. Pues bien, los cuerpos que sirven al espíritu inmortal fueron todos estructurados para una línea de armonía, en el sentido de servirse del amor como combustible.

Todas las veces que cambiamos para el lodo del odio, de la envidia, de los celos, del egoísmo, de la duda, de la maledicencia y del orgullo, de la prepotencia y de la pereza, paralizamos o damnificamos esos cuerpos y sufrimos el atraso de nuestra evolución y perdemos la serenidad.

Si queréis alcanzar esa serenidad, conviene no discutir con el ignorante. Hablad con él con las palabras del ejemplo, sin querer imponer vuestras ideas. Respetad los ideales de los compañeros, manteniéndoos firmes en aquello que escogisteis.

No tengáis prisa en difundir la verdad, pues ella, por si sola, se irradia. Verdad es verdad, nadie consigue apagarla. Es como un sol de Dios, ayudando en los caminos de las almas, queramos o no.

No anunciéis el bien que hicisteis a los hermanos de jornada, porque recibís mucho más de lo que dais.

Sed simples como las palomas y prudentes como las serpientes. Jamás debéis querer intercambiar virtudes. Nunca debéis exigir por lo que hacéis a los semejantes: ayudadlos por amor, que ese amor os garantizará la verdadera paz en el corazón.

Vuestra tranquilidad imperturbable surge de variados puntos de vuestra conducta. Es cierto que ella es hija del amor, sin embargo, ese amor, para ser reconocido en la Tierra, se divide al infinito con nombres diversos, para obrar en los sentimientos de las criaturas.

Nuevamente os decimos que debéis pensar, hablar y vivir, en el clima de serenidad, tanto como esté a vuestro alcance y veréis como es bueno esforzarse para ser feliz.

Por el espíritu Miramez
João Nunes Maia
Extraído del libro “Salud”
Traducido por R. Bertolinni

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.