El color del cristal

Dijo Campoamor, muy acertadamente:

Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.

El hombre, efectivamente, desde que nace mira el camino de su vida con un anteojo que tiene al principio un solo cristal: éste es blanco, límpido, sin una mancha; después se van aumentando los cristales; cada año es un nuevo cristal que se une al primitivo, y ya el anteojo cambia de color, según viva el individuo. Así son los cristales de color más o menos claros, no se ve la vida tal cual es en realidad: la vemos a través de nuestros desengaños, de nuestras desilusiones, por lo cual, lo que dijo el Dante a la puerta de su infierno lo repetimos nosotros con profunda amargura: ¡No hay esperanza! …

Mas ésta es una afirmación que no tiene valor real, porque somos nosotros los que miramos por el cristal ahumado de nuestras decepciones. La vida siempre es la misma; en su inmensa llanura siempre se encuentran ríos anchurosos, pero vadeables; montañas altísimas, pero con veredas para llegar hasta la cumbre; abismos profundos, pero bordeados de piedras para no caer en su fondo; y nuestra inteligencia es la llamada a vencer y a triunfar en todos los combates que nos presentan los accidentes del terreno que pisamos y las condiciones de los seres que nos rodean.

Todo en la vida tiene sus ventajas — decía una buena cristiana, una joven que más pensaba en el cielo que en la Tierra— ya que el morir en la flor de la juventud era muy beneficioso, por aquello de que corta vida, corta cuenta. Es verdad; pero también la ancianidad tiene inmensas ventajas, porque el anteojo de nuestra experiencia se enriquece con cristales tan claros y límpidos, que se ven las cosas de muy distinta manera que en la aurora de la vida.

Yo recuerdo que hace más de treinta años tuve el inmenso placer de conocer y tratar con mucha intimidad al Kardec español, a Fernández Colavida. Éste, cuando yo le conocí, si no era un anciano, le faltaba poco para serlo, más que por los años por su profunda experiencia; y recuerdo que una noche fui con él y su familia a un teatro donde se estrenaba una pieza en la cual, con muchísima gracia, se ridiculizaba a la mediumnidad escribiente, puesto que por un ingenioso cambio de papeles, en el mismo cuaderno en el que el señor de la casa escribía sus comunicaciones, sólo de un lado, como se escriben las cuartillas para la imprenta, en el reverso de las hojas que quedaba en blanco la criada apuntaba la ropa que entregaba a la lavandera y la cuenta de todo lo que compraba en el mercado. Así es que cuando el señor, muy ufano, reunió a varios amigos para que leyeran sus comunicaciones, éstos leían una página llena de pensamientos filosóficos, y al volver la hoja leían con asombro y riéndose después: tres libras de patatas un real. La confusión que se produjo entre ellos fue indescriptible, ya que todos hablaban a la vez; el médium escribiente juraba y perjuraba que él no había escrito tales apuntes, hasta que la criada se presentó y dijo sencillamente que, no encontrando papel para escribir sus cuentas, las escribió, no fiándose de su memoria, en el primer papelucho que encontró.

El señor puso el grito en el cielo al oír llamar papelucho a su cuaderno de comunicaciones, y todos sus amigos le dirigieron las chanzonetas más ocurrentes, riéndose de sus comunicaciones y de sus creencias, siendo el diálogo tan animado y gracioso que los espectadores todos se reían a más y mejor; y Fernández Colavida se reía con tanto entusiasmo, diciéndome: » ¡Esto es soberbio! ¡Esto es magnífico! Es una sátira intencionadísima, pero de buen género. He pasado un rato delicioso».

—Pues yo no —le dije con enojo.

—Pero, mujer, si la trama es tan ingeniosa, que no hay otro remedio que felicitar al autor.

—¿Felicitarle? ¿Por qué? ¿Por qué lo hemos de felicitar? ¿Porque nos pone en ridículo?

—¿A quién pone en ridículo?

—Hombre de Dios, a los espiritistas.

—¿A los espiritistas? Esta usted en un error; a los espiritistas verdaderos, a los que buscan la luz del Más Allá, a ellos no los ridiculiza nadie. Ya se conoce, amiga Amalia, que hace poco tiempo que estudia el Espiritismo; cuando cuente los años que yo cuento estudiando su filosofía, créame usted, Amalia, que entonces se reirá de todas las sátiras que se escriban sobre el Espiritismo, como yo me he reído esta noche; y me río del ingenio tan graciosamente empleado en ridiculizar al Espiritismo, porque éste ni gana ni pierde con semejantes ataques. La verdad ni sube ni baja, siempre está a la misma altura.

Yo me quedé perpleja, muy confusa, porque creo que aquella noche yo mandaba a la Siberia al autor de la piececilla si hubiera tenido autoridad suficiente para ello, sin dar lugar a iniciación de causa.

Desde aquella noche han pasado ¡treinta años! ¡Y cuántas veces me acuerdo de Fernández cuando leo las acerbas críticas que muchos que se llaman sabios hacen del Espiritismo! Y digo como él: ¡trabajo inútil! Todas vuestras negaciones son burbujas de jabón que se deshacen al soplo de la verdad.

Ya decía bien Campoamor: Todo es según el color del cristal con que se mira. En la juventud miramos con un cristal muy distinto del que usamos en la ancianidad; en la primera edad creemos que las burlas pueden deshacer una montaña de granito; en la ancianidad sabemos que la verdad resiste a todas las descargas de la incredulidad y del orgullo científico. Los viejos miramos con un cristal cuyo color no lo empaña ni el recelo ni la duda; los espiritistas que durante muchos años hemos estado en relación continua con los Espíritus, sabemos distinguir el oro del oropel; y sin dejar de reconocer que en el Espiritismo hay todavía muchos puntos oscuros y muchos problemas que resolver; aunque conozcamos que es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos, a lo que ya conocemos le damos todo el valor que tiene, ya que es inmenso, y puramente persuadidos de que en el Espiritismo, que es la ciencia eterna, nunca se dirá la última palabra, pues siempre habrá algo nuevo que investigar y los Espíritus, aprovechando los adelantos científicos, podrán utilizar instrumentos, es decir, médiums más perfectos y desarrollados que los que hasta ahora han utilizado.

El cristal con que miramos los viejos tiene un color que no palidece nunca; la verdad es como el Sol: siempre da vida y calor; la verdad resiste a todas las injurias del tiempo y a todas las burlas y negaciones de los hombres.

¡Qué hermoso es el cristal de la verdad!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Los albores de la verdad”

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