Hace un siglo

Cap. XXV – Ítem 2

I

Allan Kardec, el Codificador de la Doctrina Espírita, en aquella gris mañana de abril de 1860, estaba exhausto, agobiado.

Hacía frío.

Pese a la consolidación de la Sociedad Espírita de París y a la promisoria venta de libros, escaseaba el dinero para la obra gigantesca que los Espíritus Superiores habían confiado a sus manos.

La presión aumentaba…

Misivas sarcásticas se acumulaban sobre su escritorio.

Cuando más desalentado se hallaba, llega su paciente esposa, Madame Rivail, la dulce Gaby, para entregarle una encomienda cuidadosamente embalada.

II

Al abrir el envoltorio el profesor encontró una carta sencilla. Y leyó:

«Sr. Allan Kardec:

Un respetuoso abrazo.

Junto con mi gratitud le remito el libro adjunto al igual que su historia, a fin de rogarle ante todo que prosiga con su labor de esclarecimiento a la humanidad, pues tengo importantes razones para hacerlo.

Soy encuadernador desde mi niñez; me desempeño en un importante establecimiento de esta capital.

Hace aproximadamente dos años contraje matrimonio con una mujer que ha revelado ser mi compañera ideal. Nuestra vida se deslizaba normalmente y todo era alegría y esperanza hasta que, a principios de este año, en forma inesperada, mi Antoinette abandonó esta vida, llevada por una furtiva enfermedad.

Imposible describir mi desesperación; me consideré condenado al máximo desamparo. No confiaba en Dios; experimentaba las necesidades de un hombre de este mundo, al mismo tiempo que vivía con las aflictivas dudas de nuestro siglo, de modo que resolví tomar el camino de tantos otros ante la fatalidad…

La prueba de la separación me destrozó; me convertí en una sombra.

Faltaba al trabajo y mi jefe, recto y severo, me amenazaba con el despido.

Mis fuerzas me abandonaban.

Más de una vez había merodeado por el Sena y finalmente me puse a planificar mi suicidio. «Sería fácil, no sé nadar» — pensaba.

Se sucedían noches de insomnio y días de angustia. Una madrugada fría, cuando las preocupaciones y el desánimo me dominaron con mayor intensidad, me dirigí al Puente Marie. Miré a mi alrededor sin perder de vista la corriente…

Afirmé la mano derecha decidido a lanzarme cuando palpé un objeto empapado que estaba sobre el parapeto, que cayó a mis pies.

Con sorpresa noté que se trataba de un libro humedecido por el rocío.

Lo tomé entre mis manos y a la luz tenue de un farol cercano pude leer en su portada, entre exasperado y curioso: «Esta obra me salvó la vida. Léala con atención y que le sea de utilidad. A. Laurent.»

Estupefacto, leí la obra «El Libro de los Espíritus» a la cual agregué un breve mensaje; volumen que confío ahora a sus manos abnegadas, con la autorización para que usted, distinguido amigo, haga de él lo que considere oportuno.»

Además del mensaje estaba el agradecimiento final, la firma, la fecha y la dirección del remitente.

El Codificador desenvolvió entonces un ejemplar de «El Libro de los Espíritus» lujosamente encuadernado, en cuya tapa vio las iniciales de su seudónimo y en la portada, levemente manchada, leyó embargado por la emoción no solamente la nota a la cual se refería el remitente sino también otra, en letra firme:

«A mí también me ha salvado. Dios bendiga a las almas que contribuyeron a su publicación. — Joseph Perrier.»

III

Luego de la lectura de la providencial carta, el Profeso Rivail sintió que una nueva luz lo inundaba por dentro…

Acercó el libro a su pecho en medio de reflexiones, no ya en términos de desánimo o sufrimiento, sino según la guía de una radiante esperanza. Era preciso continuar, disculpar las injurias, abrazar el sacrificio, ignorar las ofensas…

Frente a su espíritu giraba, en un torbellino, el mundo necesitado de renovación y consuelo.

Allan Kardec se levantó de su viejo sillón, abrió la ventana que estaba delante de él y se puso a contemplar la vía pública, por donde circulaban obreros y mujeres del pueblo, niños y ancianos…

El destacado trabajador de la Gran Revelación respiró profundamente y antes de tomar la pluma para la tarea habitual, llevó un pañuelo hasta sus ojos y se secó una lágrima…

Hilario Silva

Médium Francisco Cândido Xavier y Waldo Vieira
Extraído del libro “El Espíritu de la Verdad”
Traducción al castellano: Marta Haydee Gazzaniga

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