Paz por el trabajo

La serenidad y la dulzura de las narrativas evangélicas arrullan tu corazón con la melodía consoladora de la esperanza, cuando compulsas el compendio de las inolvidables enseñanzas.

Sabiduría y coherencia brillan en tu mente, lenificando ulceraciones del sentimiento, a medida que trabas relaciones con los conceptos espiritas, en la Codificación Kardecista.

Hechos y lecciones fluyen en las experiencias mediúmnicas de las que participas, narrando, en cuadros vivos, la vida victoriosa después del desgaste celular.

El conocimiento de las explicaciones cristianas ofrece material expresivo para depuradas meditaciones; empero, comparadas a las explicaciones de los Espíritus y a las conclusiones de Allan Kardec, adquieren actualidad, completando el esquema de las indagaciones intelectuales que te mantenían en dudas destructoras, con relación a la fe religiosa.

Pensando profundamente, aun considerando la estructura de tu convicción espirita, te dejas arrastrar por inquietudes que te afligen.

Dices que oras, pero que no recibes respuesta al pedido emitido en la oración.

Afirmas que confías en la protección de los Espíritus Felices y consignas dificultades, luchas, aflicciones por el camino, como si ellos no te escuchasen.

Aclaras que actúas con amor cristiano y aplicas la directiva de la caridad en tus hechos y a pesar de ello, tropiezas con personas ingratas, repulsivas, vengadoras.

Dispones de los recursos psicoterápicos que el Espiritismo ofrece y los aplicas en favor de muchos, mientras tanto, no recibes comprensión ni amistad.

Interrogas con desaliento: «¿qué ocurre?»

Compulsa con «ojos de ver» el Evangelio; estudia con mente de entender la sabiduría espirita; escucha con «oídos de oír» las enseñanzas mediúmnicas y comprenderás que la función de todos esos aprendizajes es ayudarte en el crecimiento espiritual, dándote libertad mental y amplitud de miras morales para que sirvas mejor, ayudes más, ames con mayor seguridad.

La oración no puede ser reducida a la condición de pedido o lisonja vulgar.

A los Espíritus Puros, no podrás someterlos a la situación de auxiliares comunes, haciéndoles descender de la posición de Instructores Sabios, a la de operarios de las tareas que te corresponden.

Dificultad y dolencia, aflicción y lucha son accidentes inevitables de la experiencia evolutiva. Es incidiendo en ellos, superándolos y repitiéndolos, que el Espíritu forja su invulnerabilidad.

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Las pepitas encontradas en las corrientes de agua indican la mina de donde proceden, informando al trabajador especializado dónde se encuentra el filón que debe ser buscado en la intimidad de la tierra a conquistar.

El árbol altanero, de constitución resistente, sugiere utilidades que, tan solo después del trabajo arduo llena la función a que lo destinaron.

El bloque de granito duro se impone, voluminoso, para después de ser golpeado y vencido por instrumentos hábiles, convertirse en adorno deslumbrante o base vigorosa.

Trabajar el espíritu, es servicio que debemos imponernos, teniendo presente nuestra inferioridad actual.

Repetir lecciones vivas en las cartillas de la experiencia, es un aprendizaje que no podemos dispensarnos.

Einstein, a pesar de haber sido reprobado tres veces consecutivas en Matemáticas, alcanzó la más alta dimensión en la Tierra, en el conocimiento de la Física.

Verdi, fracasado en Música tres veces seguidas, logró la consagración mundial, tras esfuerzos ingentes. Ningún triunfo es de fácil acceso.

Aquellos que hoy alcanzan esta o aquella victoria, este o aquel triunfo, comenzaron antes la labor…

No desistas de la tarea de producir o armonizar en el bien, sólo porque el tóxico del desánimo te envuelve o debilita. Recomienza con nueva alegría, retempera el ánimo, enjuga el sudor, reedifica…

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Frente a la turba que, acompañando al Maestro, con el pretexto de absorber las lecciones, se candidataba a la ociosidad, el Divino Instructor explicó, solicito y claro: «Mi Padre trabaja hasta hoy y Yo también», esclareciéndonos que la victoria sobre nosotros mismos es consecuencia natural de nuestro esfuerzo y que la corona de la paz reposa sobre nuestra cabeza solo después de mucha renuncia y humildad en la senda del trabajo.

Joanna de Ângelis

Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “Dimensiones de la verdad”
Traducido por Juan A. Durante

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