En el hospital Espiritual

Desperté en un amplio salón, con poca luz y, en el mismo momento, se me aproximó una señora que parecía enfermera y me dice:

– ¿Cómo te sientes, hijo? ¿Estás mejor?

-No sé. Estoy atontado y cansado, siento náuseas y ganas de vomitar.

Ella rápidamente colocó un recipiente delante de mí. Me asusté del contenido que salía de mi estómago. Eliminaba grandes masas compactas semejantes a órganos que parecían ser riñones o enormes coágulos. Era una visión aterradora.

La bondadosa señora que con una mano sostenía el recipiente y con la otra acariciaba cariñosamente mi cabeza, me dice con voz de madre:

– No te desesperes ni te impresiones. Confía y agradece a Jesús. Lo que tú estás expeliendo ahora son los residuos que dilaceraban tu alma y perjudicaban tu cuerpo.

Me sorprendí de la respuesta. ¿Cómo podría yo tener un cuerpo, si sabía que había muerto? Bastó formular el pensamiento para que ella respondiese:

– Cuando muere el cuerpo físico permanece el cuerpo espiritual. Somos seres inmortales y la conciencia es, a veces, despertada por el dolor; somos individuos en una larga caminata evolutiva…

Fui conducido a un lugar que desconocía. Por una escalera de piedra descendía todo un cortejo de espíritus bellísimos, sobrios y resplandecientes en sus vestidos de luz. Los muros que nos rodeaban habían sido pintados artísticamente por pintores y poetas inspirados por el amor, y estaban a cielo abierto. Alrededor, nuestros protectores, lindos como ángeles, se daban las manos formando un hilo de protección que envolvía toda la extensión de las paredes. De ellos emanaban luces de intensidad y matices variados que, al contrario de lo que se pudiese pensar, no nos ofuscaban. Yo comprendía sólo apenas, parcialmente, lo que sucedía…

Observé una mesa y personas en oración reunidas en torno de ella. Había gran diferencia entre las energías que ellas emanaban. Unas estaban sufriendo presión por parte de espíritus menos esclarecidos, que trataban de desviar su atención de los nobles propósitos del trabajo de socorro. Estudiaban la vida de Jesús en un libro semejante al Evangelio, donde el pasaje que leían se refería a la tentación de Jesús por los fariseos, y a la recomendación de dar al César lo que le era debido.

Terminados los estudios y después de nuevas oraciones comenzaron otras actividades. Enfermos del plano espiritual, muy necesitados de socorro inmediato, era colocados atrás de algunas de las señoras que estaban alrededor de la mesa.

Yo fui acomodado al lado de una señora de cabellos blancos y aspecto distinguido. Bajo su influencia pude oír con nitidez lo que hablaban los médiums (4) y con qué cariño eran consolados los sufridores.

4) Médium: Es todo aquel que siente, en un grado cualquiera, la influencia de los espíritus y, por ese hecho, es médium. Esa facultad es inherente al hombre y no constituye, por lo tanto, un privilegio exclusivo. Por eso mismo, son raras las personas que no posean algunos rudimentos de ella) Libro de los Médiums – Allan Kardec, cap. XVI, pregunta 159)

Mi espíritu se enterneció y la esperanza invadió mi ser. Con todas las fuerzas de mi alma deseé modificar mi situación, para poder comprender el amor del que hablaban y, también, al Cristo amoroso y misericordioso que a todos perdona. Con la ayuda de aquella señora y de la imantación energética que hubo entre nosotros, yo pude dar el primer paso para mejorar mi vida. Entendí que esto sería posible por medio de mi propio esfuerzo y de la ayuda que me ofrecían.

“Hoy, conociendo un poco mejor al Maestro Jesús, le agradezco su amor, la protección de su misericordia y, también, a los médiums de buena voluntad que dedican horas sagradas de sus vidas a hacer la caridad a los desheredados del amor.”

Gracias a las hermanas en oración comencé a oír suaves palabras de consuelo y esperanza. Me sentía como embriagado. Si hubiera podido nunca habría salido de aquel lugar. Con todo, poco a poco mi realidad se hizo presente, pues me fulminó el deseo irresistible de droga. Comencé a temblar, y lloré como un niño a quien le hubiera gustado continuar en la fiesta.

Mis ojos buscaban al ser que me había conducido hasta allí, e inmediatamente, con el mismo cariño de otras veces, él me tomó por el brazo sosteniéndome como a un enfermo sin fuerzas. Delicadamente me preguntó con comprensión y dulzura:

– ¿Quieres regresar al lugar de donde viniste, o prefieres seguir con nosotros y comenzar una nueva vida por medio del auxilio que te podemos ofrecer?

– Por favor, respondí entre sollozos y lágrimas, y tomado por el desesperado deseo de consumir lo que aliviase mi angustia:

– ¡Ayúdeme si puede!

Nuevas ideas estallaban en mi mente. En ese momento inicié un largo trayecto que de mí exigía coraje y resignación. Actitud que fue facilitada por la presencia constante de aquellos hermanos iluminados que llegaban a mi lado en cada uno de los intensos momentos de aflicción y desesperación, dándome fuerzas para proseguir el tratamiento de desintoxicación.

Diversas veces me sentí al borde la muerte, pero luego recordaba que «ya estaba muerto» y que no volvería a morir…

Pasé a tener la convicción de que, en esperanza de días mejores, es siempre mejor enfrentar el dolor cuando se hace presente, lo que de hecho ocurrió conmigo.

Contando el tiempo de la tierra, mi proceso de desintoxicación en el plano espiritual duró un año y medio. Para la recuperación de mi cuerpo espiritual yo siempre era llevado a la sala del grupo de oración y estudio y, poco a poco, comprendía mejor las etapas del proceso de recuperación.

Los espíritus que eran llevados allí pasaban por diversos tipos de terapias. A los furiosos les era dada la posibilidad de sentir la dulzura del amor. Los desesperados volvían a tener esperanza. Los desamparados eran envueltos por vibraciones de cariño y protección. Los hambrientos y sedientos salían aliviados de sus tormentos. Todo sucedía en nombre de Jesucristo. Solamente ahora comprendo que Él es el único camino, la verdad y la luz capaz de iluminar las conciencias enfermas que habitan este planeta de pruebas y expiaciones.
Cuando yo ya estaba mejor y mi cuerpo espiritual más libre de las drogas, mi conciencia se expandió y recibí informaciones por medio de mi propia memoria, respecto de mis existencias pasadas.

También me acordé de mis padres que ahora están ancianos. Los visito muchas veces en el asilo donde viven. Ya consigo orar sinceramente por ellos y aguardo el día del reencuentro en el mundo de los espíritus para una nueva planificación, para una nueva oportunidad de convivencia. Con el permiso de Dios los ayudaré a ellos y a mí, también. Nos amaremos y nos perdonaremos por comprender mejor el Evangelio de Jesús.

Continuará…

Espíritu André K
Médium Gorete Newton
Extraído del libro “Diario de un drogadicto”
Traducción del portugués por: Edite Marti

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