La luz

Vierte de las esferas resplandecientes la luz de la vida, bañando la Tierra en todas las direcciones con la energía que despierta las semillas donde algo debe nacer para las bellezas inmortales.

En todo lo que se ve, se toca y se siente, hay luz acumulada por procesos que los Ministros de Dios guardan para el futuro, a favor de los hombres y de las cosas, de los Espíritus y de la propia vida.

La luz viaja por el infinito fuera del proceso habitual de las leyes humanas, avanza en un viaje vertiginoso donando luces y recibiendo energía, distribuyendo alegría y recogiendo vida, manifestando esperanza y estableciendo felicidad, en el gran jardín de Dios.

Hasta en un minúsculo punto de esta página está concentrada una importante porción de luz, que podrá tornarse un sol, pero que duerme por faltarle la conciencia de existir. Y duerme esperando que el tiempo le marque el momento de despertar y sentir las bellezas de la propia Creación. Para decirlo mejor, un átomo es un astro en miniatura, con su cortejo de electrones, verdaderos satélites en el equilibrio de su vida. La luz es, pues, algo de divino, en el divino concierto del Universo.

Quien tenga ojos para ver el cuerpo humano con los ojos del alma, comprobará de constelaciones y constelaciones, brillando en los cielos de la carne con proyecciones de luces indescriptibles, rayos, colores y sonidos en abundancia, en la mayor orquesta que podréis imaginar. Y los hombres, incluso los que lo saben, se olvidan de esa belleza y pierden el tiempo precioso en cosas vanas, en vez de estudiar esos matices de la vida, que nos muestran el cielo y Dios en su plenitud del Amor.

La medicina del futuro irá a preocuparse con la armonía del conjunto y no más adormecer un órgano para que no cause más disturbios, ni extraer partes del cuerpo para eliminar los efectos nocivos de ciertas reacciones. Deberá buscar la causa de los males surgidos en cualquier punto del campo biológico.

La suma trabaja en completa resonancia con el Universo. Uno y otro son la misma cosa y Dios, la fuente de todas las luces que sustentan la Creación.

La luz es un prodigio de la naturaleza. Quien conoce su labor en el telar divino de la creación, se alimenta de una esperanza indecible en la conquista de la felicidad. Parten de los altiplanos de la vida mayor proyecciones de claridades de las cuales desconocemos y su más profundo significado, por no ser una luz común como tantas otras.

Es viva en su expresión más simple y entiende la invitación de la mente adiestrada en operaciones semejantes a las que pasamos a referirnos.

Asistimos a un espíritu altamente educado en la ciencia de las luces controlar dos rayos de esa bendición divina que se deslizaban en el éter cósmico, como si los dos jugasen vivir. Lo vimos retardar su increíble velocidad, indicar con las manos donde ellos deberían penetrar en un árbol cercano y esta, con expresión emotiva, expirar un tipo de plasma con todas las características de vida y colores encantadoras en abundancia, devolver a las manos del operador un elixir, aquel que podríamos llamar de “Elixir de la Vida”.

Remedio espiritual, que sirve y cura todos los tipos de enfermedades que conocéis, restaura el equilibrio de todos los cuerpos y suaviza las emociones, enriqueciéndolas de ventura sintiendo la existencia de la felicidad.

Vamos a avanzar en el tiempo para llegar allá. El futuro nos espera, pero es bueno que nos acordemos de que existe una parte nuestra que jamás deberemos olvidar de hacer. La llave de todas esas ciencias que surgen y existen en la Tierra es Cristo. Quien no pasa por Él, no acertará el camino; olvida la vida y desconoce la Verdad. Dios verdaderamente es amor y amor es Luz.

Empezad ahora a respetar ese fenómeno que da encanto al infinito, sed grato a las luces que os asisten y bendecid las claridades que os ayudan a vivir, que la armonía os será dada, por manos que poseen la Sabiduría.

Avanzad todos los días un poco, que alguien, bien cercano a vosotros, os ayudará a caminar acertadamente.

Buscad la luz y la luz se hará.

Por el espíritu Miramez

João Nunes Maia
Extraído del libro “Salud”
Traducido por R. Bertolinni

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