¡Horas de sol!

Para los seres que han venido a este mundo con el peso de su expiación, hay días cuyas horas se eternizan, porque cuando se llora, ¡qué largo parece el tiempo!, y aun cuando brille el Sol con su maravillosa esplendidez, todo se ve envuelto en la neblina que forman nuestras lágrimas; en cambio, cuando por un momento cesa la tempestad de nuestros infortunios, aunque el cielo esté cubierto de negras nubes, nos parece que todo sonríe en la Naturaleza, y es que sonríe nuestro Espíritu; y a esos breves instantes de reposo yo les llamo ¡horas de sol!

Sí; horas de sol en las cuales nuestro cuerpo abatido se vigoriza, la esperanza nos envía su fluido vivificante y decimos con íntimo convencimiento: ¡Qué bueno es Dios! …

Esto dije yo ayer en medio del campo, en la cumbre de una montaña. Una familia amiga comprendiendo quizá el estado aflictivo de mi alma, me brindó un asiento en su coche y me llevó fuera de Barcelona para olvidar siquiera momentáneamente la lucha incesante de mi vida.

¡Qué bien se está en el campo! Si yo llegase a comprender cuándo será el momento solemne de desprenderme de mi vieja envoltura, me haría llevar al campo, a la cumbre de un monte, y allí haría un verdadero examen de conciencia y moriría pensando en Dios, sin temor, sin angustia. Es imposible que yo traslade al papel lo que siente mi Espíritu lejos de las grandes ciudades; soy mucho más buena, soy mucho más inteligente en la cima de una montaña; allí veo a Dios, allí presiento su grandeza, allí no soy la mujer de la Tierra débil y avergonzada de mi pequeñez, allí soy un Espíritu fuerte, valiente, confiado, satisfecha de mí misma; pero. . . dejaré estas digresiones aparte y consagraré un recuerdo al hermoso día que pasé últimamente en el campo rodeada de seres amigos.

Nos detuvimos en un bosquecillo de pinos y me senté sobre una piedra que manos cariñosas habían colocado lo mejor posible para que yo me sentara con relativa comodidad; me senté, y al expresar mi agradecimiento a la joven que tanto se interesaba por mi bienestar, vi ante mí a un joven de cuerpo mediano, delgado y pálido, vestido con el honroso traje del más pobre trabajador, el cual me miraba sonriendo dulcemente. Viendo mis ademanes de contento, movió la cabeza como si dudara de la comodidad de mi asiento, diciéndome con el mayor cariño:

—Ahí no está usted bien.

—Sí que estoy muy bien; así estuviera en la gloria.

—No, no; yo haré que esté usted mucho mejor, porque le traeré una silla de mi casa, pues vivo ahí a la vuelta.

Y dicho y hecho, se fue mi hombre y a poco vino una niña con una sillita baja y una almohada color de rosa; acepté el obsequio ofrecido con tan buena voluntad y al volver el joven le dije muy agradecida:

—Le doy mil y mil gracias por su amabilidad.

—Usted se merece esto y muchísimo más, pues nunca podré yo pagarle todo cuanto le debo.

—¿A mí?…

—Sí, a usted; usted me ha dado la mayor riqueza.

—¿Cuándo, cómo?, si yo creo que ésta es la primera vez que le veo.

—Podrá ser que usted no se haya fijado en mí, pero yo la conozco hace mucho tiempo y tengo un cofrecito lleno con sus libros y sus periódicos. Ese cofrecito es mi tesoro, le tengo en más estima que todas las riquezas de este mundo y eso que, como usted ve, soy un pobre trabajador de las carreteras que guardo las herramientas de mis compañeros y habito en una barraca falto de comodidades, pero con abundancia de amor y tranquilidad; tengo a mi esposa y tres hijos, y ellos y mi cofrecito componen mi tesoro. Y para que vea que le digo la verdad, mire usted el libro que yo leo todas las noches antes de acostarme —y me entregó un tomo de: ¡Te Perdono! — Memorias de un Espíritu, primorosamente encuadernado y con su cubierta de papel para no echar a perder la encuadernación. Al tomar el libro en mis manos, sentí una emoción inmensa, indescriptible, y miré al joven con el mayor cariño, mientras él me decía: —Créame usted, yo he leído todas las obras de Allan Kardec y de otros muchos escritores, pero ninguno de ellos me ha convencido con sus profundos razonamientos como me ha convencido usted con su lenguaje sencillo. Usted cuenta las cosas de una manera que el más ignorante comprende lo que quiere decir, como me ha sucedido a mí. Yo a los veinte años no conocía ni la O, pero tenía deseos de saber leer, y un compañero me dijo: —Mira, yo te daré unos carteles con unas letras muy grandes, y te enseñaré a juntar las letras. Tan buena maña me di, que pronto aprendí a juntarlas, y entonces mi amigo me dio la Historia de Colón, diciéndome: —Ensáyate, a ver si puedes leer—. Y leí, pero el contenido de aquel libro no hablaba a mi alma. Poco después otro amigo me dijo: —Ya que estás tan sediento de saber, ven conmigo a un Centro Espiritista, y me llevó al Centro Barcelonés y después al Centro La Buena Nueva, y ya tuve bastante. Compré todos los periódicos donde usted escribía y desde entonces me creo feliz, por lo cual nunca podré pagarle la felicidad que le debo; mi esposa vendrá para conocerla, porque para ella usted es una santa. Y vino la esposa del obrero, la que me fue sumamente simpática, mucho más al decirme que ella y su marido eran completamente felices por mis escritos.

Yo, ¡tan pobre!, había dado un tesoro a aquellas almas buenas y sencillas. Visité más tarde su pequeña morada y me encontré muy bien bajo aquel humilde techo; él lo comprendió así, y me dijo sonriendo: —Yo también he levantado un templo, y en él adoramos a Dios en espíritu y verdad mi mujer y mis hijos. Yo soy el cura de este templo y todas las noches, después de cenar, leo en alta voz un capítulo de ¡Te Perdono! ¡Ah, mi cofrecito, mi cofrecito es mi tesoro! ¡Cuánto le debo a usted, por usted vivo en la luz! … Y efectivamente, el semblante de aquel hombre aparecía iluminado con la luz que irradiaba su Espíritu.

Nunca olvidaré el 30 de agosto de 1907, es un día para mí de dulcísimos recuerdos, pues en él disfruté de ¡horas de sol, horas benditas, horas cuyo recuerdo me dará aliento para seguir mi peregrinación por la Tierra!

¡No soy tan pobre, no soy tan inútil! … Vive mi recuerdo en un hogar humilde, muy humilde, pero bajo aquel techo una familia honrada y laboriosa estudia mis libros, lee mis escritos y ¡bendice mi nombre!… ¡Bendito sea Dios!

Mi paso por la Tierra no ha sido estéril, mi voz ha encontrado un eco y allí, en un rinconcito, al pie de una montaña, cuando llega la noche, un obrero, rendido por el trabajo del día, toma uno de mis libros y le dice a su esposa: —Escúchame, atiéndeme, que voy a leer una página del Evangelio. ¡Evangelio escrito por una mujer!

¡Qué hermosas son las horas de sol!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Los albores de la verdad”

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