El poder de la alegría

La alegría es una flor de luz, presente en toda obra de Dios, hablándonos de amor. Es un don por excelencia que corona el alma con la expresión de la divinidad.

¿Si ya conocéis la alegría en la Tierra y comprendéis el impulso evolutivo de las cosas y de los espíritus, como imagináis que sea ella en los planos de la vida mayor?

Eso es un estímulo para el perfeccionamiento, para un esfuerzo donde resaltan las conquistas, las cuales merecemos.

La mejor cara de la alegría es aquella que desconoce la maldad, que no hace parte de la maledicencia, que no es acompañada por la venganza y que jamás tiene como compañía al egoísmo.

El bienestar cristiano nos retrata la alegría muy pura, en la elevación de sus propios fundamentos.

Nunca existirán curas y jamás existirán sin la participación de la alegría. Ella representa nuestra gratitud a Dios por la misericordia que Su amor nos trajo.

El poder de la alegría es ilimitado. Quien sabe manifestarla en los momentos oportunos y en las exactas oportunidades, dejando esa fuerza surgir lentamente en su expresión, hace maravillas en el campo de la esperanza e incluso curando enfermos, levantando caídos, estimulando desanimados y bendiciendo a los carentes de afecto.

La alegría remueve montañas de problemas y retira los escombros de las mentes cargadas de tristeza e impregnadas por sugestiones inferiores.

La alegría afloja los nervios y tonifica las corrientes de vida que visitan los centros de fuerza: armoniza los cuerpos y purifica el ambiente en que respiráis.

Cuando habléis a alguien, si dejáis permanecer en vuestro rostro un leve trazo de alegría, por el habla continua estáis transmitiendo igualmente la fuerza de vuestros sentimientos y, si vuestras palabras estuvieran computando elementos del amor, estaréis curando a quien os escuche o alegrando al corazón atento a vuestras palabras. He aquí algunos puntos de la felicidad. Empezad por ellos, que otros tantos aparecerán en vuestra mente como inspiración de lo alto o, hasta incluso, como la presencia del Cristo.

Solo al ignorante le gusta hablar gritando, por encontrar en esa violencia la seguridad para sus imposiciones. ¡Cómo se engaña, pues! Cuando queremos oprimir, nuestras formas mentales obedecen a las leyes de la fermentación y las ondas que parten de nosotros se alteran, tornándose de ondas cortas en largas, de microondas sutiles en llagas psicofísicas de difícil asimilación a los que nos escuchan solamente causando profunda impresión de horror, sin aquel acomodamiento suave y aquella afinidad benefactora que genera el amor y la alegría pura.

Debéis conocer la psicología espiritual, las buenas maneras que nos regulan los impulsos inferiores y nos llevan al buen comportamiento, pues, por medio de esa educación, la alegría constructiva podrá ir surgiendo en vuestros labios, sino en toda vuestra figura, como partícula vuestra, cooperando para la cura de los enfermos, el alivio a los desesperados y ayuda a los oprimidos.

¡Cuántos recursos existen dentro del alma que, a veces, desconoce! Y aún podemos encontrar otros, muy grandiosos. Es como una mina de piedras preciosas, donde primero encontramos informaciones e indicios, para después poner las manos en el valioso filón que idealizamos.

Explorad la mina inagotable de la alegría, en todas las situaciones, en cualquier acontecimiento o tarea.

Jesús ya hablaba a sus discípulos del cielo dentro de las almas y es en esa área que debemos aplicar todas nuestras fuerzas, para que todos nosotros, espíritus encarnados o desencarnados, volvamos nuestras miradas para un trabajo ingente de la gran conquista: la conquista de nosotros mismos, después de vencer nuestras propias deficiencias, de conocer nuestros puntos débiles y corregirlos.

Auto-educación es, pues, nuestro mayor interés. El poder de la alegría nos ayudará mucho, cuando aprendamos a dominar y valorizar ese don divino colocado por Dios dentro de nuestros corazones. Jamás podrá haber felicidad sin alegría.

Por el espíritu Miramez
João Nunes Maia
Extraído del libro “Salud”
Traducido por R. Bertolinni

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