Las estatuillas

Cap. X -Ítem 14

Por la noche, el diálogo entre las dos señoras continuaba en el comedor:

— Hija mía, debes perdonar, olvidar… Ya dice el Evangelio que solemos ver la astilla en el ojo del vecino, aunque no vemos la viga en el nuestro…

— ¡Pero, mamá, fue un insulto! ¡El joven se detuvo frente a la ventana, vio mis estatuillas y lanzó la piedra!

Doña Balbina, dama espírita de generoso corazón, seguía diciéndole a su hija, Doña Rogelia:

— Es un pobre muchacho obsedido.

— ¡Cuentos! ¡Es una fiera suelta, sin duda!

— Pero Doña Margarita, la mamá, siempre fue nuestra amiga…

— Eso no viene al caso… Cada uno es responsable de sus actos. Sabes bien que él es adulto.

— Tenemos que perdonar para que seamos perdonados …

— ¡Ser bueno es una cosa, pero ser tonto es otra! Lo denunciaré a la policía… Sólo que no quería hacerlo sin haberte escuchado; no obstante, tanto Fabio como yo estamos decididos. Mi Fabio ya está cansado del volante… ¡Pobre mi marido!… Dinero invertido en un camión es duro de ganar…

— Mi consejo, hija, es disculpar y volver a disculpar…

— ¡Pero el perjuicio asciende a dos mil cruceiros, además de la ofensa!

— De todos modos, no hay mejor remedio que el perdón.

— ¡Ah! ¿Qué será del mundo de este modo, sin corrección, sin justicia?

En ese instante alguien golpea a la puerta. Ambas atienden. El recién llegado comunica:

— ¡Un desastre! ¡El Señor Fabio se estrelló contra una casa y la pared cedió!

Madre e hija corren hacia el lugar que se encuentra repleto por una multitud, y ven la casa del accidente. Justamente la de Doña Margarita, la madre del joven que había tirado la piedra.

El camión en una maniobra absurda había derribado una pared lateral y, luego de penetrar profundamente, dejó inutilizado todo el mobiliario del comedor. Se apagó la luz en la manzana y ambas, sin que nadie las reconociera, podían escuchar a Doña Margarita que sostenía una vela encendida, delante del guarda de tránsito:

— Le pido — le decía al fiscal— no abrir ningún proceso. No quiero hacer reclamos.

— ¡Pero, Doña Margarita! —insistía el funcionario—, ¡Ud. va a tener aquí un perjuicio de más de cuarenta mil cruceiros!

— No me importa. Dios proveerá. El Sr. Fabio y Doña Rogelia son mis amigos desde hace mucho tiempo.

Las dos señoras no pudieron seguir escuchando, pues la voz exasperada de Fabio se escuchó por encima de la multitud: era necesario ir a socorrerlo porque el desdichado estaba ebrio.

Hilario Silva

Médium Francisco Cândido Xavier y Waldo Vieira
Extraído del libro “El Espíritu de la Verdad”
Traducción al castellano: Marta Haydee Gazzaniga

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