Primer contacto con Espíritus elevados

Quedé pensativo intentando encontrar una explicación plausible para lo que había escuchado y ocupaba mi mente.

Hice el esfuerzo de imaginar cómo serían los otros lugares que existen. ¿Por qué nosotros éramos sombras oscuras y los visitantes parecían hechos de luz?

Una nueva idea comenzó a rondar mi mente: las ganas de experimentar un viaje con ellos. A fin de cuentas, quien no quería quedarse allí era libre para volver a la plaza.

Resolví que «me dejaría apresar» en la próxima oportunidad. Y así, permanecí lo más próximo posible de los «gorilas» y, para mi sorpresa, ellos se me aproximaron con afabilidad. Con nobleza de sentimientos y con un timbre de voz, que transmitía paz y bondad, jamás escuchado por mis oídos, me dijeron que si yo lo deseaba podía acompañarlos.

Sintiéndome desarmado ante aquella actitud inesperada, pregunté:

– ¿No me van a atar?

Uno de ellos respondió tranquilamente:

-Si deseas venir por voluntad propia, ¿por qué tendríamos que atarte? Los que tienen buena voluntad prescinden de «las amarras de la corrección».

Sentí los latidos del corazón oscilando entre el miedo a lo desconocido y el sentimiento de esperanza y en seguida me embarqué en el amplio vehículo que siguió viaje.

Aprecié el silencio que tanto tiempo no disfrutaba. Parece paradójico, pero era mi primera tregua desde mi muerte física y disfruté cada minuto de paz en aquel vehículo. Sentado allí, pensaba intrigado:

– ¿Cómo puede ser esto? Nosotros estamos muertos. El infierno del que tanto oímos hablar está aquí mismo. ¿Qué están haciendo estos seres? ¿Quiénes son y para dónde nos llevan?

De repente aquel señor sereno, de semblante iluminado, me dice:

Hijo mío, somos nosotros los que construimos el infierno en los caminos engañosos de la vida material cuando, por medio de nuestras faltas, nos enzarzamos en situaciones negativas que nos llevan al desequilibrio. El infierno expresa el dolor que resulta del mal uso que se hace de la libertad que Dios nos concede, cuando nos acomodamos en la propia ignorancia sin buscar esclarecer nuestro espíritu.

En cuanto a nosotros, somos auxiliares de la misericordia divina, pues Dios nunca desampara a sus hijos, renovando las oportunidades hasta que se convenzan de la utilidad práctica del amor. Solamente por el amor aliviamos el peso de la multitud de pecados que nos oprime. Amando como Dios nos ama, perdonando siempre como Él nos perdona.
Quedé perplejo pues no había abierto la boca en momento alguno, sin embargo, aquel señor conversaba conmigo respondiendo a todas las dudas que venían a mi pensamiento.

Él continuó:

Para nosotros, hijo mío, el pensamiento no encuentra barreras pues trabajamos con Jesús en beneficio de los sufridores. Oímos el pensamiento de todos los seres que vibran en nuestra frecuencia, o abajo, sin impedimentos. Eso no sucede con todos los espíritus pues hay muchos que sólo captan los pensamientos de los hermanos que sintonizan con sus propias ondas, a causa de la ley de afinidad magnética. Así «el mal escucha el mal y el bien escucha el bien». El mal sólo consigue embestir contra el bien cuando éste está vacilante bajo el efecto de las tentaciones. Gracias al libre albedrío, cada uno hace sus propias opciones y escoge el camino que más le place. En cuanto nos encontramos dentro de un cuerpo estamos más sujetos a las influencias, pero somos nosotros quienes determinamos el rumbo de nuestra vida. Al final queda un crédito o un débito, conforme nuestras decisiones.

Yo bebía aquellas palabras como quien ingiere un analgésico para un profundo dolor, y expuse mi opinión:

– Durante la vida en el cuerpo estamos entregados a las tentaciones pues somos ignorantes de las realidades de la vida espiritual, de la vida que continúa después de la muerte del cuerpo. Vemos pocas opciones y escogemos mal…

A lo que él respondió:

– En parte tienes razón, pero no se necesita realmente saber que la vida continúa para seguir el camino del bien. Muchos consiguen vencer sus malas tendencias sólo oyendo la voz de la conciencia que les dicta siempre una inspiración para el buen camino. Lo que pasa es que, generalmente, no damos oídos a nuestra conciencia porque ella se opone a los intereses de nuestros instintos inferiores. Habiendo de nuestra parte el esfuerzo de sobreponer a nuestros instintos los sentimientos, progresamos espiritualmente.

– ¿Te acuerdas de la primera vez que saliste a buscar droga?

Respondí:

– Si.

– ¿Te acuerdas de las ganas que te dieron de correr de allí?

– Si, me acuerdo.

– ¡Pues entonces! Era tu guía protector luchando para que no dieses el primer paso en dirección al abismo, él hizo todo lo que podía, pero la decisión te correspondía a tí. Él no tiene el derecho de forzar tus miembros a correr, sólo podía inspirarte un vigoroso deseo de no pasar aquella puerta que «resultaría en lo que resultó». Tú, criatura libre, tomaste la decisión sintonizado con las tinieblas, y caíste como una presa indefensa en una trampa. Y aquí estás, libre aún para decidir qué camino tomar.

A pesar de la benignidad de aquel ser y de la lluvia de informaciones recibidas, me quedé extremamente ansioso, y llorando imploré:

– Ayúdeme, por favor, no aguanto más. Necesito absorber alguna energía, necesito de un drogado para calmarme. ¡Sé que el vicio me consume!

Comencé a temblar mucho y aquel ser me tomó en los brazos como un padre amoroso que carga a un hijo deficiente. Ya no tuve condiciones de ver lo que pasaba a mi alrededor. Pedí compasión a aquel ser y él me sostuvo, dándome seguridad con toda la piedad de su corazón generoso. El me colocó en una camilla y, como médico atento tocado por el dolor del paciente, me dijo:

– No te preocupes, vas a mejorar. Ya distes el primer paso que fue el deseo de cambiar, de intentar ser feliz. Ahora entrégate y confía en Jesús. Es preciso que duermas pues haremos un largo viaje.

Trémulo, asentí con la cabeza y él, sólo con la palma de la mano sobre mi frente, hizo que yo entrase en sueño profundo.

Continuará…

Espíritu André K
Médium Gorete Newton
Extraído del libro “Diario de un drogadicto”
Traducción del portugués por: Edite Marti

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